EL-SUR

Martes 07 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

De no ser por México

Humberto Musacchio

Abril 15, 2019

 

José María Muriá ha escrito De no ser por México, un bello y emocionante resumen del exilio republicano español. El historiador comienza su relato desde el final de la guerra civil, repasa las diferencias entre bandos y personajes, menciona el nefasto papel de la Sociedad de Naciones, antecedente de la ONU, y la decidida participación de las brigadas internacionales que se opusieron al golpismo fascista apoyado por Hitler y Mussolini. No faltan momentos tan significativos como la llegada de los Niños de Morelia, la futbolera visita de la Selección Vasca y el Barcelona (lo que explica sobradamente la rivalidad de este equipo con el franquista Real Madrid), el surgimiento de la Casa de España, antecedente de El Colegio de México; la ayuda mexicana a la República, el paso a Francia de los derrotados y su confinamiento en campos de concentración, la invasión nazi de ese país y, en medio de tanta desgracia, la activa participación de México en favor de los republicanos, de los cuales, calcula Muriá, vinieron hasta 80 mil a nuestro país. Es un libro para hacernos sentir muy orgullosos de la mejor tradición de la política exterior y de gigantes como Cárdenas, Gilberto Bosques, Narciso Bassols, Luis I. Rodríguez y, entre otros, el célebre esgrimista Antonio Haro Oliva, entonces agregado militar a la embajada de Francia.

Lo que nos trajo el exilio

El libro De no ser por México tiene un lúcido prólogo de don Sergio García Ramírez, quien señala que la llegada de los refugiados significó un reencuentro entre la mejor España y México y que nuestro país, algo en lo que siempre debemos insistir, fue beneficiario de la desgracia peninsular que nos trajo a poetas bienamados, a científicos de polendas, a profesores universitarios, pintores, arquitectos, cineastas, editores, ¡500 médicos!, actores y deportistas, personal que a México no le costó ni un centavo formar. Al formidable exilio español debemos la fundación de industrias renovadoras, firmas financieras que fomentaron la economía, colegios prestigiosos, relevantes editoriales e instituciones muy diversas. Esa experiencia se ha repetido con los perseguidos guatemaltecos, venezolanos, cubanos, argentinos, chilenos, uruguayos, brasileños, bolivianos, ecuatorianos y vascos. Lamentablemente, los presidentes Zedillo, Fox, Calderón y Peña Nieto traicionaron esa herencia magnífica que hoy se empieza a recuperar.

Descuidan estatuas de Reforma

El Paseo de la Reforma es una de las avenidas más bellas del mundo, pero sólo de la avenida Juárez hacia el suroeste, pues hacia el norte-noreste es la perfecta muestra de un fracaso urbano, en tanto que atraviesa zonas depauperadas que los grafiteros han “decorado” con lastimosa profusión. Entre Rosales y la glorieta de Peralvillo la inseguridad ha convertido Reforma en tierra de nadie, como lo muestran los diarios asaltos a transeúntes, el robo de automóviles, la agresión a mujeres y, ahora, el robo de placas de las estatuas situadas en los camellones laterales y aun de las mismas esculturas, que son vendidas como bronce, por kilo, en lugares que las autoridades deben conocer bien, aunque parece que a nadie le importa ese patrimonio cultural.

El Tlacuache y la Diana

En los años cuarenta, una pudorosa primera dama ordenó ponerle taparrabo a la Diana, la escultura de Olaguíbel que adorna una glorieta del Paseo de la Reforma. Al respecto, César El Tlacuache Garizurieta escribió en su librito Realidades mexicanas (Ed. SEP, 1949) que “la Revolución creó un arte vigoroso que no pueden borrar los resentidos que escuchan las razones morales de los regidores de ornato pueblerino. Desean cubrir su propia desnudez moral tapando la belleza con calzones de manta amarilla con ribetes de encajes manufacturados en Silao… La Diana, a pesar de su falso pudor, no es mexicana: por su cuerpo más bien parece neoyorquina practicante de bailes acrobáticos en los rascacielos: esqueleto y musculatura no corresponden de ninguna manera a la dietética mexicana; esas curvas, esos senos y otras cosas no las desarrolla una alimentación de quelites, romeritos y chilatole… La estatua debería ocuparse como símbolo de la campaña contra la desnutrición”.

Intelectuales y política

Se recuerda poco, pero en ciertos momentos de México los intelectuales han jugado un papel de primer orden, por ejemplo en 1948, cuando se fundó el Partido Popular que encabezó Vicente Lombardo Toledano. Vicente Fuentes Díaz, en su libro Del periodismo al Congreso (Ed. Porrúa, 1998), recuerda que en la fundación del PP participaron Salvador Novo, Gabriel Figueroa, Diego Rivera y Daniel Cosío Villegas, quienes se retiraron pocos meses después. Al año siguiente, 1949, los que salieron fueron Narciso Bassols y Víctor Manuel Villaseñor. En el caso de Diego Rivera, cabe recordar que en esos años buscaba su reingreso al Partido Comunista Mexicano, que a modo de prueba lo mandó, junto con varios cuadros más, a impulsar la organización lombardista, pues el PCM consideraba que el surgimiento de un partido legal de la izquierda abría espacio a la actuación de otras organizaciones de la misma línea, algo que la realidad no confirmó.