EL-SUR

Sábado 15 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

De otro modo, la guerra

Federico Vite

Mayo 03, 2016

De un escritor de culto se comentan muchas cosas; algunas de ellas inventadas por una secuencia incalculable de veracidad, pero llenas de eso que tienen los pocos libros que ha vendido, y pocos libros que ha publicado, una sólida idea de la ficción que funciona perfectamente para hacer un símil de un momento específico de la humanidad. Se cuenta, por ejemplo, que Fogwill escribió la novela Los pichiciegos (Ediciones de la Flor, Argentina, 1983, 104 páginas) durante seis días, bajo el cuidado de 12 gramos de cocaína. Era un publicista de 41 años —aficionado a la poesía, ya había publicado algunos libros de ese género—, un hombre sorprendido por la brutalidad con la que ocurrió la Guerra de las Islas Malvinas. Tuvo una reacción vital ante lo ilógico de una confrontación armada y ese impulso se convirtió en novela. Fogwill escribió su libro en medio del ambiente bélico. Desde el 11 hasta el 17 de junio de 1982, se mantuvo despierto, obcecado por la visión de su propia guerra. Creció un texto al cobijo de una certeza mayor: testimoniar su tiempo con una dosis de ficción mayúscula. El manuscrito se leyó de mano en mano antes de ser publicado. Los intelectuales y los escritores fueron los primeros en conocer el relato. Más que denunciar un hecho, agrandó el continente literario, amplió, con esa reacción eslabonada en palabras, la resonancia de su documento. Lo curioso, como ocurre con los escritores de culto, es que lejos de volverse una hitazo, el texto envolvió en una halo de misterio al autor. La cantidad de lectores que tenía, aumentó, eso es un hecho, pero no ingresó al marketing para funcionar en esa zona extravagante del ensueño literario: empatar humanamente con otros. Fogwill no sólo hizo uno de los relatos más potentes sobre la última dictadura militar argentina, sino que mostró la plasticidad del realismo para ingresar, por cauces diversos, a la literatura.
El mamotreto de Los pichiciegos fue mimeografiado en el Hospital Albert Einstein, de São Paulo, circuló entre críticos y editores antes de la publicación argentina. El tiraje se distribuyó con una advertencia: Se trata de un experimento de ficción, hecho antes de los primeros testimonios de los combatientes. No es una novela contra la guerra y la literatura, señaló el autor en esa histórica publicación.
La afamada ensayista argentina Beatriz Sarlo comentó, en 1994, que en su relectura de Los Pichiciegos descubrió que los personajes del libro no demuestran nada, no poseen condiciones ideológicas ni discursivas para reflexionar. “Los pichis carecen absolutamente de futuro, caminan hacia la muerte, y en consecuencia, sólo pueden razonar en términos de estrategias”, refirió en un ensayo a propósito de los 12 años de haberse publicado ese texto de enigmáticas resonancias. Los Pichiciegos son un grupo de desertores que comercian con ambos bandos de la guerra: argentinos e ingleses. Viven en el subsuelo. Con esa condición, la de estar abajo, son bastante permisibles con sus actos.
Emparento el texto de Fogwill con Trampa 22, de Joseph Heller, pues la tesitura de esta novela bordea la extravagancia de una guerra, posee hilos narrativos que no sólo refieren incidentes históricos, sino que potencian el ejercicio de transcripción de la realidad con la argumentación antibélica, pero desde el humor, con recursos de la sátira. Trampa 22 aborda la historia de un bombardero de las fuerzas aéreas del ejército de Estados Unidos, quien desea ser excusado de realizar un vuelo de combate. Se somete a examen médico para demostrar que está loco. Pero al alegar locura, la lógica del ejército se impone: ninguna persona cuerda querría volar en misiones de combate; por lo tanto, el bombardero está en absolutas condiciones para volar. El catch de la novela (traducido como trampa) confirma que es imposible salir del sistema. Pero la grandeza de Fogwill radica en que al tomar como personajes a unos desertores, los hace vivir en el subsuelo y en los actos de ellos crece la noción esencial del texto: sobrevivir. Viven bajo el rastro de una guerra que no logra comprenderse, pero el hecho primordial no es entender, sino buscar la manera de seguir vivo, de ganarse el pan, el agua, de encontrar nuevas formas de vida desde los cimientos de la guerra. El subsuelo es la única zona segura para urdir estrategias. Los desertores no enfrentan al ejército inglés, sino al clima, el hambre, el aburrimiento, la suciedad, la locura, el miedo y la muerte. En un sitio donde la guerra es la única forma de vida, el cauce natural de los sobrevivientes es, por lógica, inventarse una batalla más, incluso contra sí mismos. Fogwill teje una trama que pareciera recurrir, casi con pinzas, a la enseñanza suprema de Sammy Beckett: buscar, entre la diversa variedad de tonos narrativos, la mezcla idónea para decir de otro modo lo mismo, para enfatizar un hecho que duele.
Pensando nuevamente en las características de los autores de culto, descubro que no basta con decir originalidad, sino que se debe unir esa palabra al contexto de la vía alterna. Es decir, un escritor de culto retoma la realidad, pero bajo la concepción de sus ideas, la agranda; describe con su mirada un universo propio, sui generis, un poquito más temible que lo real. Que tengan buen martes.