EL-SUR

Lunes 08 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

¿De qué estamos hechos?

Florencio Salazar

Julio 14, 2025

El mexicano siempre está lejos, lejos del mundo y de los demás, también, de sí mismo. Octavio Paz.

El mundo es un torbellino; día tras día, golpe tras golpe. Sometidos al poder de déspotas y enfermos un martillo implacable desmorona nuestra naturaleza humana. Gaza es un campo de exterminio, un cementerio de niños, afirma la ONU; las víctimas de ayer son los victimarios de hoy. Ucrania se mantiene heroica ante la pretendida recuperación de la desaparecida URSS. Cuba, Venezuela y Nicaragua en manos de dictadores, que empobrecen a sus pueblos.
El cinismo se traduce en ironías. El primer ministro de Israel Benjamín Netanyahu propone a Donald Trump para que reciba el premio Nobel de la Paz. La presidenta Claudia Sheinbaum designa a Hugo López-Gatell Ramírez –el doctor muerte– como representante de México ante la Organización Mundial de la Salud. Trump hunde la economía de sus socios con elevados aranceles. Elon Musk rompe con su ex jefe de la Casa Blanca y se propone organizar un tercer partido político en Estados Unidos. En Baja California, un adolecente asesina y despedaza a una niña de 13 años “inspirado” en una serie televisiva. Así ad nauseam.
La portada de julio de Letras Libres es una esquela: “Letras Libres lamenta el fin del PODER JUDICIAL INDEPENDIENTE”. Por su parte, Nexos del mismo mes no es menos trágico: “Réquiem por la transición democrática”. Las principales revistas de literatura y de análisis político y socio económico resumen la aniquilación de la República. Lamentablemente, no exageran. No hay ironía, sarcasmo ni paradoja. Es la verdad precisa y maciza. Baste de ejemplos la censura mediática que marcha a todo vapor; ahí están los casos de Héctor de Mauleón y Guillermo Sheridan.
En medios y redes digitales el debate es intenso, pero la sociedad civil no se mueve. De la oposición poco se puede esperar, es la mejor oposición que puede tener el régimen de Morena; y de los proyectos de nuevos partidos mejor ni hablar, pues están encabezados por políticos corrompidos de los que está asqueado el ciudadano. Parecen ajustarse a lo dicho por don Adolfo Ruiz Cortines: “Esos pollos quieren su máiz”.
Los controles en los regímenes republicanos y democráticos son los contrapesos entre poderes observándose los mandamientos constitucionales. De no existir tales contrapesos el poder se expande y, por su propia condición, incurre en el abuso. El poder es el único elemento que puede cambiar de naturaleza como el agua. Pasa de lo intangible a lo concreto y de lo concreto a lo líquido. Es decir, no se ve pero se siente; determinado es demoledor; y también puede ser suave y condescendiente. El poder siempre ha estado ahí como la naturaleza y el universo, diría Spinoza.
El ejercicio del poder es pedagógico. Se reproduce no sólo en las entidades políticas de gobierno y partidos, también se distribuye en las actividades económicas y sociales (Foucault). Ahí en donde hay un mostrador hay poder; el poder de quien te puede dar acceso al autobús, al avión, al restaurante, al espectáculo, a la cita médica… Quienes están detrás del mostrador están empoderados. Probablemente, esas personas –fuera de esos espacios– sean sencillas y hasta amables. El caso es que, en su desempeño, son igual o peor de déspotas que algunos servidores públicos.
Cuando el poder es malvado como la Hidra de Lerna, por cada cabeza que le cortan le surgen dos más. Pero el Hércules que la puede derrotar está ausente; las razones de esa ausencia son la complacencia por la dádiva y el temor. Como dijo el clásico: no nos hagamos bolas, no hay en México una sociedad civil fuerte. Hemos observado como la protesta acaba con el primer contrato, el primer subsidio, la primera concesión, la primera advertencia, incluso con la primera palmada. La acción política de la inconformidad social es aislada. ¿Qué ha quedado de la marea rosa? Se reunieron miles, millones de personas, que después volvieron a su vida rutinaria como si nada.
Al repasar nuestra historia nacional me aguijonea una pregunta: ¿De qué estamos hechos los mexicanos? ¿Cómo es que una y otra vez nos enfrentamos sin privilegiar el interés general? ¿Por qué fuimos incapaces de mantener ese territorio de 4 millones de kilómetros cuadrados, que llegaba desde la mitad de los actuales Estados Unidos hasta la frontera de Colombia? ¿Por qué somos incapaces de sostener acuerdos en lo fundamental?
Somos víctimas de una de la falta de fortaleza identitaria. Hoy, lo políticamente correcto es navegar en sentido opuesto al interés colectivo. Se trae al presente la confrontación del pasado –liberales contra conservadores–, se reitera el discurso repulsivo hacia el mestizaje por la reivindicación simbólica de los pueblos originarios (se olvida que el Imperio Español derrotó al feroz Imperio Azteca; México no existía), se corrompe el lenguaje y la política de género contemporiza con modos ajenos a la natural diferencia sexual de las personas.
Mientras la globalización avanza hacia la Inteligencia Artificial General nosotros, los mexicanos –y los latinoamericanos– volvemos la mirada hacia los tiempos primitivos. El futuro a cada instante es presente. Nos arrollan los acontecimientos y parecemos piedra quebradiza y sin capacidad de mirar a lo lejos. No necesitamos héroes, necesitamos –y debemos ser– solamente ciudadanos responsables de sus actos y de su tiempo.