EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Décadas porteñas II

Anituy Rebolledo Ayerdi

Enero 14, 2016

Acapulco, un villorrio

A década y media del siglo XX –describe el ingeniero don Manuel Meza Andraca–, Acapulco era un villorrio de calles angostas, sinuosas, con casas de tejas y techos de dos aguas. Todas con corredores adornadas con macetas y latas alcoholeras luciendo bellas plantas de sombra. Los crotos de colores encendidos, los helechos desbordantes y las grandes hojas acorazonadas de los ixpoxquelites.
Acapulco –relata el chilpancingueño–, carecía por completo de comunicación. No había servicio de correos y tampoco de telégrafos. Los barcos casi no tocaban el puerto y, no obstante, la vida social y económica transcurría casi con normalidad. El comercio era dominado totalmente por las grandes casas españolas B. Fernández y Cía., Alzuyeta Hnos., y Uruñuela, Fernández y Cía.
Refiere Meza Andraca en Mi encuentro con la Revolución (1969), que aquí tenía varios amigos y cita entre ellos a los Batani, Enoc Tabares, Alfonso Sáyago y Julio Adams. Insiste en el villorrio que era Acapulco con no más de ocho mil habitantes y autoridades municipales mantenidas casi por inercia al triunfo de la Revolución.

Una tragedia

La noche del domingo de carnaval de 1915 –sigue narrando el futuro ingeniero agrónomo–, yo estaba con Domingo Guevara sentado en una banca del zócalo, frente a la Aduana (hoy, edificio Nick), cuando de pronto escuchamos el grito de “¡quién vive”! seguido de varias descargas de fusilería. Domingo y yo corrimos en medio de la balacera y el tropel de un centenar de hombres, mujeres y niños, hasta ponernos a salvo en la parroquia de La Soledad. La plaza Álvarez se despejó en un minuto quedando en ella únicamente los soldados beligerantes de los generales Silvestre Mariscal y Tomás Gómez.
Hubo una tirotera grandísima, una confusión espantosa –intervienen los Liquidano Tabares en Memoria de Acapulco. Murió una niña de Chilpancingo y una señorita de Acapulco de apellido Condés de la Torre, a la que le sacaron las tripas. Fue una cosa horrible.
La niña de Chilpancingo era hija de Alberto Catalán –retoma la narración el futuro ingeniero agrónomo–, cuyo sepelio concentró a una multitud de acapulqueños y chilpancingueños. Estos últimos refugiados en el puerto porque la capital estaba ocupada por las fuerzas zapatistas. El atoyaquense general Mariscal, a cargo de la oración fúnebre en el panteón de San Francisco, responsabilizó de los sucesos sangrientos al general Tomás Gómez, de Los Arenales, padre de Alejando Gómez Maganda, gobernador del estado en la década de los cincuenta.

Los treinta

El presidente Lázaro Cárdenas del Río expide el 23 de diciembre de 1936 un decreto para preservar la flora y la fauna de los cerros que dan forman el majestuoso anfiteatro de Acapulco. Se le denomina “zona forestal vedada” para la que se recomiendan programas forestales amplios y permanentes. La sola denominación implicaba la prohibición para cualquier aprovechamiento forestal por mínimo que este fuera, incluso la provisión de leña.
Atendía el michoacano los consejos de su asesor en la materia, el ingeniero Manuel Meza Andraca, para mantener la integridad de la bahía acapulqueña y con ello el futuro turístico del puerto. De nada valdrá la futurista previsión del mandatario michoacano. A la vuelta de los años, sin embargo, la actividad motora del puerto sufrirá un colapso casi mortal al declararse la contaminación peligrosa del lecho marino, potencial de la ecología de esa área. La generaban casi cien mil personas ocupando irregularmente y sin servicios aquellas laderas.
Será entonces cuando el gobernador Rubén Figueroa Figueroa sentencie aquello de “a grandes males, grandes remedios”. Diciendo y haciendo pondrá en marcha en 1980 un programa histórico para reubicar a aquel conglomerado a un nuevo asentamiento. Se le denomina Ciudad Renacimiento y será el futuro hogar de aquellos colonos siempre renuentes y desconfiados. Para la creación de una comunidad de tales dimensiones y en tan poco tiempo, el gobierno de Figueroa contó con el apoyo y la simpatía del presidente López Portillo. Y por supuesto con el de las secreta-rías y dependencias federales.
Hoy, a la vuelta de 30 años, las cosas han vuelto a su estado original. El anfiteatro porteño no se ofende si se le compara con un retrete con descargas directas a la bahía.

Los cuarenta

Al gobernador Alberto F. Berber no le son particularmente gratos los periodistas. Los considera una fauna proclive al infundio, la difamación y el chantaje, y sus motivos tendrá. Ordena en consecuencia que se les cierren todas las arcas públicas, corrijo: puertas y portillos de su gobierno. Y que, además, se les reprima sin piedad así sean pillados “miando en la calle”.
Nacido en Chilpancingo, el general Berber se desempeñó primero como jefe castrense del puerto y luego comandante de la guarnición militar. Más tarde, a mediados de la década de los 30, será designado presidente del Concejo Municipal de Acapulco, recordándosele por la apertura del camino a Caleta, a partir de Tlacopanocha.
Para la década de los años 40, el militar es gobernador de Guerrero pero será defenestrado faltando escasos 40 días para concluir su mandato. Se le acusa de violaciones a la ley electoral, particularmente de pretender imponer a su sucesor. Y era que en el recién inaugurado gobierno avilacamachista, que le da mate, convergían tres de sus enemigos más odiados: Lázaro Cárdenas, Ezequiel Padilla y Marte R. Gómez.
El caído es relevado por el secretario general de Gobierno, profesor José Gutiérrez, dándose el caso insólito e irrepetible de que un militante comunista ostente al cargo de gobernador de Guerrero. Horas escasas, ciertamente, lo que no le quita las admiraciones al suceso. “Rápido, rápido, antes de que este pinche rojo nos anexe a Moscú”, insta el líder del Congreso local, nombrándose gobernador sustituto a don Carlos Carranco Cardoso. Un hombre decente, culto y católico. Corría el año de 1940, más uno, para que no se hable de un año “rarito”.
Presencia tan extraña en un gobierno sin sospechas de extremismos, tendrá su explicación en una de las primeras alianzas entre grupos políticos mejor identificados como agua y aceite. La del Partido de la Revolu-ción Mexicana (PRM), con el Partido Comunista Mexicano (PCM), para llevar al profesor Herón Varela Alvarado a la presidencia municipal de Tlapa de Comonfort. Un líder carismático y honrado que ocupará más tarde, dentro del PRI, varios cargos de elección popular, incluida la dirección estatal de su partido.

Othón Salazar

Cuarenta y siete años tendrán que pasar para que se repita un suceso similar en aquella región de La Montaña Alta. Cuando el profesor Othón Salazar Ramírez gane las elecciones municipales en su natal Alcozauca (1982-1985), postulado por el Partido Socialista Unificado de México. El segundo alcalde comunista en el país guadalupano de finales del siglo XX. Tres años atrás había sido alcalde su sobrino Abel Salazar, y Othón había sido diputado federal por el PCM y un año más tarde candidato a gobernador de Guerrero por el propio Partido Comunista.
Habiendo iniciado sus estudios normalistas en Ayotzinapa, el alcozauquense los concluye en la Nacional de Maestros de cuya huelga, en 1954, será uno de los principales dirigentes. Funda en ese mismo año el club estudiantil Normalista de la Juventud Comunista de México y más tarde el Movimiento Revolucionario del Magisterio. Asume en 1961 la secretaría general de la Sección Novena del SNTE y en lugar de felicitarlo el presidente López Mateos le cancela su plaza de maestro. Militará en el PRD pero no le encontrará “sustancia”, según su propio dicho. Muere a los 84 años en Tlapa en 2008 y sepultado en Alcozauca. ¿En necesario anotar que fue un hombre congruente con sus principios y que por tanto vivió y murió jodido?

El Codpura

Convocado por la CROM, el Partido Comunista Mexicano y la Unión Fraternal de Mujeres Trabajadores, dirigida por doña María de la O, se crea aquí en 1945 el Comité Defensor de la Propiedad Urbana y Rústica de Acapulco (Codpura). Figuran entre sus demandas 1) que se suspendan los efectos del decreto presidencial del 13 de diciembre que faculta a la Junta de Mejoras Materiales para expropiar y fraccionar terrenos del puerto y, 2) que la planificación de Acapulco no sea financiada por el pueblo sino por el gobierno federal, las constructoras, empresas turísticas, comerciales y bancarias .
Una primera acción del Comité Defensor es oponerse a la venta de los terrenos de la hacienda de Las Playas (hoy Península de las Playas), pretendida por la Fraccionadora de Acapulco. Denuncia al respecto que cuando don Ignacio Co-monfort vendió tales terrenos no se determinaron sus dimensiones ni sus linderos.
(Se habla del poblano Ignacio Comonfort de los Ríos, nombrado por Santa Anna administrador de la Aduana Marítima de Acapulco. Durante tal desempeño, a partir de 1853, don Ignacio adquirirá varios terrenos en el puerto, particularmente de la Hacienda de Las Playas. Será esa la razón por la que el dictador Pata de Palo lo cese del cargo acusándolo de usar recursos públicos para su propio beneficio. Santa Anna se adelantaba en realidad a la decisión de Comonfort de integrarse al Plan de Ayutla, jefaturado por don Juan Álvarez desde su hacienda de La Providencia. Plan concebido para darle cuello al dictador y cuya redacción final estará a cargo del propio abogado “carolonino”, por haber estudiado en la hoy Universidad de Puebla.
El grupo acapulqueño decía la verdad al sostener que los terrenos de Las Playas, vendidos por los sucesores de Comonfort, carecían tanto de dimensiones como de linderos. Así los adquiere en 1913 el alemán nacionalizado estadunidense Henry Weiss, quien, 20 años más tarde, los revende a la Compañía de Inversiones de la Costa Occidental de Mazatlán. La empresa sinaloense le paga a mister Weiss los mil pesos que ha pedido por la península, pero jamás toma posesión de ella sin que se sepa la razón.
Weiss, quien mañosamente ha logrado mantener oculta la transacción, reasume ilegalmente aquella propiedad pero solo para venderla esta vez a la Fraccionadora de Acapulco. Sucederá, sin embargo, que al hacerse pública la transa del extranjero, una orden judicial prohibirá a la empresa tomar posesión de la tierra adquirida. Podrá hacerlo hasta pasados diez años y eso porque la orden se dará en el Palacio Nacional.

Los boleros

El Sindicato de Boleros de Acapulco formaliza su adhesión a la CROM el 21 de agosto de 1937. Unificados a instancias de Guillermo Wences, un limpiabotas llegado de la ciudad de México, una veintena de ellos laboran en forma ambulante y en el jardín Álvarez. La cuota es de 10 centavos por asear calzado de color y 5 centavos más por los blancos. Solo hombres y no es por misoginia boleril sino porque ninguna dama se expondría a una exhibición tan plena.
Lo de “boleros”, recordemos, les viene a los limpiabotas por la forma de bola que tenía el betún utilizado para dar brillo al cuero. Las solicitudes de servicio irán desde “los calcetines, no”; shoes shine, una “chainiadita” y hasta “un trapazo”
El sindicato de boleros de Acapulco tendrá como lema “Por la emancipación del trabajador”. Lo integraban 20 lustradores, la mitad de ellos menores de edad. La primera directiva estuvo integrada por Guillermo Wences, Carlos Fraustro, Armando Castillo, Crisanto Tejada y Daniel Jijón, y los quinceañeros Jesús Solís, Lino Gildo, León Carbajal, Luis Rivera y Armando Castillo.

Grasa, joven

Algunos personajes acapulqueños como Pedro Huerta Castillo, director del diario La Verdad y luego de su propio periódico Revolución, nunca negó haberse dedicado de chamaco a tal menester. Tampoco lo hizo Alejandro Arzate, quien se costeó como bolero los estudios de abogacía.
En el ámbito internacional, son varios los personajes que se enorgullecen al confesar que fueron limpiabotas. Se cita entre ellos a los ex presidentes de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, y de Perú, Alejandro Toledo Manrique. Tampoco niegan haber pasado por ese oficio el cantante inglés Ozzy Osbourne, James Brown, el Padrino del soul; el golfista Lee Treviño; Malcom X y hasta Rico Mac Pato, quien habría ganado su primera moneda dando shine.

Los Píos

Finaliza la década de los treinta cuando el mundo católico se cimbra con el deceso del papa Pío XI (Achille Damiano), y el ascenso del cardenal Eugenio Pecelli como papa Pío XII. Habrá misas por ambos sucesos en la parroquia de La Soledad. Dolor y euforia.
La nota discordante estará a cargo de los “comecuras” de la Banca del Zócalo. Aprovecha-rán la luctuosa ocasión para distribuir un libelo condenando la intromisión del papa Damiano en asuntos internos del país. Habría lanzado éste hasta tres encíclicas para condenar a México. La primera, Iniquis afflictisque denunciaba la persecución católica desatada por el gobierno de Calles durante la Guerra Cristera. Decía:
“Ni en los primeros tiempos de la iglesia ni en los tiempos sucesivos los cristianos fueron tratados del modo más cruel, ni sucedió nunca en lugar alguno que, conculcando y violando los derechos de Dios y de la Iglesia, un restringido número de hombres, sin ningún respeto por su propio honor, sin ningún sentimiento de piedad hacia sus propios conciudadanos, sofocara de manera absoluta la libertad de la mayoría con argucias tan premeditadas, añadiéndose una apariencia de legislación para disfrazar la arbitrariedad (Constitución de 1917).”
Según algunos vaticanólogos, tanto Pío XI como Pío XII se llevarán de a cuartos con Mu-ssolini y con Hitler.