EL-SUR

Jueves 13 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Décadas porteñas IV

Anituy Rebolledo Ayerdi

Enero 28, 2016

Población

Acapulco, como bien se sabe, tiene una historia como ciudad remontada a la propia época colonial. No obstante, su crecimiento poblacional, sostenido por décadas en cuatro mil habitantes, será determinado por el fenómeno turístico, particularmente a partir de la segunda mitad del siglo XX. Así, pasará de 28 mil 512 habitantes en 1950, a 49 mil 149 en 1960. Para la década siguiente, 1970, la población crecerá a un ritmo desmesurado de 13.3 por ciento anual, elevándose a 174 mil 378 el número de sus residentes. La década siguiente (1980) sumarán 300 mil y a la vuelta de otros diez años –1990–, se alcanzará el medio millón.
Siempre de acuerdo con los censos de población del Inegi, en el último de estos, el de 2010, la ciudad llegó a 673 mil 470 hombres y mujeres. No faltan hoy mismo instituciones locales que, sin revelar metodologías usadas, otorgan a Acapulco la categoría de “Ciudad Millonaria”, es decir, que ya soporta al millón de acapulqueños. Sobre el particular, un estudio realizado en 2002 por la UNAM, sí la acerca a esa población, pero hasta el quinquenio 2015-2020.
Números estos con los que se andan con tiento estudiosos locales de la materia. Argumen-tan, no sin razón, que en tales cálculos no se toman en cuenta, entre otras variables, el éxodo silencioso de miles de residentes, particularmente extranjeros, huyendo de la imparable violencia del puerto.

Crecimiento urbano

El crecimiento urbano de Acapulco es ajeno, como en otros países, a la concentración industrial y al desarrollo económico. Por el contrario, sostienen César Campodónico y Wilson Nerys (Crecimiento de Acapulco), es aquí producto del subdesarrollo y también de la migración campesina. Huyendo esta de una agricultura no sólo atrasada sino deteriorada y sin alicientes económicos. Migran-tes que, a decir verdad, solamente engrosaron los núcleos marginales negados a todas las ventajas de la modernidad.
Guerrerenses convertidos en hombres sembrando el surco para vivir de la tierra, olvidarán aquí sus antiguas destrezas con la tarecua y el arado. Tanto que no volverán a tocarlos ni siquiera para producir sus propias memelas. Acapulco vivirá desde entonces y hasta hoy atenido a que le lleguen de fuera las subsistencias agropecuarias demandadas por sus habitantes y el turismo.

Banco Revolucionario

El general Jesús Salgado fue un soldado de Teloloapan distinguido por su fiereza en el combate y fidelidad perruna para su jefe Zapata. El Plan de Ayala, a propósito, documentará tales virtudes al disponer que Salgado se hiciera cargo del gobierno interino de Guerrero (de marzo a diciembre de 1914). Exaltará, particularmente, el desempeño del guerrerense en la toma zapatista de Chilpancingo. Salgado tendrá como timbre de orgullo, no fácilmente compartido, el haber enfrentado hasta en cien combates a Victoriano Huerta. “Cuero duro el del maldito”, solía decir.
Dedicado en niñez y juventud al comercio y transporte de mercaderías en el río Balsas, el gobernador Salgado establece en octubre el Banco Revo-lucionario de Guerrero. Anun-cia que la primera emisión en papel fiduciario será de 10 millones de pesos y advierte que no existe ninguna intención especulativa. “Tanto que –exalta– cuando el pueblo se vea salvado de la tremenda crisis que lo agobia, no podrá menos que agradecernos el bien que hoy le hacemos”.
El propio gobernador lanza en una circular esta amenaza: “Se castigará severamente al comerciante que valido de las circunstancias por las que atravesamos, abuse con el alza de precios por el solo hecho de que el comprador le pague con papel moneda, pues este es de circulación forzosa sin descuentos de ninguna especie.”

Aquí, hoy

Vergüenza grande para el Benemérito Juárez cuando su billete azul, de 20 pesos, tenga el mismo valor que uno verde de un dólar con la efigie de George Washington.

Los Bilimbiques

Poco antes que Salgado en Guerrero, Venustiano Carranza hará en el norte las primeras emisiones de papel moneda. Una emisión hasta por 25 millones de pesos, en billetes de 1, 5, 10, 20, 50 y 500 pesos. Muy pronto comparados, seguramente por su escaso valor, con los vales de la minera estadunidense Green, de Cananea, Sonora, firmados por el pagador William Bill Wilkes. Cuyo nombre, pronunciado arbitrariamente, sonará como “bilimbiques”, bautizando desde en-tonces a toda moneda con escaso o nulo valor.
Pancho Villa no se quedará atrás en eso de emitir billetes. Por su gran tamaño, los suyos eran conocidos como “las sábanas de Villa”. Una segunda emisión se popularizará con el nombre de “dos caritas”, aludiendo a las imágenes de Madero y Abraham González, impresas en el papel. Cuando el impresor le pregunta a don Pancho qué leyenda le pone al billete –“sí, hombre, así como los gringos le ponen a los suyos In god we trust”–, el Centauro contesta: “¡Muera Huerta!”. Y así les pone.
En Acapulco, a propósito del tema, el jefe Morelos emitió una moneda de cobre con valor de ocho reales. Una cara tenía la inscripción de Mo/8r (¿su nombre?) y el año de 1813. La otra, el dibujo de un arco y una flecha sobre la palabra SUD. La acuñación se dio en el cuartel de El Veladero, donde se han encontrado varias de aquellas piezas numismáticas.

Don Abenamar

Cuenta el cronista Carlos E. Adame que, corriendo la década de los veinte, llegó al puerto el licenciado chiapaneco Abenamar Eboli Paniagua, para asumir el cargo de agente del Ministerio Público federal. Blanco él, alto, nariz aquilina, modales exquisitos y notable don de gentes, el nuevo fiscal se gana pronto la simpatía y el aprecio de la exigente sociedad porteña. Nunca faltó en las tertulias literarias una demanda: “¡que declame el licenciado Paniagua!”, lo que hacía con gran sentimiento y voz engolada. Tampoco tendrá par a la hora del discurso oficial en las ceremonias cívicas.
Por ello cuando don Abenamar anuncie su partida, designado ahora juez de Distrito de alguna ciudad del país, sus compañeros de trabajo, club social y amigos en general le ofrecerán una sentida despedida. Con los años se cumplirá un vaticinio formulado en aquella ocasión: Eboli Paniagua llegará a vestir la toga de Ministro de la Suprema Corte de Justicia de la Nación. Aunque, lástima mi lic, por muy poco tiempo.
Apoltronado en tan augusto recinto, Eboli Paniagua dictará una sentencia que le acarreará serias consecuencias personales. Los afectados con la misma investigarán que el chiapaneco carecía de título de abogado o bien que el que poseía era apócrifo. Gran escándalo atizado por los medios. La SCJN no se llevará mucho tiempo en comprobar la veracidad de tal denuncia. No se llegará, sin embargo, al cese lapidario. Avergonzado, don Abenamar Paoli Paniagua se descerrajará un tiro en la bóveda palatina.

Carlos Barroso

Don Carlos Barroso, un hombre ya entrado en lo que hoy se denomina la “tercera edad”, se hace cargo del Juzgado de Distrito en Acapulco. Él y su familia se intercalan inmediatamente en aquella sociedad tropical que, al decir del cronista Adame, “todavía conservaba la hospitalidad como orgullosa tradición acapulqueña”. ¿Hoy, no?
La familia Barroso instala su domicilio en la calle Lerdo de Tejada, hasta donde llegará a disfrutar deliciosos veranos acapulqueños una fiestera señorita de nombre María Esther Zuno. Misma dama que tres décadas más tarde responderá al título de Primera Dama de México. Viven muy cerca dos distinguidos abogados del puerto, don Francisco Martínez Alomía y don Alfonso Flores Orozco. La tercera década del siglo XX iba entonces en retirada.
La vida del alto funcionario judicial trascurre sin contratiempos entre su casa y el juzgado y por las tardas largas caminatas playeras con su señora esposa. Lo será hasta que llega a su escritorio un asunto de tierras urbanas, delicado necesariamente por los grandes intereses económicos que lo mueven. El licenciado Gabriel Robles Domínguez solicita el amparo de la justicia federal contra actos del gobierno del estado, encabezado por el general Alberto F. Berber.
Resultaba que la oficina de Tránsito de Acapulco había abierto una brecha en un terreno de los clientes de Robles Domínguez. Defendía el abogado capitalino a los propietarios del predio conocido como “La Cañada de Caleta” o “Rinconada de Caleta”, con superficie de poco más de cinco hectáreas anegadas permanentemente. Acusaba a la autoridad estatal de haber invadido el predio previa destrucción de una cerca de alambre de púas que lo delimitaba de la zona federal. También de la propiedad del señor Antonio Salgado, de la Fraccionadora de Acapulco y de la Gran Vía Tropical.
El juez Barroso concede el amparo el 13 de julio de 1939, ordenando que las cosas quedaran como estaban. Pero hete aquí que el gobernador Berber decreta un mes más tarde (12 de agosto de 1939), la expropiación de la “Cañada” o “Rinconada de Caleta” (hoy mercado-estacionamiento). Se ordena a Tránsito destruir la repuesta cerca de alambre y dar vialidad al camino atravesando el predio litigioso. ¡Y háganle como quieran, cabrones!, reta mi general Berber.
El abogado Robles Domín-guez acude a la Suprema Corte de Justicia de la Nación y su segunda sala resuelve a favor de sus representados. Votan por el “sí” los ministros Manuel Bartlett Bautista, Gabino Fraga, Alfonso Francisco Ramírez y Franco Carrero; el ministro Octavio Mendoza González dirá en solitario, ¡no!
Lo que seguirá, inopinadamente, será el cese del juez Barroso. No como consecuencia del fallo otorgado sino por algo mucho muy grave: carecer de título de licenciado en derecho. ¿Cómo pudo ser ello posible?, se preguntaba aquí la gente. Según el propio Adame, la investigación sobre el historial académico de Barroso habría estado a cargo de detectives profesionales. Cubierta, no se sabe bien a bien, si por el abogado Robles Domínguez o por el gobierno del estado.
Por cierto, el primer secretario general del gobierno de Berber, Rafael L. Leyva, había sido asesinado cruelmente en abril de 1937. No obstante que todo Chilpancingo conocía las identidades del o los asesinos, nunca nadie fue acusado. Y es que, como hoy mismo, el miedo no andaba en burro.

Entre abogados

Agoniza la cuarta década del siglo XX. Son unos cuantos los profesionales del derecho con oferta de servicios en el puerto. Los encabeza el abogado ayutlense don Alfonso Flores Orozco. Con él, Roberto Palazuelos Bassols, Francisco Martínez Alomía, su hijo Luis Martínez Cabañas (alcalde sustituto en 1956 y también notario), Juan Juárez Ramírez, Teófilo Berdeja Aivar (candidato a la presidencial municipal hasta en dos ocasiones); Gabriel Parra Bahena (futuro notario), Alfredo Díaz Garzón, Ricardo Calderón Pineda y Raúl Cardiel Flores.
Francisco Galeana Nogueda enlista en su libro de memorias (Conflicto sentimental, 1994) a los “abogados prácticos”, conocidos también con varias denominaciones, algunas incluso peyorativas. Entre ellos Marga-rito Giles, Juan Castañón Berde-ja, Joaquín Benítez, Antonio Rosas Abarca, Moisés Castillo Cuevas, Luis Bello Hernández (secretario general en varios ayuntamientos); Alejo Salinas, Fernando Calderón Pineda y Tomás Arzola (hermano de José Arzola Nájera, uno de los grandes reporteros de policía de la prensa local).
Por su parte, el cronista Enrique Díaz Clavel amplía tal relación en Relatos de Acapulco: Sócrates Muñiz, Baltazar Hernández Juárez (alcalde de Acapulco en 1939), Canuto Nogueda Radilla, El Rey del Amparo (también alcalde en 1960-1961); Lorenzo Condés de la Torre, Celia Espinosa La Pichona; Gildardo Salas Soberanis, La Totola; Rosa Chevenye, Reynold Guinto, Benigno Pacheco, Bernardo de la Cruz, Nazario Benítez, Jesús Cuevas, Heliodoro Ortiz Bueno y Armando de la Cruz.

Los notarios

Para 1948 ya operaba una notaría pública en el puerto, esto es, la Número Uno, a cargo del licenciado Antonio del Valle Garzón, (alcalde de Acapulco 1948-1949). Para el año siguiente, el gobierno del general Baltazar R. Leyva Mancilla otorgará una segunda patente de notario al joven abogado Julio García Estrada.
El atoyaquense Galeana Nogueda recuerda que Teófilo Berdeja lo recomendó para su primer trabajo en el puerto. Escribiente del juzgado de primera instancia del ramo civil, con 6 pesos diarios de sueldo. Era su titular el licenciado Gabino Díaz Martínez y el secretario Martín Calvo Carbajal. Se desempeñaba como juez penal el licenciado Fernando Castañón Astudillo (también futuro notario) y el agente del MPFC, Benigno Leyva Neri. Fue popular juez menor Gustavo Cobos Camacho, Cobitos, ayudante cuando chamaco de Juan R. Escudero. Pancho Nogueda se jubilará como funcionario del juzgado de distrito en Acapulco.