EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Del enojo a la resistencia civil pacífica

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 09, 2017

El enojo se ha generalizado por todas las regiones del país. Yo estoy enojado, no lo puedo negar. Y no es para menos. Los agravios del gobierno federal con el alza excesiva a los combustibles, han llegado a límites peligrosos. Y la manera como el presidente de la República ha intentado explicarlo, ha aumentado aún más el enojo. Ha sido tan torpe y desvergonzada. Representa a la clase política que, gozando de muchos privilegios, ha perdido el sentido común. Y la estrategia del miedo que el mismo gobierno promueve nos indigna aún más.
El enojo como reacción ante un mal es humano, muy humano. Es más, es una señal de alarma de que las cosas están mal y de que hay que hacer algo para afrontarlas. Pero el problema está en el modo de manejar el enojo. Si estamos enojados por la corrupción, por las mentiras y los engaños del gobierno, ¿qué hacemos con ese enojo? Porque el enojo puede dar para destruir y para construir. Depende la opción que elijamos de manera consciente o inconsciente.
Está el enojo visceral y desenfrenado que se manifiesta en gritos, injurias y toda suerte de acciones violentas. Es el enojo que tiene la rienda suelta porque carece de cualquier razonamiento y se desarrolla de manera descontrolada. Es el enojo que busca simplemente un desahogo y, una vez logrado, se baja o se guarda. Es un enojo improductivo e irracional que nos traiciona y deja intactas las causas del mismo. Este enojo termina por hacernos cínicos o resignados y, a fin de cuentas, termina en la frustración. Es un enojo que se orienta de manera destructiva. Este es lo que más conviene al gobierno para desarrollar sus respuestas represivas y es lo que, en suma, debilita a los ciudadanos pues se meten al terreno de la violencia en el que irremediablemente salen perdiendo.
Pero el enojo puede tomar otro camino muy diferente. Puede ser el resorte que desate la indignación. Esto significa que nos hacemos sensibles a la dignidad herida y reaccionamos para restaurar dicha dignidad. En este sentido, el enojo puede tener una dinámica que ponga en marcha un camino de dignificación. En este caso, el enojo se convierte en una pasión que empuja hacia la justicia y hacia la restauración de la dignidad humana. Y se hace acompañar de la razón. De esta manera, el enojo se canaliza de manera inteligente y crítica para construir, para intervenir y para cambiar las causas que lo generaron.
Al enojo hay que añadirle el análisis crítico y la propuesta inteligente a corto, mediano y largo plazo. El enojo como indignación social puede ser el motor para una transformación del país. Pero también hay que añadirle un sólido carácter ético y, aún, místico que lo oriente por el sendero de la justicia y de la paz y no se extravíe por las oscuras veredas de la venganza y de intereses bastardos. Además, hay que añadirle una disciplina capaz de tener bajo control los miedos, los odios, las fobias, los prejuicios y las rabias que nos acechan.
Mahatma Gandhi en la India, Martin Luther King en la Unión Americana y Nelson Mandela en Sudáfrica así lo entendieron. Fueron hombres indignados, que pusieron bajo control sus propios enojos y los encauzaron racional y éticamente hacia la construcción de una sociedad más justa en sus propios contextos. Tenían pasión, esa pasión del enojo convertido en indignación, y tenían argumentos para convencer a las multitudes y, además, tenían autoridad moral para empujar procesos de transformación social.
El gran reto que los ciudadanos enojados tenemos en México es convertir el enojo en energía para la reconstrucción del país. Tenemos que aceptar que estamos enojados, que nuestra dignidad ha sido lastimada por decisiones gubernamentales y que ese enojo lo podemos convertir en energía vital para tocar las causas mismas de los abusos de los gobiernos. Tenemos que aprender a manejar el enojo de manera racional y ética, y a canalizarlo sin odios ni ánimos de revancha.
En estas condiciones, es posible hacer caminos de resistencia civil no violenta, caminos creativos de organización y movilización social, que con las herramientas de la razón, del diálogo y de la desobediencia a leyes injustas, obliguen a las autoridades a reconocer sus errores y a enmendarlos. Y lo más importante, es que los ciudadanos asumamos nuestra responsabilidad para no permitir más abusos.
Ojalá que México pueda dar este paso: transformar el enojo en resistencia civil pacífica.