EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

Del tronco originario

Florencio Salazar

Abril 27, 2026

Mi padre Florencio Eduardo Salazar Arriaga, fue hijo de Florencio Salazar Córdoba y nieto de Anacleto Salazar. Todos longevos: uno vivió 96 años, otro 105 y el último 115. Mi abuelo Florencio nació en Morelia y de ahí su familia se trasladó a Guadalajara, en donde fabricaban carruajes. De aquel taller mi abuelo aprendió varios oficios: carpintero, talabartero y herrero. También fue músico. Mi abuelo Florencio nació (1871) cuando vivía Benito Juárez. Mi bisabuelo, probablemente, hacia finales de la Guerra de Independencia.
Su familia fue una tribu de 24 hermanos. Al parecer mi bisabuelo al enviudar contrajo segundas nupcias. Sólo conocí a dos hermanos suyos: Ignacio y Genoveva, menores que él, en las dos o tres ocasiones que visitaron Chilpancingo. Mi abuelo se trasladó de Guadalajara a la Ciudad de México, aprendió el arte de la armonía y los compases y se enroló en una banda de música del ejército federal.
Bajo de estatura, en su juventud debió ser robusto como un tractor. De rostro casi redondo, afilada nariz, boca finamente recortada y mirada serena. Su voz siempre fue de mesura. No le escuché verbos agrios ni adjetivos despectivos. Era discreto y de pocos amigos. Al único que le conocí –y quería como hermano– fue a su compadre, el director de la Banda de Música, don Pepe Ocampo, nieto de don Magdaleno Ocampo, el sastre que confeccionó la Bandera Trigarante en Iguala. Con la caída de la gubernatura de don Alejandro Gómez Maganda en 1954, arribó como substituto el ingeniero Darío L. Arrieta Mateos. El gobernador Arrieta fue a la serenata en el zócalo. Llamó a don Pepe y le pidió que interpretara danzones, mambos. Don Pepe le explicó que las marchas, valses y oberturas educaban musicalmente al pueblo. “La música popular –agregó– se escucha en todas partes”. Arrieta Mateos respondió: “Si no quiere tocar música popular, ¡renuncie!”. Y don Pepe renunció.
Mi abuelo llegó Chilpancingo con la banda de música del coronel Victoriano Huerta, enviado a Guerrero por don Porfirio Díaz a sofocar “un levantamiento de indios”. Además de músico, se ocupaba de atender el lugar de descanso del coronel. Al concentrarse las tropas federales él permaneció en Chilpancingo. Instaló su carpintería. Durante 50 años fue el único que ofrecía servicios funerarios. Durante la Revolución, zapatistas y carrancistas arrasaban con las cajas de muerto. “¿Por qué no cerraba la puerta?”, pregunté. Respondió que la tiraban. Lo compensaban con muslos de res o cerdo. Intentaron fusilarlo por huertista. “Si fuera huertista –se defendió– estaría con él”. Luego pensó en voz alta: “Huerta era un buen hombre, lo echaron a perder los políticos”.
Aquí conoció a Beatriz Arriaga Flores –originaria de La Unión–, mi abuela. Los esposos –ella embarazada–, se trasladaban a la Catedral de Chilapa a lomo de bestia. El camino de herradura debió ser muy penoso. Cuando iba con mi padre a La Levítica, en donde era Agente del Ministerio Público, viajábamos en la línea Gacela, de camionetas café claro. Los trayectos eran interrumpidos por las ruedas en hoyancos y surcos de barro. Todos los pasajeros teníamos que descender a empujar el vehículo. Lo que ahora se recorre en 40 minutos, entonces se hacía en tres o cuatro horas entre saltos y sobresaltos.
En aquellos caminos lodosos y torpes mi abuela Beatriz cayó de la mula, con la consecuencia del aborto. Ambas eran personas de fe. No imagino el sufrimiento padecido. Pasaron años, hasta que venturosamente nació mi padre, hijo único. Apenas se hacía la luz solar, mi abuelo llevaba a su pequeño a la alameda Granados Maldonado a respirar oxígeno puro.
Cuando conocí a mi abuelo él debió tener unos 65 años. Para entonces –viudo–, ya había contraído matrimonio con Juanita Molina, originaria de Mochitlán. Habitaban una casona de adobe y teja, en la esquina de Madero y Zapata. Enfrente estaba el correo, que administraba el señor Herrera. En ese lugar se encuentra ahora el auditorio del Poder Judicial. Juanita tenía un puesto de periódicos en una esquina del Jardín Cuéllar, en cuyo quiosco tocaba la Banda. Ella cuidaba –inútilmente– que mi abuelo no nos diera nuestro domingo; teníamos poca simpatía por ella. Pasado el tiempo, comprendí que fue la mejor mujer que pudo haber tenido. Vivía para atenderlo y él siempre la trató con respeto.
En la carpintería hacía puertas, marcos bellamente labrados y los estuches, oficio que combinaba con la música. Con Margarito Damián Vargas fundó la Banda de Música del Estado. Parece almirante con su uniforme azul. Tocaba la tuba, aparatoso instrumento enrollado en su cuerpo –como boa metálica–, sacando su enorme boca dorada por encima de su cabeza. Inconfundible en los desfiles.
Fue dos veces alcalde de Chilpancingo. Estuvo en el cargo no más de un año en ambas ocasiones. Le pregunté por qué esos cortos periodos. Me dijo que construyó –con sus manos y otras solidarias– un puente de madera para comunicar la calle de Morelos con el panteón municipal, pero los regidores querían repartirse el material. Terminada la obra, decidió renunciar. Ese puente cruzaba las cristalinas aguas del río Huacapa, de riberas boscosas. Allí llegaban a beber jaguares, venados y toda la fauna, según me ilustró.
No obstante ser el único vendedor de féretros durante 50 años, su casa era modesta y no propia. De la esquina de Madero y Zapata se cambió a unos metros de esta última calle. En dos ocasiones mi madre Arcadia, me envió a vivir con él. La primera vez era un niño de no más de 10 años y la segunda ya adolescente. La nueva casa también era de adobe y teja. Después de su fallecimiento, me enteré de que se la prestaba doña Adelita Marino –dueña con su esposo don Emilio Cabrera de lo que fue el hotel Bravo– sin pagar renta.
Cada año, a mis hermanos y a mí nos llevaba a la papelería de don Odilón Ramírez. Le entregaba las listas de lápices y cuadernos. Don Odilón anotaba la cantidad y mi abuelo le iba pagando. Con frecuencia sacaba de algún bolsillo secreto un billete dobladito, para que llevara a mi mamá cinco o diez pesos.
No aprendí sus oficios, aunque usaba los serrotes, los formones, la segueta y las garlopas para hacer “rifles” de madera (en una tabla de 50x6cm, en un extremo se clavaba una tira transversal sobre la cual se montaba una tabla de unos 10 centímetros, sujeta con ligas; en la punta del otro extremo, se ponía una pequeña argolla para sostener otra liga, en la cual se colocaba un palillo de paleta jalándolo hasta presionarlo en el disparador). De aquel tiempo es mi cicatriz en la base del pulgar izquierdo, al cortarme con un formón. Escribía con frecuencia en su Remington, la cual conservo enmohecida.
La segunda vez que viví con mi abuelo, los primeros días no podía dormir. Compró un catre que se colocaba en la sala, de manera que estaba rodeado de ataúdes. En ese entonces, había visto las películas –ahora de culto– El vampiro y El regreso del vampiro, con Abel Salazar, Germán Robles y Ariadna Welter –mi primer amor–, las dos por un peso en la galería del cine Guerrero. Después me arreglaron el cuarto del fondo del taller.
A media noche tocaban la puerta. Mientras mi abuelo se vestía, yo doblaba el catre hasta dejarlo como maletín. Alguien había fallecido. Preguntaban el costo de las cajas. Escogían una de 60, 80 o 100 pesos, pedían la cruz, los candelabros, los floreros y él anotaba. Al cerrar la cuenta los deudos compungidos: “Sólo traemos 30 pesos, por favor, le pagamos después”. Él pedía nombre y domicilio, anotaba el anticipo y repetía moviendo la cabeza: “Sea por Dios, sea por Dios”. Jamás exigió letras de cambio, prendas de garantía, fiador. Con frecuencia le informaba Juanita: “Don Lenchito, te trajeron mole, dulce de calabaza, pierna al horno, torrejas”. Preguntaba de parte de quién. “Sólo lo dejaron”, respondía ella.
Lo observo en su mecedora leyendo diariamente El Universal. Los periódicos los empaquetaba y al final del semestre los vendía por kilo. Con ese dinero cubría parte de la siguiente suscripción. Yo leía los monitos del domingo.
Nunca lo escuché hablar mal ni andar en cotilleos de vecindario. No tuvo pleitos de juzgados, menos personales. Si acaso –cuando iba a comer a la casa de mi mamá–, tomaba una cerveza. No supe de disputas con su mujer. Era un hombre de disciplina rutinaria: a las 6 de la mañana a misa, a las 7 a la escoleta de la Banda de Música en las desaparecidas tribunas del Colegio del Estado –ahora UAGro–, después regresaba a desayunar, a atender su taller, lectura del periódico, comida, cena ligera y a las 7 de la noche se retiraba a dormir con su gorra de borla.
Unas horas antes de su muerte, mi hermano Gustavo y yo fuimos a buscar a un médico, que vivía a unos pasos de la casa. Era la una de la mañana. Entreabrió la puerta. Se negó a atender: “Ya se va a morir, no tiene caso”. Lo vi en sus últimos minutos. No quiso hablar con nadie, nadie que interrumpiera sus oraciones. Estaba hablando con Dios.