EL-SUR

Viernes 01 de Julio de 2022

Guerrero, México

Opinión

Democracia de tiempo completo

Jorge Zepeda Patterson

Julio 03, 2006

Una democracia necesita demócratas para existir. Pese a los muchos defectos que podamos encontrarle a los candidatos y a la enorme irritación que nos deja una campaña electoral cargada de injurias y dispendios, es imprescindible ir a votar. Todavía no puedo explicarme a qué debemos el inesperado milagro de que el voto de los mexicanos cuente realmente, pero sería un verdadero desperdicio no aprovecharlo. Hace doce o quince años parecía inalcanzable la posibilidad de que los ciudadanos pudiésemos decidir un cambio de poderes; y sin embargo, hace seis años se consiguió gracias al simple expediente de ejercer nuestro derecho a votar en las urnas.
La nuestra es una democracia en ciernes. Si no la ejercemos, desaparece. A tirones y jalones hemos logrado conquistar una democracia electoral. Pero sólo eso. La mayor parte de los derechos ciudadanos restantes son una ficción. El Estado de derecho no existe excepto para los que pueden pagarlo y la mayor parte de los atributos vinculados a una democracia están ausentes. Un sistema democrático resuelve tres aspectos fundamentales entre gobierno y gobernados. 1. Elegir a las autoridades. 2. Ofrecer vías para la rendición de cuentas y el aseguramiento del buen desempeño de las autoridades. 3. Canalizar al gobierno las expectativas y necesidades de los ciudadanos. En México apenas vamos a la mitad de la primera. Y digo que a la mitad porque si bien es cierto que nuestro voto cuenta, también hay que decir que el proceso electoral está lleno de suspicacias y las campañas se han convertido en meras estrategias de manipulación.
La única salida es una salida hacia delante. Nunca llegaremos a los puntos 2 y 3 si no afianzamos el primer punto. La democracia electoral es el primer paso, pero sólo el primero.
Y no basta. Los políticos han ofrecido hartas evidencias para demostrar que no podemos confiar en ellos. Las prácticas chapuceras, las mentiras y las exageraciones puestas en juego durante las campañas, permiten suponer que, como gobierno o como oposición, no tendrán ninguna objeción para recurrir a la manipulación de la opinión pública para impulsar sus intereses.
A partir de esta semana tendremos un nuevo presidente. Las declaraciones del nuevo equipo, sus llamados a la concordia y la unidad, las especulaciones sobre lo que habrán de hacer, ocuparán obsesivamente la agenda de los medios de comunicación y el espacio público. Sin embargo, es imprescindible que no olvidemos la manera en que llegaron hasta acá, luego de una campaña electoral infausta por el gasto exorbitante con cargo a nuestros impuestos y el lodo intercambiado entre los competidores (entre otros defectos). Tenemos que hacer algo para que nunca más se repita. Si abandonamos el tema ahora, volveremos a ser víctimas de este flagelo dentro de tres años.
Debemos exigir a los recién elegidos y a los partidos de oposición, la incorporación de cambios inmediatos a los códigos electorales y a la Constitución, antes de que se acerquen los siguientes comicios. La clase política no hará nada por sí misma. Para las maquinarias de persuasión (las empresas encuestadoras, los asesores de imagen, los medios de comunicación, los cuadros partidistas profesionales) las campañas largas y onerosas son un pingüe negocio. Los diputados no aceptarán reducir su número si no lo exige así la opinión pública.
Enumero rápidamente las principales objeciones que se han externado con motivo de este atribulado periodo electoral, con el ánimo de impulsar un cambio lo más rápidamente posible. 1. Las campañas deben acortarse. 2. Son excesivamente onerosas. 3. Tendrían que ser concurrentes, es decir evitar tantos procesos electorales a lo largo del territorio (los chiapanecos y tabasqueños todavía tendrán que soportar campañas de gobernador en lo que resta del año). 4. Debe regularse mejor la relación con los medios de comunicación. 5. Necesitamos campañas basadas en la exposición de propuestas y programas, y no en el intercambio de escándalos e insultos.
Mención aparte merece la composición de la Cámara de Diputados. Tenemos 300 distritos, pero 500 diputados. Sostenemos medio millar de legisladores para que voten en masa lo que deciden una docena de coordinadores y líderes. Absurdo; 200 diputados, los llamados plurinominales, constituyen un remanente anacrónico, herencia de otros tiempos. Fueron creados en los tiempos en los que el PRI ganaba con carro completo, como un mecanismo que permitía a los perdedores obtener una representación en el Congreso. Actualmente no sólo constituyen un lastre excesivo, sino también una distorsión al voto del ciudadano. Y por lo demás no representan a nadie. Son diputados elegidos por las burocracias de los partidos. Justamente por ello es que ni el Congreso ni los partidos políticos tomarán la iniciativa de reducir estas canonjías. Son doscientos plazas, aviadurías en cierta forma, que se reparten entre ellos cada tres años. Tendrá que ser la presión ciudadana la que impulse la creación de un Congreso más representativo, más ágil y menos dispendioso, y campañas electorales más eficientes.
Pero para ello tendremos que ir a votar primero. Y convertirnos en ciudadanos de tiempo completo, después. En esta ocasión 13 millones de jóvenes han alcanzado la edad para votar por vez primera en una elección presidencial. Ellos son los primeros mexicanos que con los años podrían convertirse en demócratas de tiempo completo, y no sólo demócratas de un día como lo somos ahora. Primero tenemos que llevarlos a votar.
La política es demasiado importante para dejarla exclusivamente en manos de los políticos que tenemos. No es que sean peores o mejores que en otras latitudes, simplemente es que han considerado durante mucho tiempo que la administración pública y en general la “cosa pública” es un patrimonio que pertenece a su gremio. Es tiempo de recuperar lo que pertenece a todos, aunque por desgracia nunca haya sido nuestro. Basta que nos convirtamos no sólo en votantes, aunque es imprescindible, sino también en ciudadanos activos y exigentes.
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