EL-SUR

Miércoles 26 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Democracia, nueva sociedad y hombre nuevo

Jesús Mendoza Zaragoza

Agosto 21, 2006

Allá por los años 60 y 70 del siglo pasado, con la insurgencia de movimientos populares de diversa índole, desde organizaciones estudiantiles hasta grupos guerrilleros, había un grande fervor por la transformación de la sociedad que impulsaba a quienes no aceptaban la situación de explotación y de injusticia generalizada. El marxismo era el pensamiento que inspiraba las luchas y las estrategias de transformación social y tenía una grande capacidad para convocar y para movilizar a mucha gente que aspiraba a cambiar las cosas.
Era, recordémoslo, el tiempo de la clandestinidad de los movimientos de izquierda, de la persecución y de la marginalidad de quienes se atrevían a actuar contra un sistema social autoritario y terriblemente opresor. Estábamos ante una izquierda que tenía mística vinculando el compromiso social y político con convicciones muy hondas e innegociables. Muchos mártires hubo que cayeron por luchar por aquello que creían. Perseguidos, torturados, desaparecidos y arrinconados en cárceles pagaban caro el precio de sus convicciones sociales. Eran tiempos de mucha coherencia y de militancias forjadas en la disciplina del cambio social.
Se hablaba mucho del hombre nuevo que surgiría de la nueva sociedad, pero que ya tendría que irse construyendo en la lucha diaria al lado de los oprimidos y explotados. Era una lucha colmada de espiritualidad, en la que se encontraba el sentido mismo de la vida y de donde surgía el valor y la fortaleza para resistir la dureza de la lucha en contextos autoritarios de persecución. Era muy común escuchar a quienes estaban en la oposición política, quienes hablaban de sus sueños, de sus ideales, de la nueva sociedad por la que valía dar la vida. Parecía que la adversidad alentaba el idealismo y la generosidad para trabajar a favor de los desposeídos.
Entonces no se hablaba mucho de democracia; se hablaba de transformación social, de revolución, que equivalía a socialismo. Había una ideología muy bien definida con capacidad de movilizar. Había banderas que ejercían fascinación entre la gente. Había utopías atractivas que inspiraban a muchos luchadores sociales a dar lo mejor de sí mismos. Si se hablaba de tomar el poder era para diseñar una estrategia de la creación de la nueva sociedad. Los movimientos populares apostaban a construir un pueblo que fuera forjador de su historia.
Podemos replicar ante esta visión de esos tiempos que estaban cargados de un romanticismo que ahora ya no tiene futuro, pues ahora tenemos que ser pragmáticos. Con la caída del socialismo real y con el derrumbe de las grandes ideologías y de las utopías, ¿qué nos ha quedado? Tal parece que se dio una desmovilización generalizada generada por el desconcierto de los acontecimientos. Con el derrumbe del socialismo real, el poder del capital –en su versión neoliberal– se ha envalentonado y nos ha hecho creer que las utopías son sólo eso: utopías sin ningún valor humano y social y que no nos podemos permitir más el extravío en ellas. La nueva sociedad no es posible, y mucho menos el hombre nuevo tan soñado por las juventudes de entonces. A lo que podemos aspirar es a acomodarnos dentro de lo que el sistema nos puede permitir para sobrevivir. O también nos podemos permitir luchar y conseguir espacios de poder.
Y aquí es donde parece que la izquierda de hoy se ha atorado. Ha caído en la trampa del poder por el poder y se ha alejado de las luchas diarias de la gente, sobre todo de los más desprotegidos. La lucha postelectoral puede ser muy legal e, incluso, legítima pero ha sucumbido ante la dinámica del poder. Esta es una grave debilidad, pues la resistencia civil, más que articularse a favor de demandas de la gente, de los pobres, se ha articulado en torno a la lucha partidaria por el poder. Una muestra: la izquierda partidaria, ocupadísima en sus asuntos electorales abandonó a los campesinos que se oponen a la construcción de La Parota en su demanda legítima de ser escuchados y ser respetados.
Hay que reconocerlo, los luchadores de izquierda del pasado no se parecen mucho a los políticos de izquierda de hoy, que han sucumbido al estilo tradicional de hacer política y se han enredado en los vericuetos de un sistema político que se resiste a una verdadera democracia. Me refiero a una democracia vinculada con la dignidad humana y con los derechos humanos, a una democracia con un sustancial sentido ético que le viene del amor y del servicio al pueblo. Hay que decirlo, tanto en las formas como en el fondo, los políticos de izquierda no se distinguen mucho de los de derecha o de centro. Todos gozan de la misma desconfianza de la gente.
Necesitamos hoy de una izquierda distinta, con la mística de los luchadores de ayer que eran consecuentes con lo que creían. Necesitamos una izquierda con un alto sentido de autocrítica, con ideales o causas ligadas con la vida diaria del pueblo, con más cabeza que intestinos para el debate, con mística e interioridad que faciliten superar las fobias al encuentro y al diálogo como actitudes democráticas, con una intensa aspiración a edificar hombres nuevos y capaces de forjar una nueva sociedad o, como ahora se le llama, una democracia incluyente y plural en la que todos cabemos con tal de respetar los derechos de los demás.