EL-SUR

Lunes 03 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Derecho a un cielo oscuro

Octavio Klimek Alcaraz

Noviembre 25, 2017

El pasado miércoles 22 de noviembre fue dado a conocer en la revista Science Advance, el trabajo de investigación que en su título lleva el resultado: La superficie iluminada artificialmente de la Tierrra está aumentado en resplandor y extensión (ver página: advances.sciencemag.org/content/3/11/e1701528.full).
Un grupo internacional de investigadores encabezados por el doctor Christopher Kyba del Centro de Geociencias de Potsdam, Alemania, utilizaron el primer radiómetro satelital calibrado diseñado para las luces nocturnas. Sus resultados indican que a partir de 2012 y 2016, el área artificialmente iluminada de nuestro planeta creció un 9.1 por ciento, que es un promedio de 2.2 por ciento de aumento por año. Incluso las áreas ya iluminadas eran más brillantes en un 2.2 por ciento por año. Sólo unas pocas áreas mostraron una disminución de la luz artificial, incluidos principalmente países devastados por la guerra como Siria y Yemen. En algunos países particularmente bien iluminados, como Italia, España y Estados Unidos, el nivel de iluminación se mantuvo bastante constante. Alemania muestra un pequeño aumento. Sobre todo los países de Asia, África y América del Sur emiten mucha más luz que hace cinco años, con algunas excepciones: la iluminación está aumentando particularmente con fuerza donde la contaminación lumínica no era un tema hasta hace poco y se daba por hecho un cielo oscuro.
Sin embargo, este hallazgo en sí mismo no es demasiado sorprendente: el aumento del consumo de luz eléctrica siempre ha sido un indicador del aumento de la riqueza y el crecimiento de la población desde su invención. Más bien, el hecho de que la transición a la iluminación basada en semiconductores parece no tener efecto inverso. Kyba y sus colegas encuentran que la tecnología LED ahorra energía, como cuando una ciudad cambia su alumbrado público de sodio a LED, pero sus datos indican que estos ahorros parecen compensarse con lámparas nuevas o más brillantes. Es un efecto boomerang clásico: la luz más barata no ahorra dinero, ya que con menos electricidad se puede proporcionar la misma cantidad de luz. Por ello, la gente instala más luces de este tipo para iluminar más espacio. Sucede también por ejemplo con autos de consumo eficiente, gasta uno menos gasolina pero al final lo usas más.
En el trabajo, se indica que el radiómetro satelital usado no es sensible en el rango de longitud de onda por debajo de 500 nanómetros, es decir, justo en el rango de luz azul, donde los LED de luz blanca emiten mucha radiación. La luz azul se dispersa más en la atmósfera y, por lo tanto, es particularmente responsable del llamado “brillo celeste” sobre ciudades y pueblos. Además, es probable que la luz azul sea particularmente perjudicial para los organismos de todo tipo. Sin embargo, los LED no son necesariamente sinónimos de luz blanca dañina. Se sabe que los LED tienen la capacidad de producir diferentes colores de luz. Las ciudades también pueden comprar bombillas LED que tienen su componente azul eliminado. Actualmente, sin embargo, los LED llamados PC Amber o True Amber se utilizan principalmente sólo en áreas cuyo cielo nocturno está bajo protección, por ejemplo, por razones astronómicas. En general se recomienda no utilizar lámparas con radiaciones inferiores a los 500 nanómetros (colores azules o ultravioletas). Las mejores opciones son el uso de lamparas que se dispersen poco en la atmósfera y contaminen muy poco el espectro electromagnético. Por ello, las lámparas ideales, son las de vapor de sodio de baja presión (VSBP), alta presión (VSAP) o el LED cálido con baja emisión azul.
Nosotros debemos comprender que la atmósfera es un bien común único para la vida que conocemos, respecto del cual todas las personas tienen el derecho de aprovechar y disfrutar, pero también la obligación de conservar. La protección de la atmósfera es una prioridad de la política ambiental, ya que protegerla de la contaminación es fundamental debido a los perjuicios para la salud humana, al ambiente y demás elementos de la naturaleza.
Las condiciones naturales de la atmósfera deben ser preservadas en lo posible. Por ello, el disfrute del cielo nocturno, que es parte del paisaje natural, como bien común e inmaterial debe ser protegido.
Los seres humanos somos diurnos por naturaleza, nuestros ojos fueron adecuados a convivir con la luz del sol. Sin embargo, el mundo de la noche oscura ha desaparecido de vastos espacios de la Tierra, debido a que los hemos llenado de luz artificial. A esta expansión desordenada de la luz nocturna artificial se le denomina “contaminación lumínica”.
En especial, la contaminación lumínica de la atmósfera hace que en la actualidad sea casi imposible localizar un sitio alejado de las ciudades en el que no se aprecie a simple vista la cúpula de luz de un espacio urbano sobre el horizonte. Así, la contaminación lumínica se ha convertido en un problema mundial que elimina la posibilidad de observar las estrellas. Además de ser una forma de despilfarro de energía, con impactos ambientales adversos al ambiente y a la salud humana.
Como observamos del trabajo de investigación citado al principio, la contaminación lumínica resulta de una mala planeación de la iluminación artificial, que permite durante la noche su brillo en intensidades, horarios y direcciones innecesarias.
En la actualidad, los requerimientos de calidad del cielo oscuro hacen que los lugares en el planeta que pueden considerarse idóneos sean un recurso escaso. Por ello, se busca preservar los denominados Paisajes de luz natural, que son áreas caracterizadas por la influencia luminosa del sol y los ciclos lunares, con aire limpio, y de manera esencial de cielos oscuros no perturbados por la luz artificial.
La contaminación lumínica ha causado un gran problema para la observación astronómica, imposibilitando la observación óptima del cielo nocturno hasta el punto de alterar la actividad de observatorios que, en su inicio se instalaron en zonas aisladas, pero cerca de ciudades que se han visto afectados de manera gradual desde principios del siglo XX. De hecho, la Unión Internacional Astronómica (IAU acrónimo en inglés), por medio de los grupos astronómicos de diversas partes del planeta, promueve que exista legislación relaciónada a combatir la contaminación lumínica en las zonas cercanas a sitios de observación astronónmica.
Su objetivo es el preservar la calidad astronómica de un observatorio, que está principalmente definida por las mejores condiciones atmosféricas, como es la transparencia de sus cielos y por el número de horas de observación útil al año.
Por otro lado, el conocimiento de las consecuencias ecológicas de la pérdida de calidad del cielo nocturno es todavía insuficiente. Desde una perspectiva evolutiva, la luz artificial ha sido un factor estresante por muy poco tiempo, y muchos organismos no han tenido tiempo suficiente para adaptarse: los ciclos de luz natural se alteran significativamente por la introducción de la luz artificial. Sin embargo, es conocido que la ocupación del territorio por los seres humanos causa necesariamente en la vida silvestre una mayor exposición al impacto adverso de la luz artificial. Se tiene información sobre los efectos originados en algunas especies migratorias que se guían por la luz de las estrellas o la desorientación en las tortugas marinas que las luces de las playas les propician. Se conocen perturbaciones por la reducción de la noche artificial en los ciclos biológicos de insectos nocturnos hasta del plancton marino.
Desde el punto de vista biológico, la luz artificial durante la noche es de tal magnitud, que desaparece la verdadera noche y oscuridad para la gente y otros seres vivos en sus actividades cotidianas. Esto necesariamente tiene consecuencias en la fisiología humana y animal. Así, la luz nocturna cuando es de suficiente intensidad y de la longitud de onda apropiada (azul), es convertida a una señal eléctrica que viaja al sistema nervioso central. La señal altera la función del reloj biológico y con ello la producción de melatonina en la glándula pineal. La melatonina, que se segrega fundamentalmente de forma exclusiva durante la noche, presenta una serie de importantes funciones que se pierden en el momento en el que existen exposición nocturna a la luz. Algunas de estas acciones incluyen la modulación del ciclo sueño/vigilia, la regulación de los ritmos circadianos, la sincronización, etc. Así, la reducción de la melatonina por luz durante la noche informa a muchos de nuestros órganos que es de día, cuando, de hecho, es de noche, por lo que reajustan su fisiología en concordancia. Esta información desvirtuada puede tener consecuencias más graves que simplemente una leve sensación de malestar.
Los cambios fisiológicos ocasionados por la contaminación lumínica pueden, a largo plazo, traducirse en procesos fisiopatológicos que contribuirían a la enfermedad. Se sabe que la práctica moderna de mantener nuestros cuerpos expuestos a la luz artificial nocturna incrementa el riesgo de cáncer, en especial de aquelllos cánceres (como el de mama y de próstata) que requieren de hormonas para desarrollarse.
Seguramente de todos los tipos de contaminación que se conocen, la lumínica es una de las más fáciles de resolver. Cambios simples en los diseños e instalaciones de alumbrado contribuyen de inmediato a reducir la cantidad que se dispersa a la atmósfera. También promover alternativas prácticas, como el desarrollo de fuentes lumínicas que excluyan las logitudes de onda específicas que inhiben la síntesis de melatonina, hasta la producción de gafas o lentes de contacto que filtren estas longitudes de onda, o la fabricación de pantallas para lámparas que reduzcan la luz que las traspasa. Ahora bien, toda innovación tecnológica no sólo debe cuidar el ahorro de energía, sino tambien cuidar de integrar la variable ambiental, en este caso relacionada a reducir la contaminación lumínica.
En conclusión, mientras una parte sustancial de la población no tome conciencia de los dañinos efectos colaterales de una iluminación nocturna cada vez más brillante y blanca, y exija el uso de mejores fuentes de luz, la transición a un mundo LED blanco brillante continuará y, por lo tanto, los ahorros potenciales no se aprovecharán, gastando de más en energía eléctrica y por tanto contribuyendo a emitir más gases de efecto invernadero causantes del cambio climático.