EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Derecho, justicia y caridad

Jesús Mendoza Zaragoza

Enero 05, 2004

 

 

Por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma,

si no se abre a la fuerza

más profunda que es el amor.

Juan Pablo II; 1 enero de 2004.

Estamos ante tres términos que, con frecuencia, se presentan en conflicto: el derecho, la justicia y la caridad, de manera que pareciera ser necesaria una opción a favor de uno de ellos. Pero cuando unimos estos tres términos en su relación con la paz, podemos percatarnos de su necesidad y de su complementariedad. En el año que ha terminado, 2003, asistimos al triste espectáculo de una guerra como todas las guerras, irracional y brutal en todo sentido y que puso en serio riesgo la paz mundial: dos locos al mando de sendos gobiernos, tejieron con tesón esta amenaza. En este caso, el primer problema que se hizo evidente fue el rompimiento del derecho. Ni el señor Sadam ni el señor Bush han tenido idea de lo que es el respeto a la ley como instrumento necesario para proteger la paz. Las normas y acuerdos internacionales resultaron seriamente lesionados al imponer decisiones de fuerza ilegales e ilícitas. Si la ley representa los límites que deben ser salvaguardados, resulta que al no ser respetados fueron invadidos los derechos de los demás.

El derecho es lo mínimo que ha de exigirse en orden a la justicia, pues está al servicio de ella y en ella encuentra su sentido y sus razones. Reglas, normas, acuerdos, leyes, todos ellos están en función de la justicia y han de ser comprendidos y asumidos desde ella y para ella. De otra manera, el derecho se retuerce y se utiliza para justificar y reforzar injusticias. Lo vemos en México cuando los grandes delincuentes, los de cuello blanco y los políticos, tienen la posibilidad de inmensos recursos legales para salir impunes, es que cuentan con el dinero suficiente para manipular el derecho de manera que se aparte de la justicia. La justicia, no obstante, sigue siendo un medio y no el fin en las relaciones sociales, ya que se encarga de proteger derechos y asegurar obligaciones.

En este contexto es que tiene su lugar la caridad. Y uso muy a propósito la palabra caridad que ha sido tan manoseada tantas veces para ocultar o disfrazar injusticias y hasta hipocresías. Es necesario recuperar su sentido más humano, comúnmente traducido como amor. En términos teológicos el Nuevo Testamento, y más en concreto, el apóstol Juan ha acuñado la expresión de que “Dios es amor” para definir la naturaleza más honda de la divinidad cristiana. Y el conocimiento de Dios no es ni doctrinal ni ritual ni legal, sino vital: “El que ama, conoce a Dios”. Es la charitas (en latín) el último sentido de todo lo humano y la inspiración de toda la actividad social. A veces, justicia y amor aparentan ser fuerzas antagónicas. Verdaderamente, no son más que las dos caras de una misma realidad, dos dimensiones de la existencia humana que deben completarse mutuamente. Lo confirma la experiencia histórica. Ésta enseña cómo, a menudo, la justicia no consigue liberarse del rencor, del odio e incluso de la crueldad. Por sí sola, la justicia no basta. Más aún, puede llegar a negarse a sí misma, si no se abre a la fuerza más profunda que es el amor.

En estos términos, la paz viene a ser el fruto maduro de un camino recorrido a partir del respeto al derecho y del aprecio de la legalidad abierta a la justicia, a su vez inspirada en el amor. Y la educación para la paz necesariamente tiene que ver con estos términos. Para comenzar, es necesario educar en el sentido de la legalidad y es lo mínimo que puede y debe hacerse en una educación auténtica, comenzando con el respeto a las leyes más cotidianas que regulan las relaciones entre particulares, con la sociedad y con las instituciones del Estado. En México estamos muy lejos de esta mentalidad de respeto a la legalidad, es más, hay como una competencia para ver quien infringe más leyes. Y sobre estas bases no hay paz que dure.

Y si hablamos de la relación entre la legalidad y la justicia las cosas no van mejor. Resulta que tenemos un país tremendamente injusto después de la presunta aplicación de leyes. Juicios por todas partes dejan severos daños a la justicia social y entre particulares. Si se violaron leyes ahora se trata de torcer otras leyes para salir bien librado, es el principio de corruptos, narcotraficantes, defraudadores, todos criminales con poder para pagar abogados, jueces y procuradores. El valor de la justicia no ha logrado introyectarse en la conciencia de autoridades y ciudadanos y sigue siendo una realidad tan manipulable a partir de conveniencias e intereses cerrados. El hambre y la sed de justicia no llega a inspirar la aplicación del derecho y la conducta cotidiana de la población.

Con relación al amor (charitas) hay que decir que hay demasiados equívocos que superar si queremos hablar de él de manera seria y responsable, porque a cualquier cosa se le llama amor, ya reduciendo, caricaturizando, mistificando, ideologizando o negando su auténtico sentido. Pero la experiencia humana nos dice que el amor construye personas y pueblos, el amor abre horizontes siempre nuevos al diálogo, al entendimiento y a la justicia, el amor humaniza la justicia y la aplicación del derecho manteniendo al ser humano como principio y fin de la sociedad y del Estado. El amor en sus versiones religiosa o secularizada puede dar paso a la paz                   como aspiración suprema de los seres humanos, cuando nos hace posible el trascendernos hacia los otros advirtiéndolos como parte de nosotros mismos. La justicia necesita alma, espíritu para no extraviarse y es el amor el que puede orientar hacia la paz tan ansiada por los pueblos de la tierra. Pero hay que aprenderlo día a día si queremos la paz.