EL-SUR

Sábado 26 de Noviembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Después del primer round

Saúl Escobar Toledo

Abril 25, 2018

El debate entre los candidatos a la Presidencia de la República, celebrado el domingo 22, confirmó la eliminación de los independientes Margarita Zavala y Jaime Rodríguez de la contienda; un casi seguro tercer lugar para Meade; y una final entre López Obrador y Ricardo Anaya con ventaja en estos momentos para AMLO.
El escogido del PRI parece haberse alejado del triunfo. Aparentemente, no hay manera de que logre despertar el entusiasmo. Se dedicó a atacar a quien encabeza las encuestas, pero no resultó creíble su distancia del partido que lo postula y del desastre provocado por el presidente Enrique Peña Nieto. Reconoció parte del estropicio, pero como si él no hubiera estado ahí o fuera un empleado encargado del más modesto trabajo. Uno entre miles, dijo, que trabajó alguna vez en la administración pública.
Así las cosas, la victoria del ex secretario de Hacienda requeriría una operación de Estado no sólo basada en el dinero y en la compra de votos sino también en una violencia inaudita. El resultado sería un gobierno tecnocrático que trataría de mantener el control político con base en la represión y la intervención constante del Ejército y la fuerza pública en las calles. Es probable que Meade pudiera ser capaz de seguir administrando la economía bajo un esquema de continuidad casi absoluta, pero desentendiéndose los problemas más sensibles, la violencia criminal y los abusos masivos a los derechos humanos que a diarios se cometen, asuntos que dejaría a cargo de un grupo de funcionarios y oficiales expertos en cubrir la impunidad de las mafias.
El panista, por su parte, quizás pueda subir algunos puntos, pero sigue arrastrando un serio problema: las dudas sobre su honestidad planteadas por la PGR y retomadas por el candidato oficialista. Sus propuestas fueron menos claras que los ataques a sus contrincantes del PRI y Morena. Su principal logro es haber consolidado un segundo lugar. Días antes, uno de sus asesores, Jorge Castañeda, sugirió la posibilidad de un pacto con el PRI. Esa intención no se vio reflejada el domingo y tiene una dificultad mayor: el reparto de posiciones en el Senado, la Cámara de Diputados y las gubernaturas en juego. Aunque está claro que sin el apoyo de Peña Nieto no se advierten muchas posibilidades de que pueda darle la vuelta a la elección, repetir la historia del 2006 parece mucho más difícil ante una distancia tan grande que lo separa del puntero. Aun así, es muy probable que la verdadera disputa a los ojos de los electores sea, en el tramo final, entre él y López Obrador.
Este último, por su parte, decidió utilizar como táctica, lo que en términos futbolísticos se ha llamado el catenaccio. Un esquema básicamente defensivo que decidió aplicar ante el esperado embate de todos sus rivales. AMLO tuvo un discurso sencillo y un tanto repetitivo que buscó evitar mayores daños. Quizás algunos de sus simpatizantes hubieran esperado más. Para seguir con la metáfora futbolista, sus contragolpes fueron muy esporádicos. El cierre, sin embargo, fue el mejor de todos porque apeló a una dimensión histórica, a la necesidad de creer en el cambio y no conformarse con lo que hay.
El candidato de Morena es sin duda y hasta el día de hoy el más probable ganador de las elecciones. Ha conquistado esta posición por diversas razones: su presencia como líder crítico de las tropelías y abusos de los gobernantes durante casi 20 años encarnando, más que sus rivales, la alternativa de una transformación real del país. Pero también porque, a diferencia de las experiencias anteriores, decidió ampliar sus alianzas con personajes y grupos que él mismo había colocado como parte de la mafia en el poder: el Partido Encuentro Social (PES), los dirigentes magisteriales gordillistas, y los acaudalados empresarios del norte y de medios de comunicación como TV Azteca y Televisa. Sin mencionar a figuras relevantes que pertenecieron a otros partidos políticos, particularmente el PAN, que aparecen en las listas para el Senado y la Cámara de Diputados y en las candidaturas de algunos gobiernos estatales. Adhesiones que sin duda se han producido por razones de conveniencia y no debido a afinidades políticas o ideológicas.
El pragmatismo de López Obrador puede resultar eficaz electoralmente, pero plantea problemas: uno de los más graves es la posible deserción de estos aliados convenencieros antes o después de las elecciones. Que ello suceda antes del 1º de julio se ve muy improbable pues depende de que Anaya se convierta en el plan B de los grupos políticos y económicos más poderosos. Pero una vez electo, la división será inevitable. Ello subiría la presión contra el nuevo Ejecutivo, incluso antes de la toma de posesión, con el objetivo de moderar o boicotear sus decisiones.
El tabasqueño sería, desde el primer momento en que se declarara su triunfo, un presidente asediado. Se le exigirían resultados inmediatos en materia de seguridad pública y de lucha contra la corrupción. Las élites empresariales amenazarán con fugar sus capitales y causar una devaluación para advertirle que ningún cambio en los temas sensibles que ellos mismos han planteado, se lleve a cabo. El señor Trump puede hacer más complicadas las negociaciones y acuerdos sobre los temas bilaterales y amagaría sin ambages a la nueva administración. Sus electores esperarán ansiosos que pase de las palabras a los hechos, y muchos grupos sociales reclamarán que el nuevo mandatario ponga fin a todos los agravios recibidos en las últimas décadas.
Adicionalmente, la derrota anunciada del candidato del PRI está agudizando los conflictos internos y al mismo tiempo una desbandada de la élite política en el poder tan grave que parece estarlos llevando a soltar las riendas de la gobernabilidad del país con el consecuente aumento de la violencia, el deterioro institucional (ya nadie se hace responsable de nada), y un pillaje sin control de los recursos públicos.
Otro ingrediente en el panorama político se observó el domingo 22. La presencia, como lo reportó oportunamente El Sur, de pequeños grupos con carteles y gritos en contra de López Obrador. ¿Quién los patrocina? Hay diversas hipótesis: Antorcha Campesina, dirigentes del PRD capitalino, algunos líderes del SUTGDF. O todos ellos. Su aparición puede ser un ominoso anuncio. Después de la derrota y despojados de toda identidad ideológica, algunos dirigentes locales perredistas se pueden dedicar al patrocinio de bandas abocadas a meter miedo, provocar violencia y confusión. Si hoy son utilizados para desprestigiar a los candidatos, mañana apuntarán a los gobernantes. Episodios similares parecen haberse repetido en diversas partes de la ciudad para sabotear los actos de la candidata a la Jefatura de Gobierno de Morena. ¿Se convertirá el PRD, o algunas de sus tribus, en camarillas dispersas, sin rumbo político ni atadura a algún proyecto nacional? ¿O estamos ante un asunto pasajero que puede ser controlado?
Ya lo veremos durante el resto de la campaña. Si este tipo de manifestaciones persiste, lo lógico será que se repetirán después de las elecciones, no tanto para obtener concesiones, sino para tratar de provocar un estado más o menos permanente de inestabilidad en la ciudad, pero buscando también afectar la presidencia de AMLO que entraría en funciones bajo condiciones difíciles, altas expectativas de cambio y compromisos con fuerzas disímiles.
Por lo pronto, el primer round ha terminado: el debate no fue decisivo, pero todavía faltan dos episodios más y sesenta días de campaña. Mientras tanto, la situación del país empeora.
Por ello, la sociedad civil debe prepararse. Promovamos y razonemos el voto y demos a conocer nuestras preferencias, hagamos campaña si estamos convencidos, pero no perdamos de vista que la participación social, más allá de los partidos, en sus diversas expresiones, tendría que convertirse en el factor decisivo para enfrentar las nuevas adversidades que surjan después del 1º de julio.

Twitter: #saulescoba