EL-SUR

Sábado 04 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

Día de la bandera

Anituy Rebolledo Ayerdi

Febrero 25, 2016

Vereda tropical

El Liberal, periódico editado por don Carlos E. Adame, encomia la ejecución de una obra de gran importancia para el puerto, tanto que significará el primer paso costero hacia Caleta. Habría estado a cargo del trabajo voluntario de los acapulqueños y de soldados al mando del general Rodolfo Sánchez Tapia. La brecha comunicaba a la playa de Manza-nillo a partir del barrio de El Rincón (La Playa), evitando el cruce montañoso a través del barrio de La Candelaria. Un paso muy trotado, por cierto, por llevar a los “cabareces”, “congales” o “burros” del momento.
Un camino cantado tiempo atrás por el compositor Gonzalo Curiel, con el nombre de Vereda tropical. Transitado por el músico jalisciense siempre acompañado por la misma bella dama, propietaria de una cinturita de avispa y caderas anforinas. Un día, la olvidadiza morena no llega a la cita y entonces el autor de Caminos de ayer, Incertidumbre y Temor reprochará: “Por qué se fue / tú la dejaste ir / Vereda tropical / hazla volver a mí / quiero besar su boca otra vez junto al mar…

La ruta 95

Doce automóviles procedentes de la ciudad de México y de Chilpancingo esperaron en Xaltianguis la apertura oficial de la ruta México-Acapulco. Tuvo lugar esta a la altura del kilómetro 402 y consistió en la voladura de una roca enorme taponando el camino. Dinamitada a control remoto desde el castillo de Chapultepec, por el presidente Plutarco Elías Calles.
Acá, en el sitio, el gobernador Héctor F. López, el alcalde de Acapulco, Manuel López López, el general Claudio Fox, jefe de operaciones militares de la entidad y también el general Héctor F. Berber, jefe de la guarnición local. Todos ellos firmaron la relatoría del suceso dejando asentado el agradecimiento del pueblo de Guerrero para el presidente Calles. Además, formularán votos porque la nueva ruta sirviera para dar a conocer al mundo las bellezas de Acapulco.

Los primeros autos

La circulación de vehículos fue abierta a eso de la 6 de la tarde, una vez retirados los escombros de la explosión. Aquellos 12 automóviles de marcas diversas serán los primeros en entrar a la ciudad. Ford- T, Buick, Oakland, Stutz, Oldsmobile y Hopmobile. Evento histórico aprovechado por las empresas automotoras para exaltar el poder de sus motores y los bajos consumos de combustible. La Ford presumía que su “T” gastaba apenas 17 litros por cada cien kilómetros.
La recepción en el puerto será jubilosa, pero no de restregarse los ojos. Y es que por sus calles ya circulaban autos de tiempo atrás, traídos por barco. Los chamacos, principalmente, admiran y tocan aquellas unidades surgiendo de inmediato la comparación con las marcas conocidas, todas en posesión de los ricos comerciantes españoles.
Una conclusión rápida será que las recién llegadas superaban con mucho a la marca Essex del automóvil propiedad de uno de los tantos señores Fernández. Objeto cotidiano, por cierto, de las burlas de la muchachillada por circular cuando mucho a diez kilómetros por hora, teniendo máquina, según el instructivo, para hacerlo a sesenta km/h. “Con ese paso de tortuga –reprochaban–, ni los perros persiguen al Essex”.

El Studebaker de Mariscal

Diez años atrás, siendo gobernador de Guerrero con asiento en Acapulco, el general atoyaquense Silvestre Mariscal se movía en su automóvil Studebaker, descapotable. Los faros eran de carburo y el arranque era manual porque tenía magneto y no conexión eléctrica. Circulaba por las calles del centro de la ciudad, llevando en su paseo vespertino a doña Elisa de Mariscal. El chofer era conocido simplemente como El Mudo de Mariscal.

Eduardo VIII

Los cañones del fuerte de San Diego permanecieron silentes aquel 9 de octubre de 1920. Ello no obstante que entraba a la bahía el acorazado MHS Renow, buque insignia de la Marina Real de la Gran Bretaña, al mando del príncipe Eduardo de Gales. Silencio comprensible, determinado por la ausencia de relaciones diplomática entre ambos países.
El futuro monarca, cuyo reinado no cumplirá el año por coscolino y simpatizante de Hitler, desembarcará solo hasta llegada la autorización del ministerio mexicano de Relaciones Exteriores. “El güerejo pasmado y sin chiste” (doña Tomasa Becerril, dixit), de 26 años, soltero y calentón, bajará a tierra luciendo el traje de gala de la armada de su país. Se sonrojará, no obstante, cuando atrevidas acapulqueñas le avienten prendas íntimas entonces de algodón con botón.
Por la tarde visitará Pie de la Cuesta para cazar patos y pichiches con una escopeta recién adquirida. Para darle color a su visita, el hijo de reyes es llevado a la fonda de doña Bocha Castrejón, en el mercado del Zócalo, donde se zampa un par de albóndigas de pollo. Las elogia como bocatto di cardinale y hasta se chupa los dedos (¡mi señor!, lo reprende su jefe de ceremonial). No obstante, dona Bocha le preguntará repetidamente “¿le gustaron, mi rey?”.
Durante todo el viaje de regreso a su país, el príncipe de Gales buscará sin encontrar una explicación racional al tratamiento de “mi rey” dado por aquella sencilla mujer mexicana. “¡Para servirle, mi rey”!.. “¡Gracias, mi rey”!… “¡Que le vaya bien, mi rey!”.
Cuando 16 años más tarde ascienda al trono de la Gran Bretaña Eduardo VIII, recordará su viaje a Acapulco. La ocasión en que una fondera acapulqueña –¿nigromante?–, le había visto su testa coronada. El monarca inglés no se enterará jamás que doña Bocha daba a todo mundo el tratamiento de “mi rey”. Incluso a Bencho, el tuerto, operador del carromato de la basura jalado por burros.

Hombres de los veinte

Don Carlos E. Adame destaca en las páginas de su periodiquito El Liberal la participación entusiasta de muchos avecindados en las tareas encaminadas al progreso de Acapulco. Los menciona uno a uno, sus orígenes, perfiles y trincheras.
* Isaías Acosta, bondadoso y excelente contador.
* Manuel Revilla, casado con Rosalía Pintos, hija del primer matrimonio del alcalde Antonio Pintos Sierra, hermana de Federico, Rafael y José. Fue contador-gerente de Alzuyeta y Cía.
* José Gómez Arroyo, médico militar llegado en 1918 con las fuerzas revolucionarias. Fue director del hospital civil Morelos y salvó la vida de Juan R. Escudero, victima de un primer atentado a tiros. Procreó varios hijos con diferentes esposas. Entre otros, Genoveva, Leonila, Carmen, Gloria y José.
* Pascual Aranaga, español que llegó al puerto como arriero y dirigirá más tarde una empresa comercial.
* Los hermanos Samuel, Ma-nuel y Félix Muñúzuri. Venidos de Guatemala se identificaron desde sus años mozos con la gente del puerto, formando honorables y numerosos familia acapulqueñas.
* Alejandro, Rosendo y Alberto Batani.
* Don Ramón y Jorge Córdova, compradores de pieles y armadores del tráfico de cabotaje.
* Los hermanos Sergio, Rogelio y Obdulio Fernández, dueños de la fábrica de jabón La Especial, establecida en el lejano barrio de Río Grande (hoy, de La Fábrica).
* Don Adolfo Argudín. Fundó y vivió en el hotel Miramar y fue gerente de la empresa Transportes Lacustres. Formó aquí una gran familia con doña Adela Alcaraz, procreando varios hijos: Alfonso (alcalde de Acapulco (1984-1986), Tere, Teyín, Chayo y El Güero.
* Los hermanos Hugo y Enrique Stephens, dedicados a la agricultura y la ganadería en el Plan de los Amates.
* Hermanos San Millán –Ma-ximino y Luciano–, dueños del cine Salón Rojo y de una cantina en el zócalo.
* José Flores, representante de la Casa Alzuyeta, Fernández, Quiroz y Cía. Dueña de las fábricas de hilados de El Ticuí, en Atoyac, y Aguas Blancas, en Co-yuca de Benítez.
* Manuel Tejado, un simpático y jacarandoso español que era gerente de la casa “Hermanos Fernández y Cía.” y que antes lo fue de “P. Uruñuela y Cía.”
* El español Arturo García Mier, propietario de la imprenta La Asturiana.
* Los señores Casís, don Guillermo Edwards, don Lorenzo Sánchez Morales, don Juan Manzanares y don Luis Long. Comerciantes muy queridos.

Un aviador extraviado

El aviador sale del puerto de Veracruz y se dirige a la ciudad de México pero el mal tiempo lo extravía de su ruta. Sin conocer su ubicación a causa de las nubes negras que lo envuelven todo, desciende en un “claro”. Se trata de un maizal al que destruye a su paso. Tiembla de pies a cabeza cuando al apagar el motor se percata de que esta rodeado por mucha gente. La presencia de niños alharaquientos le dice que no se trata de un linchamiento. Sonríe.
–¿Dónde estoy? –pregunta y una respuesta coral le hace saber: “¡en San Marcos, Guerrero!”.
Ya ubicado, el tripulante se presenta como Juan Ignacio Pombo Alonso, piloto español que realiza un viaje de aventura en un aparato propio. Se le ha bautizado con el nombre de Santander, ciudad natal de la que ha partido para cruzar el Atlántico y ejecutar un raid que había incluido ocho capitales sudamericanas. El puerto de Veracruz y la ciudad de México como meta final. Que cubría esta última etapa cuando el mal tiempo le hizo perder el rumbo. El calendario marca el 13 de septiembre de 1935.
–¿Acapulco? Claro que he escuchado de ese puerto, famoso por sus bellezas y su poderosa colonia española. ¡Si, llévenme allá, por favor. Me urge comunicarme con los míos que deben estar muy preocupados!
Aquí, Pombo Alonso es recibido por jubilosos paisanos enterados ya de sus hazañas aéreas. Lo agasajan con comida, bebida y canciones del terruño. Le proporcionan los medios para rescatar su avioneta Santander, dejada bajo la celosa custodia de niños sanmarqueños. Dos días más tarde, el 16 de septiembre, vuela finalmente a la ciudad capital para culminar su hazaña.

El periplo

Juan Ignacio Pombo vivirá en su periplo diversos incidentes como el ocurrido en Brasil, donde un mal aterrizaje casi acaba con el aparato. Una vez reparado, continúa el viaje para hacer escalas en Paramaribo, isla Trinidad, Maracaibo, Barranquilla, Bogotá y Panamá. En San José de Costa Rica sufre un ataque de apendicitis sometiéndose a una urgente intervención quirúrgica. Todavía convaleciente continúa su recorrido y tras hacer escalas en San Salvador, Guatemala y Veracruz, aterriza de emergencia en Acapulco (Wikipedia).
Para consumar su hazaña, Pombo Alonso voló una avioneta deportiva British Aircraft Tagle 2. Un monoplano de ala baja construido en madera contrachapada y dotada con un motor De Havilland Gipsy Major de 130 cv. Sufrirá modificaciones para cruzar el Atlántico y entre ellas la dotación de un depósito de gasolina con capacidad para 694 litros. Cubrirá una distancia de mil 800 kilómetros en dieciséis horas con 47 minutos. El piloto español obsequiará a México su avioneta Santander, agradecido del trato, apoyo y simpatías de los mexicanos. Juan Ignacio Pombo Alonso-Pesquera volverá a México en 1943 para radicar aquí.