Adán Ramírez Serret
Mayo 22, 2026
Diana Obando (Bogotá, 1987) en su novela Noche, noche, noche navega en aguas nebulosas en donde los sueños, el pasado, la ascendencia y el musgo se encuentran.
Portadora de una pluma privilegiada, envolvente y al mismo tiempo misteriosa, lleva a los lectores a través de un poderoso estilo que da la sensación de experimentar el placer de caminar a ciegas por las montañas de Colombia, por los páramos fríos y húmedos en donde sus personajes se pierden en la maleza, los sueños y mitos originarios.
La novela arranca con un epígrafe de la cosmología Kogui, un texto fundacional de la constitución del mundo que concluye así: “Tampoco existía la palabra, así que la Madre mandó que la gente hablara y la gente habló. Fue la primera vez que la gente habló. Pero como no tenían lenguaje todavía, iban y decían: Sai, sai, sai (noche, noche, noche)”.
Este arranque es mucho más original de lo que parece, pues a diferencia de literaturas como la mexicana, peruana o boliviana, la colombiana es exuberante y profundamente arraigada a su tierra, pero no tan consciente de las culturas originarias; por lo tanto, desde aquí, Diana Obando da un paso en donde comienza por un nuevo sendero en su literatura.
Decía que el lector cae en la seducción del embrujo y la montaña. Estamos ante tres personajes inmersos en diferentes circunstancias; por un lado, Tomás, el mayor, quien tomó la conflictiva decisión de hacer de su compañera sentimental a Sara, hija de sus mejores amigos y, por supuesto, mucho más joven que él.
Tomas vive enfrascado en el páramo en mundo de privilegio, pues tiene una propiedad inmensa en donde vive con la joven Sara y Vladimir, también joven, quien les ayuda con el trabajo duro del campo.
Tomás hace experimentos con las plantas, a partir de las posibles propiedades que puede extraer de ellas hasta que un día sufre un accidente y se lástima un dedo con mucha violencia. Se lo zafa y debe devolverlo a su lugar, lo ayudan de manera precaria, ponen de nuevo el dedo en su sitio, pero el dolor es insoportable, así que buscan darle algo que disminuya el dolor.
Vladimir, oriundo del lugar, le da unas yerbas para disminuir el dolor. Y, en efecto, lo ayudan y, además, traen la magia: sueños y más sueños; delirios un tanto conscientes en donde Tomás comienza a tomar saber que no son meras alucinaciones causadas por el dolor y los efectos de las yerbas, no; se da cuenta que son recuerdos que le contó su padre, pero hay algo más: son excesivamente vívidos y hay cosas que es imposible que le hubieran contado.
Comienza a anotar los sueños para no olvidarlos y con el paso de los días, a través de sus charlas con Sara y Vladimir, se percata que la yerba lo conectó con la cosmología Kogui, la cual descubría un sinfín de conocimientos en los sueños. No solamente transmisión de conocimientos del pasado, también visiones del futuro.
La novela con ese estilo talentoso, caudaloso y bello, oloroso a madera, frío y yerbas va incluyendo de manera gradual todo lo que sucede en esas montañas, en esos páramos: los primeros musgos que habitaron el lugar, esa migración milagrosa de las plantas del mar a la tierra; esos mitos que transmitían conocimientos de generación en generación habitando este mundo, esa Colombia en donde hay personas como Tomás y Sara que pueden escoger ser quienes quieran, estar allí, en ese páramo alejado del mundo a diferencia de Vladimir, que debe trabajar allí, cercanos en espacio, en cuerpos, en amistad, pero completamente lejanos en expectativas de vida, en presente, en obligaciones.
Noche, noche, noche es una novela en donde se conjuga la magia, la biología, los mitos y la realidad del páramo colombiano plagada de belleza, de yerbas, de sueños y noche, de mucha, abundante y tangible noche.
Diana Obando, Noche, noche, noche, Ciudad de México, Hachette, 2026. 166 páginas.