EL-SUR

Sábado 20 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

DIARIO DE VIAJE

Silvestre Pacheco León

Octubre 09, 2016

-II-

Montmatré

La mañana que visitamos Montmartré donde está la basílica dedicada al Sagrado Corazón de Jesús, el cielo estaba despejado y decenas de paseantes subían empeñosos los más de 200 escalones que llevan hasta la puerta de la iglesia donde dos nobles caballeros resguardan su entrada.
El acceso al espacio sagrado implicaba pasar por una revisión que obligaba a formarse en espera de turno, y mientras tanto, uno podía disfrutar del espectáculo que ofrecía un artista virtuoso del arpa tocando música sacra en el descanso de la mitad de las escalinatas, y también de las canciones interpretadas por dos artistas callejeros cuyo ritmo pegajoso entusiasmó tanto al público que a poco se convirtió en un baile casi generalizado, sin que nadie osara disolverlo bajo el argumento del recogimiento al que llama ese recinto religioso.
Después del recorrido admirando la magnificencia del templo del Sacré-Coeur donde la historia cuenta que fue decapitado el primer obispo de París (San Denis), y al parecer la única en la que se expone de manera perpetua el Sagrado sacramento, desde 1930, con gusto tomamos el descanso en la bohemia plaza de los pintores, lugar que se convierte en el escaparate más interesante para mirar y admirar la variada presencia de los cientos de visitantes.
Gente posando para hacerse el retrato del recuerdo, o mirando los cuadros de artistas locales que recrean la vida de París, o simplemente caminando mientras la mayoría descansa en las aceras de las calles convertidas en extensión de los restaurantes.
Un poco perdidos en ese barrio donde abundan las mansiones y edificios de lujo, Palmira y yo escudriñamos cada rincón para las fotos del recuerdo mientras buscamos la estación del metro, hasta que de pronto nos encontramos con el restaurante que anuncia comida africana, con el exótico nombre de Acapulco.
Como ya hemos decidido el paseo de la tarde, vamos en el metro directo al barrio Latino caminando los recovecos de sus llamativas heladerías, cafés y restaurantes.
Una fuente allá, otra acá, más adelante un parque y una banca desde la cual se mira y escucha el agua que sale a borbotones para caer graciosamente a los pies de la escultura de piedra.
Ya antes hemos pasado por la Sorbona y caminado sus calles aledañas donde el ambiente estudiantil contagia la vida del barrio.
Caminamos sin ceder a los deseos de nuestros pies cansados comparando a cada tramo si las flores que adornan los balcones que vemos delante sobrepasan en belleza a las que dejamos atrás.
Así llegamos hasta la galería de Catherine, a dos cuadras del río Sena, quien nos abre sus puertas como si nos hubiera estado esperando.
Su sonrisa nos atrae tanto como los libros en miniatura que ella misma confecciona. Son libros feministas donde veo a la Kolontay, a Rosa Luxemburgo y Clara Zetkin.
También tiene en su exhibidor los mini poemas que un tiempo estuvieron de moda.
Con Palmira y Catherine traducimos al español el haiku japonés que en pocos versos habla del hombre y su historia, que nace y crece como las plantas cuya semilla se desmenuza y esparce viajando como el viento, hasta caer nuevamente en la tierra, y así hasta la eternidad.
No nos ponemos de acuerdo si la palabra correcta en la traducción es esparcir, desmenuzar o volar como el viento, pero coincidimos en la creencia de que el poeta hacia referencia a que el hombre, o la mujer suelen tener la flexibilidad o la levedad de aprovechar el viento y dejarse llevar.
Catherine es una bella mujer de ochenta años que en sus juventud conoció México y luego Brasil, pero dice que recuerda más la lengua portuguesa que la española, nos confiesa con cierta pena.
Ya la tarde es dorada cuando descansamos en el puente saludando a los turistas que pasean en las barcazas por el río, luego repasamos con la vista la infinidad de candados prendidos a las rejas del puente que simbolizan el recuerdo de las parejas que en el lugar se desearon amor eterno.
Antes esos cientos o quizá miles de candados pendían del puente de fierro que está entre el museo de Orsay y la isla de San Luis, pero el peso de tanto metal lo hacían vulnerable, por eso es que el gobierno de la ciudad mandó mudar los barandales completos a un lugar más seguro, respetando el deseo de tantas parejas.

Al encuentro del mar

Tres días después de nuestra llegada, dejamos París para recorrer la Costa Azul, un poco en la idea de aclimatarnos con calma el frío clima que nos recibió. En Marsella nos espera Paul, nuestro amigo de hace cuatro años quien entonces nos conquistó con sus desayunos de variados panes y ricas mermeladas.
Nos vamos en un coche rentado, la decisión la tomamos cuando descubrimos que nos resulta igual de caro que pagar el tren y los taxis. El coche resulta mejor y más cómodo, aprovechamos más el tiempo y somos más autónomos en los desplazamiento.
Es un viaje de siete horas que resulta una novedad por la calidad y los servicios de la autopista donde la velocidad mínima es de 110 y la máxima de 130 kilómetros por hora.
Las estaciones de gasolina donde se anuncia el precio por litro de las diferentes marcas están cerca una de otra en todo el trayecto, y en ellas casi siempre hay una tienda y sanitarios, un restaurante, estacionamiento y lugares cómodos para descansar y comer.
Claro, el precio de la gasolina es alto, y en realidad la competencia entre las empresas que la surten siempre es a la alza, sin embargo ha sido en Francia e Italia donde el costo por litro va de 1.24 a 1.34 euros. El más caro sigue siendo el de Suiza y Holanda donde rebasa el 1.5 euros por litro.
Los servicios en las gasolineras y las casetas de peaje están a cargo de los usuarios que son quienes se despachan el combustible y pagan la cuota, casi todo con tarjeta.
Siete horas de viaje hacemos hasta el puerto de Marsella que me sorprende siempre por la cantidad de autos que hay estacionados en la ciudad ocupando hasta las banquetas.
Ahora han terminado el túnel que pasa por debajo del mar para cruzar de uno a otro lado la marina que está dentro de la ciudad, y la plaza luce menos congestionada para pasear.
Un techo monumental que refleja a los paseantes en su caminar y una rueda de la fortuna gigantesca que ilumina la plaza, conjugan el atractivo de los modernos y lujosos yates estacionados ahí.
Desde Marsella paseamos por Cannes, Niza y Mónaco, muchas de sus playas están llenas de gente, a pesar de que el agua de su mar está fría, quizá sea por eso que los baños son de sol y raras las personas que en realidad se meten al mar.
En uno de esos paseos conocemos a Pedro, un español que tercia en nuestra plática cuando reconoce que lo hacemos en su lengua.
Vino de Toledo en 1964 “cuando contrataban gente porque aquí había mucho trabajo” y se quedó a vivir, “aquí la gente es buena, alterada a veces conforme avanza el día, pero buena, así como los españoles”, dice en confianza.