EL-SUR

Martes 27 de Septiembre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Días de muertos

Ana Cecilia Terrazas

Octubre 30, 2021

En su sentido más y menos hondo, la separata entre la vida y la muerte es una creación producto de la gravedad –la fuerza por la que un planeta u otro cuerpo atrae objetos hacia su centro– en la Tierra. Es decir, el binomio espacio-tiempo y la percepción vital de los seres humanos en esta suerte de sándwich existencial, ha confinado lo uno y lo otro, polarizándolos cual si fuesen opuestos, antagónicos, antinatura. Esta división suele tener resultados psicosociales, anímicos, no siempre deseables ni para bien.
Si en el otro extremo del nacimiento de un ser humano se coloca a la muerte, sobra decir que en ese lugar se acomoda lo lúgubre, lo negro y lo oscuro.
Los remedios espirituales y religiosos para subsanar ese encarcelamiento temporal, pues son el diseño de la vida eterna o las vidas para siempre. Las culturas de antes de nuestra era solían entablar una relación con la muerte y todo su contexto desconocido, más bien de manera ideal, irreal y cifrada a partir de los parámetros terrestres, temporales, tangibles.
El Día de Muertos mexicano, a punta de folklorizarlo, estereotiparlo, filmarlo, compactarlo en dibujos animados y hacerlo desfile se ha convertido en una empresa turística y colorida, interesante, si bien alejada de los ritos y sentido de antaño que anhelaba poder volverse a echar unos tacos, unos tabacos y unos alcoholes, de fiesta, con los seres queridos ya fallecidos. Y aunque es muy encomiable el esfuerzo de las familias por recordar y revivir a la parentela muerta a partir de la objetualia, atravesar los duelos así, cada año, pudiera no lograrse nunca.
La vida mata y la muerte está forrada de misterio. No tenemos la menor señal en los parámetros de la gravedad terrestre, en este tiempo y espacio –aún, o hablando fuera del terreno de la fe– de cómo es la vida eterna o el “más allá”. Es lógico, estamos precisamente en ese “más acá” y este aquí y ahora se construye de materia, espacio, tiempo y seguramente de algo más que no se sabe todavía.
Dicen las y los tanatólogos con frecuencia, casi todos, que si la muerte fuera –así lo es, por cierto– abordada como parte integral de la vida, se aprendería mejor a aceptar esa transición misteriosa; a lidiar con ella de manera menos impactante, dolorosa, irremediable.
La recomendación suena sensata, aunque difícil, casi contracultural. La pérdida de la voz, compañía, tacto, olor o habla de nuestras y nuestros seres queridos nos orilla irrevocablemente a la frialdad tan característica de la muerte; es un alto total respecto de lo que antes era y ahora es otra cosa.
No obstante, hablar de la muerte, confrontarla, hacerla parte de la vida cotidiana, conversarla y platicarla, sin negar que puede estar a la vuelta de la esquina, nos impulsa irónicamente al gran goce del tiempo presente.
De esta forma, la paradoja de la vida mortal se evidencia y nos reclama sólo alegrarnos por la vida, por cada latido de corazón que tenemos porque, por lo pronto, eso vivo (inhalar, exhalar) nos es familiar, lo conocemos y lo podemos constatar con cada respiración.
Hasta aquí quedaría una suerte de reflexión plenamente viva del Día de Muertos tan nuestro y tan fridakahloizado salvo porque, en estos años recientes, tenemos inaceptables maquinarias de muertes no naturales –no parte lógica de la vida– y estamos llamadas y llamados a combatir: los feminicidios, la narcoviolencia, el crimen organizado o el desorganizado, las muertes por enfermedades curables o prevenibles con medicamentos, las muertes por contaminación o por fenómenos meteorológicos derivados de actividades no sustentables.
El mejor homenaje o celebración de la vida en esta época de Día de Muertos en México, con lo recientemente mencionado en mente, sería poder ponerle freno a estos decesos lamentables, saldos de una descomposición social, nacional, humana, real y bochornosa.
Como ráfaga no fácil de operar, pero esperanzadora, esas formas de morir se combaten tal vez con un desfile concreto de educación de calidad, avances científicos y difusión cultural, vacunas, campañas, prevención, mejor salud, combate a las comorbilidades de la población; mayor seguridad, menos corrupción e impunidad, más sensibilización cívica-cultural. Nada sencillo, pero tentador como para convocar a una gran resistencia nacional en contra de todas esas muertes evitables, ¿no?

@anterrazas