EL-SUR

Jueves 11 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

Diciembre

Silvestre Pacheco León

Diciembre 24, 2018

Con la enorme pena por la tragedia del incendio provocado en uno de los cerros más poblados de Zihuatanejo.

Desde el primer día de diciembre en mi pueblo el ritmo de la vida se acelera. Muchos se levantan antes del canto de los gallos, porque desde las cuatro de la mañana las familias se encaminan hasta la capilla del Tepeyac, como le llaman a la loma que antes quedaba en las afueras del pueblo, para formar parte en el festejo de la Virgen de Guadalupe. Allí inician su peregrinación hasta las puertas del templo católico en la plaza municipal.
Los protagonistas de esta fiesta religiosa son los niños y niñas que para ese fin visten el atuendo de los indígenas, calzón y cotón de manta, ayate y sombrero los niños, (a semejanza de Juan Diego, ahora hecho santo), y blusa con falda, (huacal en la espalda), trenzas y moños coloridos las niñas. Así rememoran el suceso milagroso de la época Colonial que narra la religión católica y que se conoce como la Aparición de la Virgen María, allá en el Cerro del Tepeyac, donde hoy existe la basílica de Guadalupe en la ciudad de México.
La fiesta de mi pueblo en honor de la Virgen María comienza desde el primer día del mes. Cuando amanece ya se escucharon Las Mañanitas y los cohetes que detonan a rabiar para despertar hasta el más pesado sueño. En las tardes se repite el mismo ritual que los allegados a la iglesia le llaman Las Tardecitas. Así son de repetitivos los días hasta el 12 de diciembre en el que culmina la festividad.
Éste año la fiesta contó con la representación tradicional de Los Moros, la danza que más recuerdos y carga de nostalgia trae para todos los habitantes de la cabecera que viven y nacieron después de la década de los cuarenta y hasta los años setenta del siglo pasado.
El teatro popular de esta danza copiado del antiguo modelo catequizador de los conquistadores estuvo a cargo de la familia León Sánchez que organiza y ensaya a los danzantes en una tradición hecha costumbre (o al revés) que mi tío José León heredó de mi abuelo Juventino, quien se echó a cuestas esa tarea desde hace ya 70 años, como una manera de honrar a la Virgen organizando la danza de la que ellos sufragan el gasto principal y las familias de los danzantes el resto.
La representación completa de la danza de los Moros que narra episodios de la guerra de las Cruzadas, poniendo en relevancia los milagros de la Virgen María para favorecer el triunfo de los Cristianos, dura dos noches, y aunque cada vez son menos los espectadores con la paciencia requerida para acompañar a los actores en toda su representación, la fe con la cual se organiza la fiesta es digna de reconocimiento, máxime que en éste año, un poco después de concluida la fiesta, mi tío ha sufrido un pre infarto que lo tiene en una situación delicada de salud.
Diciembre es un mes de frío, y siempre ha sido así, aunque antes nada se sabía de que las bajas temperaturas y a veces las lluvias atípicas en éste tiempo fueran provocadas por los frentes fríos que provocan los vientos. Lo cierto es que el rigor del clima se hace sentir más en las mañanas, cuando aparecen los primeros rayos del sol sobre la tierra.
Desde la otra orilla del río donde vivo, después del ajetreo de Las Mañanitas que a todos despiertan, se escucha el torrente del agua de la presa que llega a través del canal y cae por la compuerta, corriendo después por la acequia para el riego de la parcela vecina, recién sembrada de maíz y frijol.
El olor de la tierra mojada me trae el recuerdo de los tiempos de siembra, de la yunta y el trabajo del barbecho y surcado, trabajos con los que daba inicio el portento de la siembra y luego los primeros riegos que son los más difíciles, porque con la tierra revuelta por el arado y reseca y requemada por el sol, el agua corriente tiene serias dificultades para abrirse paso entre los terrones (nosotros les llamamos terromotes) si los surcos carecen de la pendiente adecuada para con el avance del agua rodada sin el riesgo del colapso.
Después, a medida que la frecuencia de los riegos facilitaba el libre tránsito del agua por los surcos para regar las plantas del cultivo, uno podía “tenderla” en varios surcos a la vez, con apenas un hilo de agua humedeciendo a conciencia la tierra, entonces uno podía acostarse confiado en el carril a contemplar las figuras formadas por las nubes en el cielo, o irse a bañar con los amigos al río, sin el temor de que el agua corriente pudiera provocar una inundación con la consabida “reventazón” de surcos.
Todo eso recuerdo en este tiempo de baja temperatura que contrasta con el color de incendio que tienen los escasos sembradíos de Jamaica cuyas flores rojas podríamos decir que son también de Navidad, más endémicas de nuestra región que las Pascuas taxqueñas.
Y ya que andamos por el campo, cómo no asociar al último mes del año el cambio de follaje en los escasos árboles de higueras amarillas ficus Petilaris ( en otro artículo escribí equivocadamente su nombre científico) que en toda la Cañada ahora lucen completamente desnudos.
Mientras el día avanza y el clima se torna cálido hasta hacer apetecible un baño en las frescas aguas del río Azul cuyo nacimiento en borbollones sigue siendo un milagro de la naturaleza que uno puede disfrutar junto a cientos de visitantes que ríen de felicidad.
El último mes del año se alarga más allá de los treinta días normales porque la fiesta de Virreyes, llamada así porque comienza con el aniversario de la Virgen María y termina con el Día de Reyes, es la escogida para los casamientos, bautizos y las fiestas de quince años, y toda clase de festejos en provecho del tiempo en el que llegan de vacaciones las familias que han salido a radicar en otras partes.
En todas las casas las fiestas son cotidianas porque después de la festividad de la Virgen siguen las posadas, previas al Nacimiento del Niño Dios el día 24, celebrado más allá de los católicos con la tradicional Cena de Navidad donde todos brindan por la felicidad.
Pero enmedio de todas las fiestas la gente sigue muriéndose, como sucede desde el principio de los tiempos y ahora, además de las campanadas en dobles, se avisa en los altoparlantes que murió fulano de tal y la familia del deudo invita a la “velada” del funeral, a la misa y luego al entierro cuyo ritual se extiende hasta los nueve días después del deceso, y terminado el último rezo celebrado con atole y tamales, se “Levanta la Cruz” que los familiares llevarán hasta el panteón para enterrarla frente a la tumba.
Lo nuevo en el año que termina es el espíritu del cambio social que ha inundado el ambiente decembrino, esperado como un milagro que con el esfuerzo de todos se ha hecho realidad.