Ángel Aguirre Rivero
Marzo 13, 2026
Las relaciones humanas siempre han estado expuestas a tensiones, malentendidos y emociones intensas. La política, la vida pública y la vida privada comparten esa condición profundamente humana: están hechas de encuentros, desacuerdos, reconciliaciones y, en ocasiones, de separaciones inevitables.
Pero en los últimos años ha surgido un fenómeno que está transformando la forma en que se viven –y también se rompen– muchas relaciones de pareja: la presencia permanente de las redes sociales en la vida cotidiana.
Hace apenas dos décadas, las discusiones de pareja quedaban dentro del espacio íntimo del hogar. Hoy vivimos en una época en la que la vida privada está cada vez más expuesta a la mirada pública. Las redes sociales se han metido literalmente hasta la cocina de las relaciones afectivas, cambiando la manera en que las personas se comunican, se relacionan… y también se distancian.
Diversos estudios señalan que al menos uno de cada dos mexicanos considera que las redes sociales influyen de alguna manera en los divorcios. No es un dato menor. En muchos casos, la infidelidad –que siempre ha existido– encuentra ahora nuevas rutas en el mundo digital.
Un reencuentro con un viejo amor, una conversación privada que comienza con aparente inocencia o la facilidad de mantener contacto permanente con otras personas pueden convertirse en detonantes de conflictos que antes quizá no habrían ocurrido con la misma intensidad.
Pero el problema no se limita únicamente a la posibilidad de una infidelidad.
Las redes sociales tienen una característica poderosa: amplifican las emociones. Lo que antes era una discusión privada hoy puede convertirse en un espectáculo público. Un comentario impulsivo, un “like” mal interpretado, una fotografía fuera de contexto o un mensaje descubierto en el teléfono pueden despertar sospechas, celos o resentimientos que terminan rompiendo la confianza.
Y cuando la confianza se rompe, la relación suele entrar en una pendiente difícil de detener.
Incluso en el ámbito legal las redes sociales han comenzado a tener un peso cada vez mayor. En Estados Unidos, por ejemplo, abogados especializados en divorcios señalan que una cantidad creciente de casos incluye evidencia obtenida en plataformas como Facebook o Instagram, así como conversaciones digitales. Fotografías, mensajes o publicaciones que parecían triviales terminan presentándose como pruebas dentro de procesos judiciales.
En otras palabras, lo que publicamos en internet no se queda en internet. Puede tener consecuencias reales en la vida personal, familiar e incluso legal.
Por eso, cada vez más especialistas recomiendan algo que parece sencillo, pero que en estos tiempos resulta sorprendentemente difícil: practicar la prudencia digital. Durante una crisis de pareja –y especialmente en medio de un proceso de separación– lo más sensato suele ser tomar distancia de las redes sociales, evitar publicar desde el enojo o la frustración, cuidar la privacidad y recordar que muchas veces hay hijos de por medio.
Los hijos, tarde o temprano, terminan viendo lo que los adultos escriben.
La exposición pública del conflicto rara vez ayuda a resolverlo. Por el contrario, suele profundizar las heridas y cerrar los caminos del diálogo.
Conviene decirlo con claridad: las redes sociales no destruyen por sí solas una relación. Ninguna plataforma tiene ese poder. Pero sí pueden convertirse en gasolina sobre un incendio que ya estaba encendido.
Vivimos en un mundo hiperconectado, donde la tecnología ha transformado la forma en que trabajamos, nos informamos y nos comunicamos. El desafío para las parejas modernas quizá sea aprender a cuidar su relación también en ese nuevo terreno digital, entendiendo que no todo lo que se siente debe publicarse y que no todo lo que ocurre en la vida privada necesita convertirse en contenido público.
En tiempos de exposición permanente, preservar la intimidad también es una forma de cuidar el amor.
La vida es así…
Del anecdotario
Con el llamado Plan B anunciado el día de ayer por la presidenta Claudia Sheinbaum, se busca poner fin a varios privilegios que aún persisten en congresos locales y cabildos municipales.
Hace poco, conversando con un amigo, me hacía notar algo que resulta difícil de explicar a los ciudadanos: que un diputado local en Guerrero puede llegar a ganar más que un legislador federal. Y un regidor de Acapulco, sumando recursos para gestoría, montos destinados a obra pública y otras prestaciones, puede alcanzar ingresos superiores a los 200 mil pesos mensuales.
La iniciativa presidencial busca justamente revisar estos excesos. Entre otras medidas, plantea reducir el número de legisladores locales y también el número de regidores en los ayuntamientos del país.
Se calcula que estas modificaciones podrían generar un ahorro cercano a 4 mil millones de pesos, recursos que podrían destinarse a obras y programas en beneficio directo de los estados y municipios.
Si ese objetivo se cumple, será una decisión que muchos ciudadanos verán con buenos ojos.
Enhorabuena por una iniciativa que, sin duda, abrirá un debate necesario en el país.
La política es así…