EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿Dónde está la punta del hilo?

Jesús Mendoza Zaragoza

Febrero 20, 2017

Enrique Peña o Donald Trump, el gobierno mexicano o el estadunidense. ¿Cuál de los dos es el mayor escollo que amenaza a México? Esta discusión se ha abierto camino en las últimas semanas. Y se ha intensificado a propósito de las marchas de la semana pasada. Hay un abanico de posiciones ante este asunto, que me parece de trascendental importancia para el presente y el futuro del país.
Primero, el gasolinazo desencadena un descontento nacional que se expresó en centenares de movilizaciones a lo largo y ancho del país. El gobierno actual, y con él la clase política en bloque, ha llegado a excesos en su manera de abordar asuntos económicos y políticos que están afectando a la mayoría de la población. Las movilizaciones contra el gasolinazo llegaron al umbral de una crisis política de consecuencias imprevisibles.
Después llegó el señor Trump al escenario con su retahíla de amenazas contra México. Y la furia que se estaba enfocando contra Peña se fue redireccionando hacia Trump. Tal pareciera que a Peña lo salvó la campana. Ahora el escenario nacional se ha complicado: en lo interno, tenemos una situación económica y política que puede ser explosiva, en la que gran parte de la sociedad rechaza al actual gobierno y donde un sector significativo ya está pidiendo la salida del presidente de la República. Y en lo externo, tenemos a un gobierno enloquecido en el país del norte, que no tiene ni el sentido común que se necesita para la sana convivencia internacional y que está afectando a nuestro país de una manera sustancial. Y para rematar, nuestro gobierno se ha mostrado tímido, titubeante y complaciente ante el señor Trump.
Así las cosas, los ciudadanos nos sentimos afectados por Peña y por Trump. Lo que están haciendo ambos tiene y tendrá repercusiones negativas para el país. ¿Cómo pensar el futuro de México en este contexto en el que se cruzan y mezclan amenazas internas y externas? ¿Dónde está la punta del hilo que ayude a ir buscando una salida digna para los mexicanos? ¿Cómo atender la emergencia que se asoma como consecuencia de las amenazas del gobierno norteamericano y de la tibieza y el extravío de nuestro gobierno? Estas son preguntas que necesitamos atender y responder si queremos asumir una actitud responsable desde la sociedad civil.
Mi percepción es la siguiente. Trump, con su demente poder, nos está dando la oportunidad de reconocer las debilidades y las fortalezas de nuestro país. Con sus bravatas nos está arrinconando para que reconozcamos lo que realmente somos: nuestra identidad, nuestros valores, nuestros vicios, nuestras inercias, nuestras debilidades. Esto es importante. Tenemos que reconocer lo que somos, nuestras debilidades y nuestras potencialidades. Tenemos que hacernos responsables de nosotros mismos evitando cualquier victimización. Mirarnos como víctimas, que sólo reparten culpas e improperios, nos hace daño. Ciertamente, como país, hemos sufrido abusos de otros más poderosos. Pero también somos responsables de lo que nos está pasando. Tenemos a un Trump que no tiene noción de lo que es la humanidad y solamente piensa en la grandeza de su país y de sus negocios. Pero también tenemos a un país hecho pedazos por la violencia y la desigualdad. Y de esa parte nosotros somos los grandes responsables.
Somos responsables de haber permitido el desarrollo de una clase política nefasta y abusiva, corrupta y sin escrúpulos. Hemos permitido la persistencia de un sistema político corrupto que se recicla periódicamente y le chupa la sangre al país. Hemos permitido una partidocracia impúdica y narcisista que ha perdido la vergüenza y el sentido del honor. Hemos permitido gobiernos que no nos representan. Hoy por hoy, no nos sentimos representados por Peña ante Trump, ese es nuestro problema. Hemos permitido niveles altísimos de corrupción, que se ha vuelto la madre de tantos flagelos que dañan al país, tales como la delincuencia organizada, la pobreza extrema y otros más.
Tenemos un Estado frágil y vulnerable, si no es que fallido, que no protege a los débiles, no garantiza el bienestar a las mayorías, cobija a los poderes fácticos y no respeta la ley ni los derechos humanos. Tenemos instituciones públicas que no nos representan ya, tales como los congresos, tanto el federal como los estatales, los municipios y los partidos políticos. Tenemos una elite política llena de privilegios y de fueros, abusiva y convenenciera. ¿Qué clase de país resulta de esta situación? Un verdadero divorcio entre los gobiernos y el pueblo. Esta es una grave debilidad que no nos permite hacerle frente a las amenazas que vienen del exterior.
Por ello, nuestro primer gran desafío es reconstruir al país. Esto incluye la responsabilización de la sociedad y el saneamiento del gobierno. Requerimos una sociedad fuerte, capaz de controlar a sus gobiernos. Un sociedad plural y dinámica que largue el conformismo y la victimización como condición para sentirse representada por sus gobiernos. Así podemos hablar de unidad nacional, como condición para afrontar retos externos como los que ahora nos está lanzando el demente de la Casa Blanca. La unidad nacional no se va a dar manteniendo la corrupción sistémica de la clase política.
Cierto. Hay que gritarle a Trump que no estamos de acuerdo con el muro ni con la violación de los derechos de los migrantes, ni con su racismo y su xenofobia. Pero si no atendemos a la reconstrucción de nuestro país, éstos serán puros pataleos. Hay que dar la batalla interna, haciéndonos más solidarios, evitando toda colaboración con la corrupción, largando la indiferencia, en fin, poniendo toda el alma al servicio de la patria.
¿Dónde está, pues, la punta del hilo? Hay que arreglar la casa para resistirle al vecino peleonero que tenemos en el Norte. Hay que hacernos responsables del país, de sus víctimas, de sus heridas, de sus dolencias. Y sí, podemos hacerlo porque en nuestro pasado hemos salido de situaciones críticas. Recordemos el evento de la expropiación petrolera. En esa ocasión se dio una unidad nacional alrededor del presidente Lázaro Cárdenas. Pero él tenía la confianza del pueblo. Y nuestro gran problema hoy es que el actual gobierno no la tiene. No obstante, el desafío está ahí.