Florencio Salazar
Marzo 07, 2025
Ser vecinos de Estados Unidos es como dormir con un elefante, cualquiera de sus movimientos nos pone a temblar. Pierre Trudeau.
La migración es el movimiento fundacional de Estados Unidos y causa del crecimiento hispano. La población latina ocupa ya el segundo lugar (19.5 por ciento), después de la anglosajona; solo la mexicana, en el 2022, aportó al PIB 2.06 billones de dólares. (Latino Donor Colaborative, 25-01-25). Desde siempre, Estados Unidos ha sido considerado un lugar de oportunidades.
Las raíces de la población mexicana en Estados Unidos son sólidas. “Alrededor de 110 mil mexicanos –señala Patricia Galeana– quedaron en territorio estadunidense”, cuando México perdió 2.5 millones de kilómetros cuadrados por la invasión de 1846. La migración mexicana es impulsada también por una fuerza histórica, además del deseo de mejorar en lo económico y social. Por sobre cualquier argumento, la migración es como la humedad.
El presidente Donald Trump se ha impuesto la misión de fortalecer a su país como primera potencia mundial. Un día con otro sorprende con sus declaraciones: incorporar a Canadá a la Unión Americana, apoderarse de Groenlandia y de la franja de Gaza, recuperar el Canal de Panamá, incrementar aranceles a las naciones vecinas y calificar de terroristas a los cárteles de la droga.
A pesar de la extradición de 29 capos de alto nivel, no se evitó el tirón muscular provocando nerviosismo en las inversiones y en la industria exportadora. Es evidente la omisión de una estrategia oportuna por parte de México, puesto que el tema de los aranceles fue propuesta de campaña de Donald Trump.
México se encuentra entre la distancia del vecino estratégico y la pérdida de influencia en Centroamérica. Con Estados Unidos se debe evitar la confrontación y procurar nuevos acuerdos, actuando con pragmatismo. Respecto a las siete naciones del istmo, en unas no podemos y en otra no debemos. No podemos con El Salvador, puesto que el presidente Bukele tiene contacto directo con la Casa Blanca; nuestra intervención en Panamá, ante la crisis por el Canal, no sería de peso y quizá ni deseable; y Guatemala mantiene su recelo histórico por la incorporación de Chiapas. Estrechar relaciones con la dictadura de Nicaragua sería tóxico. El saldo en la influencia regional es modesto y dudoso: Belice, Honduras y Costa Rica. Sin embargo, además de la razones sociales, políticas y culturales, las inversiones mexicanas en Centroamérica exigen el diálogo constructivo y permanente.
Esperar que la Casa Blanca rectifique la visión que tiene de nuestro país sería utópico. Necesitamos de una política exterior activa, negociadora y firme para sostenernos como socios comerciales sin subordinación. A ninguna de las dos naciones conviene exacerbar la situación económica con su consiguiente conflicto social. Fronteras seguras necesitan políticas de mutuo interés y entendimiento, en las que se preserven nuestros derechos de nación soberana y de los connacionales en Estados Unidos.
Los desafíos son muchos y exigen de habilidad política para enfrentarlos. Es indispensable aprovechar la experiencia del cuerpo diplomático y de los negociadores de tratados comerciales; convenir políticas de seguridad eficientes; lograr un amplio consenso empresarial y de la clase trabajadora. Nuestros principales intereses están del lado de Estados Unidos.
La unidad en torno a los intereses de México debe estar por encima de preferencias partidistas y ello no congenia con la polarización nacional.