EL-SUR

Sábado 01 de Octubre de 2022

Guerrero, México

Opinión

Dos en uno

Héctor Manuel Popoca Boone

Enero 02, 2021

 

Pandemia. Dado el repunte en el crecimiento de contagios y decesos por Covid-19, hay una tendencia a la saturación en algunos centros hospitalarios en Guerrero. Si esto sigue así, mucha gente contagiada no podrá acceder a hospitales para su tratamiento médico por falta de espacio, camas y equipos en áreas destinadas a tal finalidad. Será en el hogar donde desarrollándose estarán muchos de los contagios, desde los síntomas iniciales hasta las etapas de gravedad, sin asistencia médica alguna y con carencia de medicamentos indispensables y de limpieza, en tratándose de familias en situación de fuerte pobreza.
El sentido común impone que el gobierno estatal y los municipales doten a esas familias desvalidas de: A) Un manual, didáctico y básico, de tratamiento sanitario inicial para casos leves y moderados; B) Un botiquín, con lo mínimo indispensable de artículos (mascarillas desechables, gel antiviral, desinfectantes, termómetro, etc.; C) Medicinas elementales (desinflamatorias, contra la tos, antidiarreicas, …) y D) La herbolaria de salud correspondiente, para digerir o hacer infusiones.
Dicho botiquín básico no tiene un costo superior a los mil pesos. ¡Y no me digan que no hay recursos económicos para eso! Si en Acapulco, por ejemplo, los 50.3 millones de pesos que se asignaron a la construcción de un paso vehicular elevado, no esencial por el momento, se trasfirieran a un programa de dotaciones de botiquines familiares contra el Covid-19, tendríamos la posibilidad de prevenir contagios y decesos en 50 mil 300 hogares de pobreza extrema. Todo es cuestión de saber gobernar bien en condiciones de alta emergencia sanitaria y olvidarse del “Año de Hidalgo”.
Por otra parte, en lo que respecta a la contienda electoral, anoche soñé que un gran movimiento social estatal, iniciado desde abajo, se había sacudido del actual sistema político corrupto, anquilosado y mafioso que padecemos; y, además, me otorgaba el triunfo en la lid electoral. Para tal fin, repasaba con avidez el discurso inaugural del actual mandatario estatal, para remarcar en mi mente aquello que debía de rescatar, preservar y fortalecer, por su vigencia permanente.
Dentro de esa tesitura, estaba yo consciente que, en los tiempos difíciles por los que estamos atravesando, no pueden formularse falsariamente las líneas de acción gubernamentales, de frente a una amplia crisis, iniciada por la pandemia y reforzada por los vicios, intereses grupales y deshonestidades individuales en la forma de gobernar; agravada por una apática ciudadanía, domesticada y enajenada.
El actual gobernador resaltaba que la sociedad “ha perdido la confianza en sus autoridades: por la falta de justicia que se corrompe, por la desigualdad social que se acentúa, por la pobreza que crece, por la impunidad que aflora día con día; por lo cual, también, ha perdido la fe y la credibilidad en los políticos”. Lástima que, a cinco años de haberlo expresado, sigamos en las mismas.
También señaló en ese discurso que los gobernantes tenían una autoridad moral mermada o extraviada por completo debido a que han puesto la ley al mejor postor, aplicándola cínicamente en forma torcida. Sin ambages, dio a conocer la creación de una fiscalía anticorrupción, inscrita dentro del Sistema Estatal Anticorrupción. Lamentablemente, a la fecha, dicha fiscalía especializada no ha fincado responsabilidad alguna, a ningún servidor público por actos de corrupción. Así mismo, estableció el compromiso de que su gobierno iba a ser “pulcro, honesto y transparente” en el manejo del dinero y se comprometía a gastarlo íntegramente en beneficio de la población. Definió como política perversa el gobernar a través del uso corrupto del dinero y de su reparto interesado.
Lo más importante de esa narrativa fue su compromiso de iniciar una nueva gesta para erradicar la desigualdad, la pobreza, el hambre, al analfabetismo y el retraso histórico. Hacer todo, dijo, para que volviera a Guerrero la tranquilidad, la paz, la justicia, el empleo y el crecimiento. Convocó a todos, sin excepción, a la construcción de un nuevo pacto social, “porque Guerrero nos necesita a todos”. No se olvidó de señalar que el pueblo quiere “respuestas prontas, eficaces y eficientes.” Su consigna principal gubernamental: “Orden y paz” quedó malograda y en el olvido.
En eso estaba, cuando sonó el reloj despertador; no sabiendo si había sido un sueño de ilusión o de desilusión, ante una cruda realidad imperante.

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