EL-SUR

Lunes 24 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

Economía, política y fraternidad

Jesús Mendoza Zaragoza

Octubre 19, 2020

Junto a la tumba de San Francisco de Asís, el papa Francisco firmó la reciente Carta Encíclica Fratelli tutti sobre la fraternidad y la amistad social que, junto con la anterior, Laudato sí del año 2015, sobre el cuidado de la Creación, condensan su pensamiento social. La ecología integral y la fraternidad global son dos polos que sirven a Francisco para tratar una diversidad de temas relevantes de este tiempo con una visión de futuro. Hay que decir que está latente la inspiración franciscana del fratello de Asís en ambas cartas, quien hablaba con toda propiedad de la hermana agua y de la hermana luna.
El anhelo de armonía universal con el cosmos y con la humanidad están latentes en este pensamiento y en la visión de la vida que ofrece. Hay una conexión en el origen de todo; una íntima conexión entre todas las cosas creadas, una conexión entre el ser humano y el cosmos, y entre cada ser humano y toda la humanidad; una conexión entre todos los pueblos y todas las naciones, que es anterior a todas las rupturas, enfrentamientos y conflictos latentes y patentes. “Todo está conectado”, todo tiene su sentido en el conjunto, el todo es anterior a las partes, es un principio que permea el pensamiento de Francisco, propuesto tanto a católicos como a toda persona de buena voluntad.
La pandemia del Covid 19 ha dado lugar a un punto de inflexión que obliga a repensar la vida en todas sus dimensiones, como condición para plantearla de manera diferente. Es necesario examinar los paradigmas que han servido para las relaciones humanas y aún para las relaciones globales. Hay que revisar la política, la educación y, sobre todo, la economía. Hay que tomarle el pulso a una “civilización” marcada por el individualismo, el consumismo y por graves rupturas ambientales, económicas y políticas. Al respecto, señala Francisco que “más allá de las diversas respuestas que dieron los distintos países, se evidenció la incapacidad de actuar conjuntamente. A pesar de estar hiperconectados, existía una fragmentación que volvía más difícil resolver los problemas que nos afectan a todos. Si alguien cree que sólo se trataba de hacer funcionar mejor lo que ya hacíamos, o que el único mensaje es que debemos mejorar los sistemas y las reglas ya existentes, está negando la realidad”. (Fratelli tutti, 7).
Ante un mundo fragmentado, que se va derrumbando a pedazos, Francisco propone “pensar y gestar un mundo abierto” tomando como punto de convergencia una antropología de vínculos, de relaciones, de comunión y de fraternidad. Hay que abandonar la autorreferencialidad en todos los niveles, desde el de las personas, los grupos, los pueblos y las naciones. Hay que abrir los mundos cerrados para construir el “nosotros”, aún en el ámbito global. En este sentido, ante los nacionalismos y regionalismos cerrados, afirma Francisco que “nadie madura ni alcanza su plenitud aislándose (…) el amor reclama una creciente apertura”. (n. 95). Para resolver los problemas globales, como las migraciones o el calentamiento global no es suficiente comprendernos como socios, sino comprendernos como hermanos. De esa manera las relaciones entre pueblos y naciones tienen el matiz del cuidado de los más frágiles. No bastan las relaciones de equidad para afrontar los complejos problemas globales: hay que transitar hacia la fraternidad.
Si las migraciones se han convertido hoy en un fenómeno global, se requiere una nueva comprensión de las fronteras nacionales para acoger, proteger, promover e integrar a quienes escapan de graves crisis humanitarias y, además, se necesita una visión de este fenómeno más que como un peligro, como una oportunidad para todos y para un intercambio de bienes culturales y espirituales. Por otra parte, hay que mirar la tensión entre el desarrollo global y el desarrollo local en términos de fraternidad y de enriquecimiento humano. El gran desafío está en abrir el corazón al mundo entero, en cuanto que nos sintamos ciudadanos del mundo y reconocemos que el bien del pueblo más lejano va a redundar en el bien de todos los demás.
Urge, en este sentido, un cambio de paradigma en la economía. Al respecto, señala Francisco que “la fragilidad de los sistemas mundiales frente a las pandemias ha evidenciado que no todo se resuelve con la libertad de mercado y que, además de rehabilitar una sana política que no esté sometida al dictado de las finanzas, tenemos que volver a llevar la dignidad humana al centro y que sobre ese pilar se construyan las estructuras sociales alternativas que necesitamos”. (n. 168). La libertad del mercado no puede seguir siendo el motor de la nueva normalidad si no queremos más fracasos globales y locales. En cambio, poner al centro la dignidad humana y el proyecto abierto de fraternidad, abre nuevas posibilidades para todos.
Aquí es donde tiene su lugar la política, la “sana política”, para distanciarla de los criterios economicistas, tanto en sus formas liberales como populistas. La política, referida siempre al pueblo, como categoría siempre abierta, que si bien prioriza a quienes viven en condiciones de vulnerabilidad, integra a todos los que se reconozcan y actúen como parte. Con firmeza, señala Francisco que “la política no debe someterse a la economía y esta no debe someterse a los dictámenes y al paradigma eficientista de la tecnocracia. Aunque haya que rechazar el mal uso del poder, la corrupción, la falta de respeto a las leyes y la ineficiencia, no se puede justificar una economía sin política, que sería incapaz de propiciar otra lógica que rija los diversos aspectos de la crisis actual. Al contrario, necesitamos una política que piense con visión amplia, y que lleve adelante un replanteo integral, incorporando en un diálogo interdisciplinario los diversos aspectos de la crisis. Pienso en una sana política, capaz de reformar las instituciones, coordinarlas y dotarlas de mejores prácticas, que permitan superar presiones e inercias viciosas. No se puede pedir esto a la economía, ni se puede aceptar que esta asuma el poder real del Estado”. (n. 177).
Y asumiendo una evidencia muy generalizada en el funcionamiento de la economía dominante, Francisco afirma de manera categórica que “el mercado solo no resuelve todo, aunque otra vez nos quieran hacer creer este dogma de fe neoliberal. Se trata de un pensamiento pobre, repetitivo, que propone siempre las mismas recetas frente a cualquier desafío que se presente. El neoliberalismo se reproduce a sí mismo sin más, acudiendo al mágico “derrame” o “goteo” –sin nombrarlo– como único camino para resolver los problemas sociales. No se advierte que el supuesto derrame no resuelve la inequidad, que es fuente de nuevas formas de violencia que amenazan el tejido social. Por una parte, es imperiosa una política económica activa orientada a promover una economía que favorezca la diversidad productiva y la creatividad empresarial. (n. 168).
En este contexto, Francisco llama la atención hacia los movimientos populares, que gestan diversas formas de economía popular y de producción comunitaria, que requieren de espacios de participación social, política y económica. Se refiere a ellos como un torrente de energía moral que surge de los excluidos, como “poetas sociales” (n. 169), que hacen posible que los pobres se conviertan en sujetos de su propio desarrollo.
La Carta Encíclica incluye otros temas, como el diálogo social, la construcción de una nueva cultura; la arquitectura de la paz sustentada en la verdad, el perdón y la memoria; la guerra y la pena de muerte; y la contribución de las religiones para la fraternidad en el mundo. El enfoque de estos temas, desde luego, está en el anhelo de fraternidad que sigue latiendo en el mundo.
En el corazón del documento, Francisco coloca lo que, a mi juicio, quiere proponer como el paradigma que sustituya al individualismo dominante. Toma una parábola inventada por Jesús para explicar quién es el prójimo, donde el Buen Samaritano (Lucas 10, 25-37) representa la figura de la compasión y de la misericordia. ¿Acaso estas actitudes espirituales pueden tener una relevancia en la política y en la economía? Esa es la cuestión. Porque estas se han desarrollado a partir del individualismo dominante no dan lugar a relaciones globales de equidad, de justicia y de paz. La economía dominante mata y la política se lo permite y hasta lo justifica. Salir de los espacios de confort para apoyar a quienes vivan situaciones de fragilidad, es la actitud que se requería para superar la pandemia de manera inmediata. Pero los cálculos económicos y los nacionalismos cerrados lo han impedido.
¿Que el amor social es una utopía? Claro que lo es, en el mejor sentido de la palabra. Es una visión del futuro que detona las energías que necesitamos para mejorar todos, todos los países, todas las regiones, todos los pueblos, todas las comunidades, todas las familias y todas las personas. Sin exclusión alguna aún cuando los más frágiles sigan siendo los más prioritarios y aún, cuando haya resistencias y oposiciones de los detractores. La fraternidad sigue y seguirá siendo una utopía permanente, a la vez que ya es un hecho en tantos espacios comunitarios y sociales. Es la fraternidad social la que nos puede abrir caminos hacia un futuro mejor para todos.