Eugenio Fernández Vázquez
Agosto 27, 2017
Hace tiempo que la desigualdad en el mundo no hace más que crecer. Sin ir más lejos, el 1 por ciento más rico del mundo es dueño de más riqueza que el resto del planeta, y hay ocho hombres en la Tierra que solitos juntan más riqueza que la mitad más pobre que comparte con ellos el globo. Esto es lo que revela un reporte de la organización británica Oxfam, preparado por Deborah Hardoon. En los últimos años, sin embargo, hay una novedad: los dueños de casi todo en el orbe ya no vienen sólo del mundo desarrollado. Según un artículo académico que acaba de aparecer, casi la cuarta parte de los más ricos del mundo vienen de países pobres o de ingresos medios, y se comportan como una clase aparte.
El artículo, publicado este verano en la revista World Development, se titula ¿Quiénes son el 1% de hasta arriba? y está firmado por Sudhir Anan, investigador en las universidades de Oxford y Harvard, y Paul Segal, del King’s College de Londres y de la London School of Economics. Usando distintos indicadores, que van desde la asistencia al Foro Económico Mundial, que cada año reúne a los ricos y poderosos en Davos, Suiza, hasta quiénes tienen el mayor poder adquisitivo en el planeta, muestra la conformación de esa élite de élites y de dónde vienen sus integrantes.
Lo que Anan y Segal encontraron es que el mundo ya no se divide entre norte y sur globales, o entre centro y periferia. Más bien, poco a poco se ha ido alterando el reparto de la riqueza y ha empezado a crearse una clase global de superricos que controlan empresas y recursos financieros que operan tanto en el mundo en desarrollo como en los países con mejores niveles de vida.
A diferencia de las clases medias o de los pobres, los más ricos del mundo “se encuentran e interactúan los unos con los otros a través de las fronteras nacionales”; se reúnen frecuentemente para llegar a acuerdos, comerciar y trabajar, y comparten redes sociales y referencias culturales. Además, estos ricos riquísimos compran cada vez más propiedades fuera de sus lugares de origen, principalmente en los grandes centros económicos internacionales (Londres, Nueva York, Shangai) “y estudian en países ricos, adquiriendo capacidades, un lenguaje compartido (generalmente el inglés) y, muy probablemente, al menos algunos elementos de una cultura compartida y unas actitudes comunes”.
Las consecuencias de este fenómeno están lejos de ser positivas. Anan y Segal sugieren que los intereses y preferencias de estos superricos globales se alinean más con los de su clase que con los de su país o los de otros colectivos. “Los intereses de una mujer ejecutiva, por ejemplo, se alinean más con los de los accionistas de su firma que con los de cualquier mujer trabajadora a la que emplee. De igual forma, los ciudadanos de los países en desarrollo que llegan a la élite de élites pueden hallarse aún más alienados que sus propios compatriotas”, sostienen.
Es decir, la deslocalización o globalización de las vidas de los superricos hace aún más radical el desapego que sentían hacia las consecuencias locales, concretas, de sus acciones, haciendo que se sientan cada vez menos responsables de lo que puedan hacer sus empresas. Si a Carlos Slim, por ejemplo, no le importaba mucho el impacto tan negativo que ha tenido en México la estructura tarifaria de su cuasi-monopolio telefónico, y a Germán Larrea le daba lo mismo arruinar para todo lo que le quede de existencia el río Sonora tras el derrame de lixiviados de una de sus minas, podemos esperar que la situación se agrave.
Pero no es irremediable. Sí se puede impedir que el poder y la riqueza sigan concentrándose en unas cuantas manos. La salida pasa, como propone un cuerpo cada vez mayor de economistas, por fortalecer la capacidad del Estado para regular la economía e imponer políticas que favorezcan un mejor reparto de la riqueza. Para ello, es fundamental combatir la corrupción, abatir la impunidad y mejorar la capacidad del Estado para actuar, mejorando también normas y leyes que no necesariamente están hechas con la eficiencia económica y la igualdad en mente.
Propuestas hay para todas las preferencias. Para quienes no gustan de los subsidios directos tipo programas de Sedesol, está la propuesta de fortalecer capacidades productivas y empresariales entre los menos favorecidos. Para quienes ven el verdadero problema en el desmedido peso que tiene el capital financiero en el mundo, está la propuesta de una tasa Tobin de apoyo a los ciudadanos —un impuesto a las transacciones financieras para dar estabilidad a los mercados y obtener recursos a invertir en desarrollo. Para quienes consideran que lo importante es el marco legal e institucional en el que se mueve la economía, está la propuesta de regular más y mejor los mercados.
Ideas para combatir la desigualdad no han faltado. Lo que falta es el valor y la entereza entre los gobernantes para adoptarlas, para echarlas a andar con seriedad, para centrarse en resultados y no en componendas. Se trata, a fin de cuentas, de combatir un fenómeno que no beneficia a casi nadie –apenas al 1 por ciento de la población.