Silvestre Pacheco León
Septiembre 15, 2025
Un 15 de septiembre recuerdo que la lluvia en mi pueblo fue torrencial y la creciente del río memorable. Desde la orilla veíamos el espectáculo de la fuerza de la corriente arrastrando árboles y animales.
El rumor del río crecido y su enorme caudal de agua que llevaba era como el respiro de un animal mitológico. Era increíble el ruido de las piedras al rodar que la corriente arrastraba chocando unas con otras.
Los enormes tumbos formados por tanta agua me causaban fascinación y terror, con el embeleso del vértigo que te marea y puedes caer.
La creciente del río era parte de la fiesta en el pueblo. La gente se juntaba en las bocacalles para mirar el espectáculo de la corriente impetuosa y para ser testigo de cualquier incidente relacionado con la crecida del río, como las personas que se atrevían a cruzar sin mirar las consecuencias, hasta quienes llegaban a salvar del ahogo a algún animal con una lazada.
De orilla a orilla nos veíamos y saludábamos los amigos como si hubiera pasado mucho tiempo sin vernos, ellos del lado del pueblo y nosotros en la colonia Españita, aislados por la creciente que a veces solía tardar días para poder cruzar el río.
Pero el 16 de septiembre amaneció limpio el cielo y alumbrando el sol, todo el ambiente propicio para el desfile escolar recordando que nos convertimos en un país libre gracias a quienes siguieron al cura Miguel Hidalgo al grito de ¡A coger gachupines!
Era curioso el festejo de las fiestas patrias en mi niñez porque después del desfile se realizaba el simulacro de la guerra de conquista. No sé por qué los días de conmemoración eran de ese modo, porque el Grito de Independencia fue casi 300 años después de la conquista. Pero en mi tierra, sin ocuparnos entonces de esas imprecisiones de las fechas, lo que nos urgía durante la ceremonia del desfile era escuchar la voz de “romper filas” para correr cada quien buscando en las calles al bando que nos simpatizara.
Cada bando tenía su reina, la India y la Española, las dos montadas a caballo, seguidas de su séquito y sus partidarios. La Española con elegante traje y silla de montar su caballo, seguida por un grupo numeroso de jinetes.
La India como en las películas del Oeste, montaba a pelo y sus seguidores andaban todos a pie, vestidos con tapa rabos, pintarrajeados de la cara y con penachos de plumas comunicándose con un caracol, mientras los hombres de a caballo lo hacían con un cuerno.
En las batallas cada bando trataba de “avanzar” la reina al otro y ahí se producía la escaramuza. Los indios intrépidos trataban de derribar a los jinetes, para lo cual saltaban ágilmente a las ancas de sus caballos y trataban de derribar a su jinete, mientras que los españoles lo hacían a lazadas contra los indios, y cuando lograban atrapar alguno, lo llevaban arrastrando por la calle.
Así pasábamos el día y al final se hacía recuento de los daños y de los prisioneros para deducir cual de los dos bandos había ganado.
Así era en nuestro pueblo el festejo patrio de que enfrentó a los conquistadores españoles con los aztecas o mexicas. La conquista y el desfile eran como La guerra y la paz, recordando a la novela de León Tolstoi.
Cuento de memoria lo que recuerdo de esos días en Quechultenango para reflexionar sobre la realidad que viven los pueblos originarios en toda América, dueños de tierras, minas y bosques y luego despojados de todo por la codicia que no parece tener límites, por eso, como decía el escritor uruguayo Eduardo Galeano, en vez de recordarla como el Encuentro de dos Mundos, debería ser la celebración de la resistencia indígena contra el conquistador que le quitó, además de sus riquezas, su propia religión, haciendo que se avergonzaran hasta de su lengua.
En mi pueblo aquella tragedia que trajo la conquista tampoco terminó porque en nuestra sociedad siguió prevaleciendo la conducta y el pensamiento de los conquistadores. Por ejemplo, ahora que en la cabecera se asientan pueblos completos cuyos ancestros fueron desalojados, todavía se encuentran expresiones de malestar y de miedo porque ahora “son los indios los que mandan”.
Pero aún está lejos de cambiar su situación porque debido al acoso contra su cultura y a las agresiones físicas todos los pueblos, amuzgos, tlapanecos, mixtecos y nahuas huyeron a las regiones inhóspitas de donde salen solo por necesidad buscando empleo para su sobrevivencia, siempre viviendo en la periferia ocupando los peores y mal pagados empleos, sin derechos laborales y vejados permanentemente.
De manera peyorativa a sus pueblos se les llama cuadrillas y como ofensa y menosprecio se les dice cuadrilleros.
La gente se ríe burlonamente de los indígenas cuando no hablan bien el español sin pensar en que ellos para entenderse con nosotros tienen que dejar a un lado su lengua, porque generalmente son bilingües y nosotros apenas trabajosamente somos monolingües.
Las ciudades con sus modernos edificios fueron construidas por ellos que murieron sin tener un cuarto digno para sus familias, a pesar de su trabajo arduo pero mal pagado.
No sé si también en Acapulco, pero en Zihuatanejo en las décadas 80 y 90 del siglo pasado, durante la época de mayor bonanza económica, llegaban cientos de indígenas de la Montaña para emplearse como peones de albañil y era común que los días de raya a los policías municipales se les dejaran manos libres para cobrar su salario asaltándolos a la salida de la obra donde les pagaban.
-No sabía cómo hacían los policías para reconocernos, me decía un amuzgo, hasta que me di cuenta de que nosotros nos delatamos porque cuando vamos por la calle caminamos uno detrás del otro, baboseando los edificios, me repetía con candor.
Toda la historia de la industria de la construcción y de los llamados polos de desarrollo está llena de injusticias. Y frente a esa realidad que aún no ha terminado muchos se preguntan cuál es el secreto de su resistencia.
A pesar que desde 1994, convertidos en fuerza militar en el EZLN nos echaron en cara el olvido de su existencia vivimos dándoles la espalda. Y es que desde la conquista los pueblos originarios han vivido en resistencia, porque todos los sucesivos gobiernos, salvo excepciones como en el tiempo del cardenismo, todos han actuado como los conquistadores y en Guerrero donde son el 15 por ciento de la población han tenido que enfrentar la más detestable conducta de los gobernantes
En su artículo publicado en este periódico el fin de semana, el activista Guillermo Álvarez Nicanor nos recuerda la represión, sin causa ni motivo, que sufrieron cuando festejaban el tercer aniversario de su organización Movimiento 500 años de Resistencia Indígena.
Él mantiene fresca la memoria y nos cuenta cómo una manifestación pacífica de alrededor de 200 indígenas fue brutalmente reprimida por la policía comandada por el militar Manuel Moreno con la policía montada y la antimotines provistos de picanas, macanas y chicharras eléctricas.
Esperaban la llegada de mil, pero la policía los detuvo en Zumpango y Petaquillas, gracias a eso no hubo más que 49 lesionados y uno al borde de la muerte según consta en el informe de la comisión de derechos humanos.
Era el año de 1994, el mismo del levantamiento zapatista, y contra esa gente inerme el cacique gobernante de entonces, Rubén Figueroa Alcocer, se ensaño y ensayó lo que al año siguiente fue la represión contra los campesinos de Aguas Blancas y luego la de El Charco.
Esa fue la era represiva de los gobierno del PRI, y por eso cualquier acción del actual gobierno a favor de los pueblos originarios, aunque es poca para reparar tanto daño de tantos años, merece un aplauso y reconocimiento esperando que sea la 4T quien les haga justicia.