EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El Acapulco de antes III

Anituy Rebolledo Ayerdi

Diciembre 18, 2025

Los Pozos del Rey

Los pozos llamados del Rey fueron abiertos en Acapulco por órdenes del virrey de la Nueva España, para cubrir las necesidades de la población y abastecer a la navegación. Se exaltaba con tal denominación la magnanimidad del monarca español para con sus súbditos del otro lado del mar.
Uno de tales pozos del rey se localizó en la plaza principal del puerto (hoy Juan Álvarez) y hasta él bajaban todos los días las hermosas acapulqueñas para llenar sus cántaros de barro. Los cargaban con gran donaire para colocarlos en testa, asentados sobre un rodete de tela llamado yagual. Un espectáculo inolvidable, principalmente para los pubertos, cuando el líquido se derramaba sobre aquellas blusas ajustadas.
Un pozo más se localizó en Petaquillas, para surtir al personal militar allí acantonado. Ello no obstante que la fortaleza tenía su propio venero. Se habla de otros pozos del Rey en la hoy península de Las Playas

Pozo de la Nación

Muchos años más tarde, en 1890, el gobernador de Guerrero, don Juan Álvarez, pone en servicio un pozo de agua que satisfará las necesidades de los moradores de un céntrico barrio citadino. Al entregarlo, en ceremonia popular, la memoria del mandatario recordará algo que lo hará proclamar:
“¡Este pozo no es de ningún pinche rey, este es y será un pozo de la nación… o sea… de ustedes!”.
Y Pozo de la Nación se llamó desde entonces el barrio habitado por acapulqueños trabajadores, alegres y solidarios.

La Roqueta, leprosería

Apenas asume el virreinato de la Nueva España en sustitución del popular don Luis de Velasco, el obispo de la Ciudad de México, fray Francisco García Guerra, manifiesta su preocupación por las noticias procedentes de Acapulco, relacionadas con el aumento de los casos de lepra.
Dispone, en consecuencia, mayores controles para los viajeros procedentes de Filipinas, así como la instalación de una leprosería en la isla de El Grifo, como se llamaba La Roqueta. Una operación que deberá encargarse exclusivamente a indígenas, por ser estos, se decía, inmunes al contagio. Las arriesgadas operaciones entre el puerto y la isla se realizarán usando una vieja barcaza, cuyo muelle se instala en la alejada playa de Icacos, por así exigirlo la atemorizada población.

El doctor Butrón

El doctor Antonio Butrón Díaz, estudioso de los trabajos de sus colegas Rafael Lucio e Ignacio Alvarado, describiendo la variedad de la enfermedad conocida como Leprae lepromatosa difusa, invierte recursos propios para instalar una leprosería en la isla de La Roqueta, macizo que ha pasado por los nombres De los Chinos, por haber sido habitada sólo por chinos enfermos del mal de San Lázaro y Saint Josef.
La leprosería del doctor Butrón fue inaugurada en 1886 por el alcalde de Acapulco, don Antonio Pintos Sierra. Los enfermos usaban catres de lona cubiertos con pabellones y usaban el agua de un arroyo natural.
En un relato que hizo ese día el cronista Liquidano, se habló de personas con llagas pestilentes a quienes se les caía en pedazos la carne de las mejillas, la punta de la nariz y las falanges de manos y pies.
Un cuarto de siglo más tarde estalla la Revolución en Acapulco y la población de La Roqueta huye ante el mortal abandono en el que quedan. El movimiento marcará la desaparición en México de tales establecimientos, se dijo, por inútiles, costosos y estigma-tizantes.

Hospital Civil

El doctor Butrón Díaz, cubano gallego, se ganará el respeto, gratitud y cariño de los acapulqueños por su generosidad y filantropía. Será proclamado alcalde de Acapulco hasta en tres ocasiones y en la tercera construirá en el cerro de Las Iguanas el histórico Hospital Civil Morelos

Callejón del Piquete

No hay acuerdo ente los cronistas de la ciudad y puerto sobre el nombre del Callejón del Piquete, hoy calle Francisco I. Madero, a un lado de la Catedral, vía en la que es necesario acometer varios escalones si se quiere salir a la calle Lerdo de Tejada.
No hay acuerdo, decimos, sobre si el nombre le venía a la ruta por la proliferación de animales ponzoñosos, picando inmisericordes a los peatones o bien por la presencia constante de asaltantes, haciendo lo mismo con afilados verduguillos, e incluso una tercera razón, no citada aquí para no corromper oídos castos.
Lo único cierto es que la perdurabilidad de tal callejón obedeció a que en él vio la luz primera el maestro José Agustín Ramírez Altamirano (11 de julio de 1903), el más grande creador musical de Guerrero, hijo de José Ramírez Pérez y Apolonia Altamirano Victoria.

Fuerte de Casamata

Anterior al de San Diego, el Fuerte de Casamata se construyó para defender al puerto de una piratería devastadora. Se localizaba en el cerro de El Herrador, sitio preciso del edificio que hoy ocupa la presidencia municipal de Acapulco. Monumento histórico arrasado en el siglo XX por el general Juan Andrew Almazán, para edificar su hotel Papagayo con su Casino de Acapulco, anexo. Una superficie total de doscientos dieciocho mil metros cuadrados.
Solarcito recibido por el militar guerrerense de Olinalá, las “cajitas” son de allá, en calidad de pago por no haberse levantado en armas luego de perder la Presidencia de la República ante el candidato oficial, general Manuel Ávila Camacho. Sus postulantes fueron media docena de partidos de cinco o seis militantes y entre ellos el blanquiazul.
Y ya que hablamos de carroña y carroñeros, recordemos el paso por Acapulco de dos inmorales del clan Ávila Camacho. Manuel, quien siendo presidente de la República, expropió en 1945 los terrenos de Caleta y Caletilla, dando reculada sólo ante las acciones enérgicas de los acapulqueños. Y Maximino, su hermano, quien sí se saldrá con la suya luego de robarse el islote La Tortuga, sobre el que edifica una ofensiva residencia y por cuyo puente de acceso no permitía circular a los llamados por él “pinches negros holgazanes ”.
Mucho más tarde, cuando Maximino muera envenenado por su propia saliva (se dirá que con hueso de pollo), doña Juana Quiroz, lideresa natural de los playeños le dedicará, desde su sitio, Eréndira, un novenario. Un novenario a base de mentadas de madre e insultos carcelarios. Amén.

Los ojos de venado

Las ruinas del Fuerte de Casamata, habilitado durante la guerra de Independencia como cuartel del espartano general Hermenegildo Galeana, fue extrañamente escenario de muchos tíquites infantiles (pintas) donde los chamacos jugaban a las guerritas dizque utilizando los viejos cañales coloniales y sus esféricas balas de acero. Otro interés infantil de aquel sitio eran los “ojos de venado”, obtenerlos sin aguatarse las manos.
El Herrador fue el sitio concebido por Juan Andrew Almazán para construir su anhelado Casino de Acapulco, nunca hecho realidad, atendiendo al general Lázaro Cárdenas del Río. Vivo y muerto.

La silla de Moctezuma

Una enorme roca de cinco por cinco, aproximadamente, que protegía a la playita Del Castillo (por su cercanía con el Fuerte de San Diego) y a la que alguien le encontró semejanza con el sitial del soberano del imperio mexica. Volará en mil pedazos en aras de la avenida Costera Miguel Alemán.

Hágase la sombra

Los primeros focos de luz eléctrica se encienden aquí, corriendo el año de 1914. La primera planta de luz, instalada en el centro de la ciudad, sólo tenía capacidad para encender dos o tres focos por casa, de tal suerte que era un servicio exclusivo para ricos. El resto de la población tendrá que seguir alumbrándose con los clásicos candiles y quinqués de petróleo diáfano o lámparas de gasolina.
El propietario de la primera planta de luz fue un señor foráneo llamado Enrique Colina, de quien nadie quiso saber nunca nada, pero sí de su hija. Laurita era su nombre, poseedora de una belleza impresionante, tan deseada que, se dijo, aunque sin confirmación, que no pocos intentaron regresar al 40 cuando ya se habían dado un paso al 41 (el que entendió, entendió). La empresa Colina pasará a manos de don Alejandro Batani Billings
Se daba el caso curioso de que para encender un foco doméstico era necesario encender un cerillo para dar con el apagador integrado al sóquet. Misma ubicación para el enchufe de la plancha y el radio. por no haberlos de pared.
Los porteños presumían de luz eléctrica, pero caminaban por las calles alumbrados con lámparas sordas, y quienes carecían de ellas, con candiles o hachones de bocote. Misma manera de alumbrar festejos públicos como los famosos “bailes de candil” y los juegos de la lotería de Clemente Jaques, se entiende, esa en la que sólo es posible que alguien se la saque con la muerte.

Los Hornos

Donde se construyó el primer hotel de Andrew Almazán, entre la playa y la tierra firme, se localizaban los restos de un horno de piedra, cubierto por maleza. Mismo en el que, se decía, los ingenieros de la Colonia habrían fabricado con conchas marinas y huevos de tortuga, toda la cal para la construcción del Fuerte de San Diego, en sus dos etapas.
Se decía también que dicho horno habría alcanzado mayor altura para que sirviera como faro. Grandes fogatas se encendían sobre su cima para señalar a los barcos la entrada a la bahía.