EL-SUR

Sábado 27 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

ESTRICTAMENTE PERSONAL

El año que nos cambió

Raymundo Riva Palacio

Junio 19, 2005

 ESTRICTAMENTE PERSONAL

El mundo cambió cuando Mijail Gorbachov llegó al poder en la Unión Soviética y en 1985 puso en marcha la perestroika –la reforma económica–, y la glasnost –la apertura política–; cuatro años después, el imperio soviético se derrumbó, simbólicamente con la caída del Muro de Berlín, y terminaron más de tres décadas de Guerra Fría. México cambió cuando un terremoto de 8.1 grados en la escala de Richter cruzó el corazón de su capital al despertar hoy hace 20 años, convirtiendo edificios en castillos de papel desparramados por el pavimento, y amplias zonas de la ciudad con sus arterias como si hubieran sido bombardeadas; dos años después el PRI se fracturó irreversiblemente y al siguiente se celebraron las elecciones presidenciales que demolieron para siempre la legitimidad del sistema político mexicano.

La perestroika obligó al poder hegemónico en Moscú a ir modificando su sistema de alianzas y permitiendo una recomposición de las fuerzas económicas que modificaron las relaciones políticas en las 15 repúblicas soviéticas. La glasnost impulsó una revolución política y cultural doméstica que se extendió por los países satélites en Europa del Este. Debilitado el régimen dictatorial por la reforma económica, la apertura política ordenada por Gorbachov obligó a que los líderes de sus satélites europeos se vieran obligados a comparecer ante la prensa occidental y que ciudadanos empezaran a descubrir que los líderes que los tenían sojuzgados no eran tan temibles como se les había hecho creer, ni tan inteligentes ni tan agudos. La exposición pública hizo que les comenzaran a perder el miedo y que empezaran las presiones sociales internas, con lo que países como Hungría, primero, Checoslovaquia después, y finalmente Alemania Oriental, se vieron forzados a flexibilizar su política de visas a Occidente, que fue la presión final que tumbó el Muro a martillazos ante la mirada jubilante del mundo.

Los terremotos de 1985 colocaron al gobierno de Miguel de la Madrid al nivel de su incompetencia. La sacudida lo puso en un estado de pasmo, con un terror que hizo que el Presidente ordenara al Ejército no salir a las calles porque creyó que después no los regresaría a los cuarteles. Pero tampoco salió ninguna autoridad gubernamental, dejando un vacío que espontánea y velozmente fue ocupado por la sociedad que el eterno Carlos Monsiváis, tomando del pensamiento de Gramsci, la llamó “civil”. Esa sociedad civil, que dos meses antes había visto el despido de 200 mil burócratas, empezó la transformación de las relaciones político-clientelares del sistema, al articularse                                     de entre la tragedia, y mostrando una solidaridad que había asomado un año antes cuando centenares de capitalinos se formaron impresionantemente en el Zócalo para donar sangre a las víctimas de las explosiones de gas en San Juanico, un suburbio al norte de la capital. En los terremotos, la gente se ocupó de la administración de las tareas de rescate en los primeros días, de los mecanismos de seguridad para evitar saqueos, de la pesada tarea de remoción de escombros en busca de sobrevivientes. Es decir, formó un gobierno paralelo que ocupó el lugar del gobierno legal.

En términos políticos, los terremotos sepultaron las viejas redes clientelares de poder que tenía el PRI en la capital, que primero tomaron vida propia como organizaciones civiles que trabajaron en vivienda y ayuda a los damnificados, y que gradualmente fueron adhiriéndose a lo que años después sería el PRD. La petrificación de las autoridades destruyó la imagen del Presidente, a quien en unas cuantas horas se le perdió el respeto por cobarde, pusilánime y por ser incapaz de liderar a un pueblo en la adversidad. La debilidad del presidente De la Madrid, ciego ante el cambio político acelerado que estaba carcomiendo al PRI, provocó la salida de decenas de militantes encabezados por Cuauhtémoc Cárdenas y Porfirio Muñoz Ledo, quienes galvanizaron los vientos de cambio que venían soplando en México, y al frente de un movimiento socialdemócrata y de izquierda desafiaron al sistema y le pegaron un tiro de gracia.

Cárdenas no ganó la Presidencia, aunque hoy en día se le reconoce como el vencedor legítimo de la contienda –los diputados aprobaron la quema de las boletas electorales de los comicios presidenciales de 1988, por lo que nunca se podrá saber si realmente ganó Carlos Salinas. De cualquier forma, las cosas no volverían a ser iguales. Los movimientos urbanos que nacieron de entre los escombros de la ciudad de México establecieron redes que construyeron nuevas formas de organización social que, como común denominador, se oponían al régimen hegemónico. Políticamente, el final del régimen autoritario mexicano se dio por la combinación de la presión interna creciente y, paradójicamente, por la necesidad de Salinas de concretar un acuerdo de libre comercio con Estados Unidos –como modelo de viabilidad económica– con lo cual su gobierno fue sujeto a un escrutinio internacional que, por ejemplo, protegió de la represión al EZLN durante y después de su levantamiento ante la mirada acuciosa por cualquier violación de los derechos humanos, y sentó las bases para que, esa misma observación desde el extranjero, Vicente Fox pudiera conservar la Presidencia en 2000 al obligar el                                     presidente Ernesto Zedillo al PRI a reconocer su victoria.

Este 19 de septiembre no es más importante que otros iguales en los 20 últimos años, salvo porque a diferencia de las dos décadas pasadas, la efervescencia no tiene precedente para celebrarla. Pero no debe tomarse como una efeméride de dolor nostálgico y plañidero, sino como otra nueva señal política de que la sociedad está en marcha. Que escuchen los políticos el nuevo llamado a su cita histórica. Que no dejen pasar más oportunidades como estas décadas perdidas para avances reales. La sociedad política se ha quedado muy rezagada. La sociedad civil, hoy como en 1985, quién se atreve a cuestionarlo, vuelve a estar a la vanguardia.

 

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