EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

El árbol de mangos

Silvestre Pacheco León

Octubre 07, 2019

Tierno saúz, casi oro, casi ámbar casi luz. José Juan Tablada.

Como todos los niños de mi edad en aquella época que les contaré, yo no sabía de la importancia que tienen los árboles para la vida en el mundo.
Ignoraba que ayudan a limpiar las impurezas del aire para beneficio de nuestros pulmones, y a infiltrar el agua de lluvia en el suelo para alimentar los ríos, selvas y bosques.
Pero desde niño aprendí que su sombra es el mejor lugar para jugar porque mejora y alegra el ambiente.
Yo nací en una casa que se levantó junto a un árbol de mangos; bueno, en realidad eran tres árboles gigantescos que mis bisabuelos sembraron en el límite del patio, como dice la canción Mi árbol y yo, de Alberto Cortés.
Tres árboles gigantescos que durante toda mi vida siguieron siendo grandes y generosos, con sus frutos que nos alimentaron y nos ayudaron a crecer con las caídas y levantadas en el intento de escalar sus ramas, como maestros silenciosos que nos enseñaron a persistir en el intento hasta lograrlo. Porque comer sus frutos sentados en sus ramas, con las caricias del viento, era el colmo del placer que nos llevaba al cielo.
Esos árboles altos que se podían distinguir desde muchas partes de mi pueblo, eran tan frondosos que sus ramas se extendían sobre el terreno vecino, dando sombra y aliento a quienes caminaban tras el tecorral, donde corría el agua de la acequia, todo muy propicio para que los chaneques jugaran a los niños dejados de las manos de sus padres, como dicen las leyendas.
Con el paso del tiempo aprendí que en mis árboles vivían infinidad de insectos, pájaros y animales, cada quien en su propio mundo, como las hormigas, avispas y los pájaros.
Recuerdo que una vez, acostado durante alguna fiebre que me mantuvo en cama, entretenido mirando el cielo, descubrí cuando una larga culebra gris subía sin problema por el grueso tronco del mango persiguiendo una paloma.
Cuando conté eso a mi padre que era el único que subía hasta la última rama para cosechar los mangos, simplemente me confirmó lo que vi, convenciéndome de que esas culebras no eran ningún riesgo para los humanos.
Como nuestro pueblo está en una cañada por la que corren ríos temporales y permanentes, también es una ruta para las aves migrantes que durante el invierno pasan en grandes manadas en su largo viaja de norte a sur, y algunas de ellas, por razones que no entendíamos, hacían escala en las altas ramas de nuestros mangos y se quedaban ahí por semanas.
A veces eran aves raras, algunas grandes como pelícanos, y patos de Canadá, elegantes como aristócratas con sus collares de colores junto a las briosas palomas que nosotros llamábamos güilotas, las cuales permanecían por largas temporadas alimentándose de los granos de maíz que quedaban en los rastrojos.
Descubríamos la presencia de esas aves raras y extrañas por sus ruidos inusuales y cantos nocturnos que al tiempo que nos asustaban, también despertaban nuestra imaginación sobre su origen lejano.

Los mangos y la sociabilidad

Como en aquel tiempo en mi pueblo eran escasos los árboles de mango, sus frutos abundantes, dulces y carnosos, servían como punto de reunión con los vecinos que los apreciaban, pagando cantidades simbólicas por comerlos sin ningún límite, en torno al chiquihuite que mi madre llenaba de mangos maduros.
A finales de abril era la temporada de los mangos sazones y maduros. Mi padre se subía a lo más alto de los árboles con una agilidad que yo envidiaba y al mismo tiempo me asustaba pensando en lo mortal de una caída.
Lo hacía sin camisa, y en la valenciana del pantalón se amarraba unos mecates para evitar que las hormigas picadoras subieran por sus piernas.
Varias veces lo vi bajar a la carrera, de manera atropellada por el acoso de las hormigas coloradas que lo perseguían y lo picaban con saña.
Para el corte de mangos usaba una vara larga de carrizo con una bolsa de trapo y un gancho en la punta que él mismo confeccionaba para jalar los racimos evitando que cayeran al suelo y se golpearan. Luego los vaciaba en otra bolsa grande que colgaba a una rama y después de llena la bajaba con una cuerda hasta el suelo donde yo la aguardaba.
Cuando la bolsa iba hacia el suelo mi padre me avisaba con un silbido agudo para que no me distrajera.
Recuerdo que en ése tiempo mis primos siempre estaban de visita en la casa, y como sabían que no se les permitía apedrear los árboles, se proveían de sus propios “chicoles” como se le dice a esas varas de carrizo o bambú provistos de un garabato en la punta.
Una anécdota que les recuerdo siempre que los veo es la vez en que uno de ellos se accidentó al cortar el primer mango maduro de la temporada.
Como el mango estaba muy alto, mi primo el mayor tuvo la idea de alcanzarlo si se subía en uno de los barrotes del respaldo de la silla.
La idea se la platicó a su hermano menor, a quien encomendó que se hiciera cargo de sostenerla, advirtiéndole que no por las ansias de recoger el mango al caer fuera a soltar la silla porque podría caerse.
Pero mi primo menor, entusiasmado por la idea de ser el primero en probar el mango maduro, no puso mucha atención a la advertencia de su hermano.
De manera que mi primo el mayor subió a lo más alto de la silla, y así pudo alcanzar el mango codiciado.
Y después, todo sucedió casi al mismo tiempo, porque en cuanto el mango golpeó en el suelo mi primo también, porque su hermano soltó la silla.
Mi primo el menor ya había mordido el mango cuando se dio cuenta de que su hermano se retorcía en el suelo, muriéndose del dolor.
Por fortuna mi madre que estaba en la casa actuó rápido a favor del moribundo salvándole la vida con un sorbo de vinagre que le obligó a beber.
Todavía, después de tantos años, mi primo el golpeado recuerda el accidente y también el horrible sabor del vinagre que desde entonces detesta hasta el vómito.
Esos son algunos de los recuerdos que quiero compartir sobre la convivencia que tuve desde niño con uno de los árboles más fabulosos de mi vida.
En mis catorce años que viví con mis padres aprendí casi todo sobre la vida de esos árboles que florecían a finales del año, inundando todo el patio con el olor que me enardecía.
Siempre en la Semana Santa comenzaban a dar sus frutos que se podían comer desde tiernos porque eran criollos.
Recuerdo que en las vacaciones de Semana Santa a todos los parientes que nos visitaban les preparábamos una ensalada de mangos verdes con jitomate, chile, sal, jugo de limón y orégano a la que llamamos “pico de gallo”. Con esa botana abríamos la gloria mientras los adultos brindaban con mezcal.
Cuando todos mis hermanos salimos para vivir en la ciudad de México, la nostalgia por aquel patio, el olor de los mangos y la sombra fresca de sus ramas, nos hacía regresar en todas vacaciones para celebrar el ritual de cortar los mangos, pelarlos y hacer el pico de gallo mientras brindábamos con el mezcal en torno al apatztli.

*Texto leído en el sexto aniversario del Eco tianguis de Zihuatanejo.