Silvestre Pacheco León
Julio 28, 2025
Estamos a tres días de que inició la fiesta patronal del Señor Santiago en Quechultenango y en todos los pueblos mesoamericanos que lo recibieron como su protector y que al paso del tiempo lo adoptaron como el nuevo dios guerrero, capaz de hacer cuantos milagros sus fieles le pidieran.
Desde el jueves 24 de julio el ritual comenzó con la velación del Santo Patrón en la casa de la mayordomía, en la que participaron los miembros de la Hermandad de Santiago, los mayordomos y los 32 danzantes de las Cueras con sus músicos y público en general, los cuales, además de los rezos que repiten siguiendo el ritmo de las rezanderas, degustaron la tradicional cena de atole con tamales para luego dedicarse al baile que amenizan los grupos musicales del momento tocando gratuitamente como pago de una promesa. Esto como costumbre reciente, que ha desplazado del ritual las anécdotas, leyendas, historias y milagros del santo patrón.
A los ocho días de iniciado el festejo del santo, que en el ámbito religioso se le conoce como la Octava, el 2 y 3 de agosto, en Quechultenango será el multitudinario baile del Ocoxúchitl, ritual indígena que quizá sea único en Mesoamérica que ha prevalecido con todo su contenido pagano y que la mayoría de los fieles espera con ansia para pagar bailando algún favor recibido o esperado.
Se trata del más claro ejemplo de sincretismo religioso en el que se manifiesta la poderosa fuerza de la visión indígena frente a la religión foránea que la conquistó, adoptando al santo católico como la transfiguración de su deidad convertida en el santo guerrero como jinete que monta un caballo blanco de crines crispadas.
Ese cambio que no fue cualquier cosa en la religión se mira en el baile del Ocoxúchitl que comenzará el sábado próximo para concluir el domingo 3, como lo más popular dentro de la festividad religiosa en el que participan hombres y mujeres de todas las edades y de las más diversas condiciones económicas.
El Ocoxúchitl es pues un baile pagano o indígena y popular que se ejecuta dentro del templo católico, en un suceso pocas veces visto y explicado porque las autoridades eclesiales lo permiten y respetan a sabiendas de que se trata del ejemplo más claro de la coexistencia de las dos visiones cosmogónicas que porta cada pueblo y que se repite cada año con más adeptos cada vez que bailan al ritmo del teponaztle o tambor indígena, sin uniforme ni indumentaria especial, pero descubiertos, sin tocado ni sombrero en la cabeza, todos provistos de sendos ramos de ocoxúchitl o flor de ocote que agitan con ambas manos llevándolas por arriba de la cabeza a cada pausa que marca el ejecutante del tambor.
Como la Iglesia católica mira y entiende el baile como un ritual indígena y pagano, deja el templo el primer sábado y domingo de agosto en manos de la Hermandad del santo patrón que se hace cargo del ritual y de todos los pormenores, especialmente el de recibir las limosnas de los fieles que suman cientos de miles de pesos durante los dos días de baile.
El rito que antes se efectuaba en la calle, frente a la casa de la mayordomía, se trasladó al templo en los años 1940 para bailar bajo techo, evitando de ese modo su constante interrupción por las lluvias frecuentes de la temporada.
Debo anotar como un detalle el asombro que causó entre los antropólogos europeos, estudiosos de los pueblos y costumbres mesoamericanas, que en Chichicastenango, Guatemala, el templo católico construido sobre el indígena maya, fuera tomado un día en el año para el festejo de la Santa Cruz Tun, un símbolo de su cultura, cuando en Quechultenango esa práctica se sigue repitiendo aquí a favor del dios rojo que monta a caballo.
El flujo creciente de fieles que participan del ritual, desde la década de los 60 del siglo pasado se aumentó un día de baile debido a la creciente demanda, sobre todo de los fieles foráneos que madrugan y hacen largas filas para ocupar un lugar dentro del templo.
Ahora el baile del Ocoxúchitl se efectúa el sábado y domingo, y como una concesión de los vecinos, la Hermandad determinó que el baile del sábado se destinaría para los visitantes y el domingo para los locales quienes defendieron su derecho a respetar la costumbre de que el baile para ellos se siguiera efectuando el día domingo porque, decían, era de mayor significado en el sentido de que respetaba la tradición.
Quechultenango es también el único lugar del estado donde se preserva este peculiar ritual indígena como parte de la festividad católica, preservando para ello el cuidado como reliquia del teponaztle o tambor prehispánico, construido hace más de 500 años del tronco ahuecado de un nogal que se toca con dos baquetas de madera para producir el sonido único que parece desenterrado de los más remotos tiempos y que a los castos oídos de los españoles les parecía que se trataba de una música diabólica, al grado de que la prohibieron.
De allí la importancia de venir a escuchar esa música guardada en la memoria de dicho instrumento a la que uno puede acceder en esta fecha próxima y sumarse al ritmo que toca para probar que es verdad que los participantes salen renovados del templo después de media hora.
Esa música que produce el instrumento sagrado, guardado y cuidado con gran celo por la Hermandad del santo patrón de Quechultenango es el valor que tiene el ritual porque su sonido toca las fibras más sensibles de las personas que al bailar entran en transe, ríen y lloran y se desahogan, finalizando como personas renovadas.
El baile indígena milenario y multitudinario con el que se expresa la profundidad de las raíces más profundas de la religión indígena, antes era acompañado de un canto en mexicano o náhuatl que quedó en desuso a raíz de la muerte del cantor ocurrida en el año 2016 quien nunca pensó en preparar un relevo para preservar dicho canto.
Ahora la música del teponaztle es acompañada de una trompeta y un coro de jóvenes que canta en español una larga loa a Santiago con versos un poco forzados para hacerlos rimar, mencionando que este lugar después de ocupar el nivel político de ”estancia” se convirtió en “congregado” por petición de los catequistas a la corona española para que se adhirieran a él pueblos vecinos y menos numerosos porque la ubicación de Quechultenango les pareció estratégica para cumplir con su encargo de vigilar que los vecinos respetaran la prohibición de seguir realizando sus rituales paganos con sacrificios humanos.
El ritual del baile del Ocoxúchitl en el que la gente sale renovada después del ir y venir, desde la puerta del templo hasta el altar, mirando siempre de frente, bailando en comparsas de cuatro personas, al ritmo del teponaztle, tiene su atractivo en sí mismo porque en esa experiencia, no se sabe si por la agitación de las manos en un ambiente en el que se mezclan el olor del copal, el sudor y el llanto de la gente, se viven dos hechos que son relevantes, uno que la gente sale del templo renovada y dos, que los ramos de hierba conocidos también como “flor de ocote” que por naturaleza son inoloros, al final del día destilan un aroma único que los fieles califican de milagroso por eso se lo llevan y lo deshidratan, y algunos hasta lo usan para preparar un té que dicen que cura y sana todo, por eso con este baile que tiene el artilugio de liberador termina la fiesta patronal que cada día tiene más asiduos.
En el programa de la festividad del santo patrón se establece que si el siguiente fin de semana del 25 de julio queda demasiado alejado o muy cerca del primer fin de semana de agosto, el calendario se recorre para que el baile se efectúe siempre respetando los días sábado y domingo para mayor facilidad de los fieles que trabajan. Por lo tanto, en este año el baile del Ocoxúchitl tendrá lugar los días sábado y domingo, 2 y 3 de agosto. Todos serán bienvenidos.
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