EL-SUR

Miércoles 01 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

El caminar histórico del EZLN (Cuarta y última)

Julio Moguel

Febrero 20, 2026

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene. La doceava entrega de la serie “El caminar histórico del EZLN” (aquí numerada como 4, por corresponder a las que han aparecido en este 2026) pretende sólo mostrar algunas de las facetas que “cerraron” el ciclo del periodo de lucha que se abrió desde el momento del levantamiento zapatista del 1º de enero de 1994, a lo que fue, en aquel periodo, el último intento significativo del EZLN por llevar adelante un proceso de articulación de fuerzas en escala nacional que, en convergencia con el movimiento cardenista y otras fuerzas indígenas y civiles, permitieran lograr un verdadero cambio de régimen en el país. Me refiero a la “Marcha de las siete lunas” que, en 2001, llevó a un numeroso núcleo de la dirigencia del EZLN a viajar a la comunidad de Nurío, en Michoacán, para participar en el Tercer Encuentro Nacional Indígena. Se trataba del punto clave de un viaje largo que culminó en la Ciudad de México con una movilización y una presencia directa en el Congreso de la Unión para “decir la palabra de las mujeres y los hombres verdaderos”. Como hice en la entrega anterior, relato una parte de la historia para luego dejar estas líneas bajo el comando de la voz de doña Amalia Solórzano y de otros actores importantes que participaron en el referido Congreso, siendo éste un testimonio aún no conocido y que aparecerá en el mes de junio de este 2026 en el libro Buenos días, general (Editorial Cuarta República) rubricado por doña Amalia y por quien esto escribe. Con ello cierro la serie de “El caminar histórico del zapatismo”, para tratar en lo que sigue temas que considero de interés en el ámbito del “lenguaje, la historia y la literatura”.

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El 24 de febrero de 2001, desde distintos lugares de La Selva y de Los Altos, del estado de Chiapas, veintitrés comandantes y el subcomandante Marcos del EZLN iniciaron la Caravana por la Dignidad Indígena dirigida a la Ciudad de México. El recorrido no tuvo precedentes en la historia de las marchas populares en el país, y no sólo por tratarse de la movilización pacífica de una vertiente política y social que en 1994 escogió el camino de las armas, sino también por la cantidad de lugares recorridos, las multitudinarias adhesiones generadas en todos los puntos de contacto, y el apoyo internacional que concitó. Antes de la Ciudad de México, a la que llegaron durante los primeros días de marzo, los zapatistas participaron en el Congreso Nacional Indígena en Nurío. Y allí, doña Amalia.

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(Voz de doña Amalia Solórzano). Las intervenciones del Congreso de Nurío me parecieron excelentes, por su frescura, sencillez y fuerza. Se habló de la discriminación y de los grandes agravios que los pueblos indígenas han sufrido a lo largo de la historia. Pero también se dijo que había llegado el momento de reiterar y de gritar el “Ya basta” zapatista, buscando los caminos de un cambio profundo que permitiera alcanzar la democracia, y ganar un mundo en el que cupieran muchos mundos. Una idea central de los mensajes fue la de la necesaria unidad del movimiento indígena, con el fin de construir la fuerza requerida para que los Acuerdos de San Andrés pudieran transformarse en ley efectiva desde el Congreso de la Unión.
Las voces indígenas llegaron en cascada, entre los que intervinieron el comandante Tacho, la comandante Esther, el comandante Zebedeo, el comandante David, y, desde la voz de los indígenas michoacanos, un dirigente histórico de aquel terruño, de nombre Juan Chávez. Vale la pena reproducir algunas de las líneas discursivas de cada uno ellos:
Queremos nuestro lugar en la historia. Somos merecedores (comandante Tacho).
Al gobierno le decimos que ya no nos ponga más en vergüenza (comandante Esther).
El sustento de la vida familiar de los jodidos es asombroso, es escalofriante. Esta máquina, monstruo hecho gobierno, nos humilla, nos mata. Nuestra Constitución la han convertido en la Ley de Herodes (comandante Zebedeo).
Nos une la esperanza de que esto tiene que cambiar. No podemos seguir con estas injusticias. Nosotros sí queremos la paz, pero con justicia y dignidad. Es la hora de los pueblos indios, la hora de México, la hora de todos (comandante David).
Soñemos juntos y hagamos nacer la semilla de la esperanza. Ésta es la hora de los pueblos indígenas, de la democracia, libertad y justicia. Los indígenas del país están despertando y tejen con la sociedad civil nacional e internacional una misma realidad: la de los que nos resistimos al olvido y nos confiamos a la esperanza (Juan Chávez, dirigente indígena purépecha del Congreso Nacional Indígena).
El mensaje de Marcos fue muy bello, muy poético. Habló sobre el caminar de los indígenas y de sus renovadas esperanzas de alcanzar una paz justa y digna. Se refirió también a la situación prevaleciente, y a la relación viva y creativa que en esos momentos se estaba dando entre distintos pueblos indígenas del país. El discurso de Marcos se iniciaba con las siguientes palabras:
Siete veces ronda la montaña, siete el río que la baja. Con siete muertos nuestros habla. Siete veces haz de la mar una barca. Siete veces cierra su champa. Siete veces el color de la tierra y siete veces la palabra. Porque ya viene el siete y siete es caracol para quien lo siente fuerte. Porque ya viene la espiral que puede ser camino hacia dentro o hacia fuera ruta y esperanza (…) Durante los siete días que llevamos caminando, hemos recorrido nueve estados de la República: Chiapas, Oaxaca, Veracruz, Puebla, Tlaxcala, Hidalgo, Querétaro, Guanajuato, y ahora Michoacán. Habremos de recorrer también el Edomex, Guerrero y Morelos, antes de llegar a la Ciudad de México. Vamos a hablar con el que hace leyes para que vea que es tiempo que la tierra que México vive no tiene lugar para quien el color de la tierra anda. Vamos por el reconocimiento de nuestros derechos, como indígenas y como mexicanos. Vamos por lo que nos arrebataron, lo que nos han negado, lo que no tenemos y sin embargo queremos, necesitamos, merecemos (…). Del color de la tierra somos. Del color de la tierra es la hora y el mañana. Es la hora de la dignidad, la hora del puente que es también ventana. Es la hora de ver y de vernos, sin vergüenza ni temor. Es la hora de luchar por la dignidad del color de la tierra y la esperanza. (Palabras del subcomandante Marcos en la inauguración del Tercer Congreso Nacional Indígena, 3 de marzo de 2001).

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Cuando terminó la inauguración, como a las tres y media de la tarde, el arquitecto Fernando Yáñez, quien en ese momento tenía la responsabilidad del EZLN con el Congreso de la Unión para la discusión de la reforma indígena, vino a buscarnos a la camioneta para conducirnos al lugar donde se encontraba la delegación zapatista. Y allí pudimos abrazar y saludar a Marcos y a una docena de comandantes zapatistas. Vi al subcomandante tan delgado como lo había visto tres años atrás, cuando lo de la Cosever, pero menos cansado, más animoso, más optimista.
Fue muy cariñoso conmigo, igual que aquel día de noviembre de 1995, cuando lo saludé por vez primera. Me preguntó por Cuauhtémoc, que cómo estaba, que cómo le iba. Yo le dije que muy bien, que andaba muy activo en estos días, por aquí y por allá, viajando y trabajando mucho, como de costumbre. El comandante Tacho quiso saber mi opinión sobre la marcha y sobre lo que estaba pasando, si creía que iban a poder seguir su recorrido y llegar a la Ciudad de México, y si calculaba que iban a tener éxito. El comandante David no se despegó de nosotros durante el tiempo que duró la visita. Tan amable como siempre nos escuchaba una y miraba con su gesto noble y tierno. También platiqué con las comandantes Esther, Susana, Yolanda y Fidelia. ¿No era particularmente difícil para ellas la participación en la marcha, tan lejos de sus familias y con tanto traqueteo?
Hoy pienso mucho en ellas, pues no puede uno siquiera imaginar el sacrificio al que se ven sometidos cuando se deciden a pelear por sus derechos, ya que no luchan sólo como indígenas que son, sino también como mujeres, pues el machismo es un fenómeno que, con diferentes niveles y formas, se da tanto en las zonas urbanas como en las áreas rurales, tal vez en éstas con mayor fuerza que en las primeras. Pero en esa ocasión en que nos encontramos en Nurío, no vi en sus miradas cansancios o tristezas, desesperanza o miedo, sino unas lucecitas maravillosas de amor y de coraje, ganas de seguir adelante y de abrazar al mundo.
Al despedirse, Marcos me ofreció el clavel que los españoles republicanos pusieron sobre el féretro del General el día de su entierro. Y la tengo aquí, en una vitrina en mi casa, siempre cerca de mi corazón.
Recuerdo que detrás del templete donde se concentraba la delegación zapatista había una manta que decía: “Bienvenidos EZLN. Nunca más un México sin nosotros”. Y yo quisiera con todo mi corazón que dicha idea se cumpla para siempre palabra por palabra: nunca más un México sin ellos.
¿Cuándo volveré a ver a los zapatistas? No sé ni lo imagino, pero espero que pronto. Desde 1994 se han vuelto parte de nuestra historia. Por eso nunca les he dicho ni les diré adiós, sino hasta luego.
Sé que volverán algún día para ver realizados sus sueños. Nuestros sueños.