Julio Moguel
Enero 02, 2026
LASCAS
Memoria y acontecimiento
Nota bene 1. Durante el segundo semestre de 2025 publicamos quincenalmente en El Sur ocho entregas consecutivas tituladas El caminar histórico del zapatismo, escritas desde un género autobiográfico, para dar cuenta del periodo que se desarrolló desde el levantamiento armado fechado el 1 de enero de 1994 hasta el 16 de febrero de 1996, cuando se firmaron los llamados Acuerdos de San Andrés. En este nuevo bloque, de solo cuatro entregas, retomaremos la historia en lo que siguió hasta el año de 1997, año en el que el EZLN y el cardenismo terminaron por seguir caminos diferentes –aun si en muchos de sus lineamientos principales mantuvieron algunas coincidencias sustantivas–, cerrando un ciclo histórico “que pudo haber sido y no fue”, dándose de manera brusca un nuevo reacomodo del tablero político nacional que nos condujo hasta el presente. No dejaremos, por ello, dada la fecha en la que se publica esta primera entrega de la nueva serie, de empezar con un artículo que rinda honores a lo que fue y significó el mencionado levantamiento en armas del EZLN el 1 de enero del 94, cuando muchos creímos en la posibilidad de que, como fue planteado en varias revueltas de aquella época en el mundo, sería posible “tomar el cielo por asalto”. La segunda entrega regresará al punto de los Acuerdos de San Andrés (1996), para dar continuidad al relato.
Nota bene 2. Me han preguntado varios amigos y otros no tan amigos por qué no escribo ahora en torno a lo que está planteando el zapatismo en su “semillero” denominado De pirámides, de historias, de amores, y claro, desamores, para celebrar el 32 aniversario de su levantamiento armado. La respuesta es simple: prefiero terminar por redondear un análisis sobre su historia más fructífera y prometedora, capaz de iluminar al mundo con desocultamientos vitales de “lo obvio” de aquel tiempo en, por lo menos, los terrenos de la cultura, lo social y la política, y no meterme a tratar de entender por qué dejaron en un momento dado de representar a “los sin rostro”, a los “nobody”, a los orilleros transformadores, universalizando así su liderazgo revolucionario, para regresar a fórmulas gastadas como la de que “el proletariado” sigue siendo el actual eje de la transformación del mundo, tal y como lo planteó el capitán Marcos en dicho encuentro.
1
El primero de enero de 1994, un ejército conformado por cerca de 5 mil activos militantes del EZLN, iniciaron los que muchos creímos, durante las primeras horas de aquel día, que era una “puesta en escena” de algún movimiento o grupo guerrillero de equis o zeta país centroamericano. La realidad era otra: millares de indígenas le declararon la guerra al gobierno federal mexicano, cuando propios y extraños pensamos que ello, en los “tiempos modernos”, los ciclos armados de la naturaleza referida ya habían pasado a la historia.
Antes de que acabara el día, aquel 1 de enero, por los datos más relevantes del acontecimiento, se confirmó que, en efecto, se trataba de una insurrección indígena, y que los miles de combatientes chiapanecos aprovecharon, para lograr el “efecto sorpresa”, la nocturnidad etílico-festiva del cambio de año y la conocida convicción de Salinas de Gortari de que México había dado el salto hacia el Primer Mundo con la firma del Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y Canadá.
La acción fue desplegada con minuciosos cálculos de ataque y con una perfección cronométrica que deslumbró incluso a los más duchos conocedores, teóricos y prácticos, del “arte de la guerra”: en la primera hora del 1 de enero, una columna –la más numerosa– del EZLN tomó San Cristóbal de las Casas, mientras que, prácticamente en forma simultánea, otras nutridas columnas de combatientes tomaron las plazas de Ocosingo, Altamirano, Las Margaritas y Chanal. El arco del ataque y de las confrontaciones se fue extendiendo como una mancha de tinta roja a otros importantes espacios de la geografía chiapaneca, como fueron los casos de Oxchuc, Huixtán, Abasolo, Simojovel y San Andrés Larráinzar.
En contra de lo que había calculado el EZLN, el contraataque gubernamental en San Cristóbal no se desplegó de manera inmediata desde las instalaciones del Campo Militar de Rancho Nuevo, lo que permitió que la ciudad fuera “tomada” en un principio sin demasiados contratiempos por la fuerza insurgente. No sucedió lo mismo en los otros espacios mencionados, pues en ellos los combates se extendieron durante todo el día primero y los días que siguieron, con bajas de ambos lados en las que los rebeldes zapatistas sufrieron pérdidas de vidas de los que aun ahora no se tiene un registro preciso.
El caso es que las acciones militares se dieron del 1 al 12 de enero de 1994, justo los días que, siguiendo la inspiración de un conocido libro de John Reed, podemos referir como los Doce días que estremecieron al mundo.
2
No es posible dejar de mencionar aquí la brutalidad con la que el gobierno de Carlos Salinas de Gortari y “su ejército” reaccionaron frente al alzamiento armado. En correlaciones de fuerza que, sobre el terreno, era difícil que se definieran a favor de los rebeldes, el poderío militar del aparato gubernamental entró a operar por aire y tierra en acciones de muy distinta índole.
¿Puede usted creer que hubo bombardeos? Los hubo en maniobras aéreas que en ocasiones ni siquiera llegaron a saber cuál era el blanco preciso. ¿Puede usted creer que la población civil fue protegida por las fuerzas del gobierno, estableciendo límites de intervención para no herir o asesinar a civiles indefensos? De ninguna manera: núcleos de aquel “patriótico” ejército nacional atacaron sin consideración a poblaciones enteras, de tal forma que el día 5 de enero el EZLN se vio obligado a decir, en un comunicado, que se “llamaba la atención de la prensa honesta nacional e internacional sobre el genocidio que las fuerzas militares realizan en las cabeceras municipales de San Cristóbal, Ocosingo, Altamirano y Las Margaritas, así como en carreteras aledañas a esos puntos, donde asesinan indiscriminadamente a civiles y luego los presentan como bajas del EZLN”.
Los combates cuerpo a cuerpo y en los espacios urbanos y periféricos en poblaciones como Ocosingo se convirtieron en un verdadero infierno, en niveles de confrontación en los que de un lado se contaba con toda la fuerza instrumental que ofrecía la “técnica militar” –tanquetas, vehículos blindados, sofisticadas ametralladoras y rifles de precisión, con espacios y técnicas de resguardo y de repliegue en los que “los relevos” se encontraban a la mano–, y del otro, contingentes zapatistas armados, sí, con AK-45 o con metralletas o rifles AR-15 (el subcomandante Marcos cargaba con una metralleta Ingram-M 10), pero ello en un núcleo reducido de atacantes pues la mayoría combatía con pistolas y rifles de vieja usanza, o incluso sólo con machetes, cuchillos, “puntas” aceradas, lanzas de madera o hasta piedras. Nunca podremos olvidar las fotos que llegan a mostrar que incluso algunos de los zapatistas no tenían más que sus rifles de pacotilla tallados en madera que usaban básicamente para sus ejercicios de preparación.
3
A los seis días de combate el EZLN, mientras mantenía posiciones importantes y realizaba movimientos de fuerza que tenían un impacto mediático, político y militar relevantes –como el secuestro del ex gobernador Absalón Castellanos, la liberación de presos, y algunos triunfos tácticos sobre el terreno, además de las innumerables declaraciones de prensa que recorrían a la velocidad de la luz todo el planeta–, lanzaba la propuesta de un paro de las confrontaciones para el establecimiento de un “diálogo con condiciones”, entre las que se encontraba la demanda del reconocimiento internacional del EZLN como fuerza beligerante, no sin que sumara a ello un llamado a adherirse al movimiento a obreros, campesinos, indígenas, amas de casa, estudiantes, y en general “al pueblo de México” y a otros pueblos del mundo.
La reacción del gobierno de Salinas de Gortari frente a una guerra que ya empezaba a costarle políticamente más de lo que pudo imaginar en los planos nacional e internacionales, en el espacio-tiempo de su borrachera de festejos por haber entrado con el Tratado de Libre Comercio a las ligas mundiales de la economía, fue lerda por razones que aún no podemos descifrar, de tal forma que tuvieron que pasar otros seis días para que se hiciera finalmente un “alto al fuego” provisional que abrió el curso a lo que a partir de ese momento ya es ampliamente conocido, a saber, la apertura de un proceso de diálogo con una representación gubernamental encabezada por Manuel Camacho Solís, proceso que se inició en el mismo mes de enero y que desembocó, a partir del 21 de febrero de 1994, en las pláticas entre ambas partes en la “Catedral de la Paz”, en San Cristóbal de las Casas.
Doce días, en fin, que estremecieron al mundo. Doce días que abrieron también sin lugar a duda otro curso en la historia de México.