EL-SUR

Martes 07 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

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El caminar histórico del zapatismo (7)

Julio Moguel

Octubre 31, 2025

LASCAS

Memoria y acontecimiento
“Bienvenido a la pesadilla”, le dijo el subcomandante Marcos a Ernesto Zedillo cuando éste tomó posesión de su cargo como presidente del país. El Sup lo decía ahora en una misiva personalizada, en contra de su costumbre, conocida, de redactar y difundir documentos cuyos destinatarios eran todos los mortales de México y del planeta. La fuerza del sentido epistolar del documento salta a la vista cuando se lee de inmediato lo que sigue: “Su legitimidad contrasta con la legitimidad zapatista. Mientras (nuestras) demandas no se cumplan, habrá guerra en las tierras mexicanas”.
En otro nivel y en otro formato Marcos siguió proponiendo a la Convención Nacional Democrática y a Cuauhtémoc Cárdenas que encabezaran un amplio frente opositor, para que, por medio de acciones civiles y pacíficas, exigieran la renuncia del presidente ilegítimo y se instalara un gobierno de transición que convocara a nuevas elecciones (éstas libres de trucos y de infamias).
La situación adquirió entonces nuevamente el tono franco de la guerra, pero ello no impidió que, en forma sorpresiva, Amado Avendaño (quien habiendo perdido las elecciones se había declarado “gobernador en rebeldía”) y la Secretaría de Gobernación signaran un pacto de paz que diera un respiro a los opuestos. La firma se llevó a cabo el 6 de diciembre de 1994, y tuvo el objetivo mínimo de calmar las aguas y los vientos de aquella tormenta embravecida para que Eduardo Robledo Rincón asumiera sin balas de por medio su cargo como gobernador del estado de Chiapas.
Avendaño no estaba con ello traicionando el decir y el hacer del zapatismo, cuestión que se hizo patente el 8 de diciembre de aquel año –día de la toma de posesión de Robledo Rincón– cuando el EZLN dio por terminado el compromiso del cese al fuego para iniciar la campaña militar Paz con Justicia y Dignidad para los Pueblos Indios.
Que el EZLN no estaba blofeando quedó de manifiesto en la realización de una maniobra envolvente que, el 19 de diciembre, llevó a que los zapatistas “tomaran”, sin desperdiciar ni una sola bala, 38 municipios del estado. Ello le permitía mostrar que el zapatismo no era una fuerza que pudiera ubicarse como un núcleo de locos rebeldes escondido en la Selva, ampliando su presencia militar en la zona Norte y en Los Altos. ¿Pero era sólo una presencia simbólica la que el EZLN pretendía en esa ampliación de sus terrenos de dominio? No. Procedieron sin demora a nombrar nuevas autoridades y a crear “nuevos municipios y territorios rebeldes”. Y sabían, con todo, que “la Gobernación” entraría a jugar el juego de la guerra, ya entonces en búsqueda de extirpar de raíz la “mala yerba” de ese movimiento indígena y social que en definitiva no quería la “democracia” edulcorada y emponzoñada de “los partidos” –que representaban simple y llanamente la mercantilización de la política–, sino una democracia verdadera, aún por construir, incluso en su diseño, desde una base popular.

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El giro tomado por los acontecimientos llevó al EZLN a retomar sus demandas de los primeros días de enero del 94: ser reconocidos como ejército beligerante, buscar una mediación internacional de conflicto y apostar, mientras alzaban las armas, por una vía pacífica de cambios en la que Cuauhtémoc Cárdenas y la “sociedad civil” (encabezada aún por la directiva de la Comisión Nacional Democrática) llamaran a un proceso de resistencia ciudadana que incluyera la exigencia de la renuncia de Zedillo como presidente del país y la formación de un gobierno de transición.
Pero el gobierno federal, ya empoderado por sus triunfos electorales, aceptó el reto de lanzar sus fuerzas militares para “recuperar” los espacios chiapanecos que había conquistado el zapatismo, en un juego ajedrecístico que tuvo sus altas y sus bajas y que desembocó finalmente, ya en febrero de 1995, en que el gobierno tratara de dar el jaque mate, en una maniobra que, desde una inteligencia artificial aún no perfeccionada, terminó en un juego circense que hizo algún daño al zapatismo pero que puso en ridículo al “ejercicio (¿legítimo?) del poder estatal”.

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El 9 de febrero (de 1995) la Procuraduría General de la República identificó al subcomandante Marcos como Rafael Sebastián Guillén Vicente, pretendiendo que con ello el EZLN se desmoronaría como un montón de piedras. Junto a ello, se dictaron órdenes de aprehensión contra él y otros líderes zapatistas, entre los que se encontraban Fernando Yáñez (Germán), Jorge J. Elorriaga (Vicente), Jorge Santiago y Silvia Fernández (Sofía o Gabriela). Agregó, en una “lista negra”, a 16 personas más como presuntos delincuentes, entre ellos, con sorpresa, la que lleva el nombre de quien teclea las presentes líneas.
Una cantidad indeterminada de valientes guerreros del Ejército federal entraron en el curso de la noche al epicentro bélico de la Selva, creyendo que en unas cuantas horas tendrían a Marcos en su poder. El Ja Ja Ja del Sup y de los comandantes zapatistas resonó en todo el territorio de la guerra, pues los preparadísimos activos militares lanzados por el gobierno no encontraron ni la sombra del rebelde iconoclasta, ya identificado como Rafael Sebastián Guillén.
Una persona cuyo nombre no revelaré en estas líneas, y que había sido alumno mío en la ENEP Acatlán, me hizo una llamada telefónica el día 8 de febrero, diciéndome en forma telegráfica que no se me ocurriera llegar esa noche a mi casa y que buscara algún otro lugar para dormir. Pensé que era una simple broma, pero supe que tendría que seguir el curso que marcaba mi exalumno cuando agregó de manera directa: “No estoy bromeando; trabajo en el Cisen”.
Para esas fechas yo estaba separado en los hechos de mi primera esposa (vivía a un costado de la casa de Claudia Sheinbaum y de Carlos Imaz), y tenía un queridísimo amor cuyo nombre aquí tampoco mencionaré. Dormí en su casa y al amanecer me dirigí a las oficinas que la Coordinadora Nacional de Organizaciones Cafetaleras (CNOC) –de la que yo fungía de alguna manera como una especie de asesor– tenía en la calle de Tabasco, a unos pasos de las oficinas del PRD.
Dos llamadas telefónicas bastaron para saber que la casa en la que vivía en aquellos momentos había sido “tomada” por la policía y elementos del Ejército, con destrozos que aún no les he querido cobrar. Mientras tanto, me enteré con más detalle quién o quiénes sí habían sido detenidos (entre ellos unos amigos zapatistas que vivían en Yanga, Veracruz), por lo que de inmediato hice contacto con el ingeniero Cárdenas para conocer su opinión sobre “lo que había que hacer”.
Cuauhtémoc Cárdenas me escondió en un espacio que no pretendo indicar en estas líneas, y se encargó de ver durante todo el día 9 de aquel febrero negro, con las autoridades correspondientes, hasta dónde se me podía fincar alguna responsabilidad. Eran alrededor de las 12 de la noche cuando Cárdenas regresó de sus litigios y, sin demasiada explicación, me dijo: “Parece que no tienen nada firme contra ti. Pero mientras son peras o manzanas escóndete por un rato, no vaya a ser que siempre sí se les ocurra echar la camioneta represiva a rodar”. Tres semanas estuve del tingo al tango, escondido, hasta que entendí que ya no me buscarían y que podría respirar, al menos por un buen rato, en libertad.
Retomé mi contacto con el EZLN cuando ya se perfilaba una circunstancia de negociación que llevaría a los denominados Diálogos de San Andrés. En el momento en el que me reencontré con Marcos, éste no paraba de reír. Y me contagió de tal forma que, de carcajada en carcajada podría decirse, estuve a punto de morir (morir de risa no es una mala medicina para poder sobrevivir).
Fue durante ese periodo que, durante mis estancias en la Ciudad de México, me volví religioso de una costumbre gozosa y singular: ir cada semana al Reclusorio Norte a visitar a mis tres amigos de Yanga, quienes de una u otra forma se volvieron jefes de la tropa de aquella misteriosa, aunque patética, “Universidad”.