EL-SUR

Jueves 02 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

El caminar histórico del zapatismo. El EZLN

Julio Moguel

Octubre 10, 2025

Memoria y acontecimiento

(parte 5)

Nota bene. En las cuatro entregas anteriores partimos de la insurrección zapatista del 1º de enero de 1994 pasando por el momento en que se lleva a cabo, el 12 de mayo, la visita de Cuauhtémoc Cárdenas a la comunidad de Guadalupe Tepeyac para encontrarse con la dirección político-militar del EZLN. En esta entrega presentamos un relato sucinto sobre lo que siguió en las semanas posteriores, deteniéndonos de manera central en el memorable 8 de agosto, cuando se llevó a cabo la Convención Nacional Democrática (o también llamada Convención de Aguascalientes) en la comunidad de Guadalupe Tepeyac.

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El escenario del encuentro: un extenso anfiteatro en forma de navío que un enemigo del EZLN denominó desde su cómoda silla de gobierno “La nave de los locos”, pensando acaso en la conocida obra de Bosch en la que se dibuja el desvarío y la impostura de un continente humano compuesto por descerebradas figuras que no tienen brújula alguna para arribar a puerto. El Sup, por el contrario, lo denominaba el Barco Pirata, la Torre de Babel, el Arca de Noé o el Navío de Fitzcarraldo, armado éste a pulso, pieza por pieza, por los incansables y laboriosos brazos de la población local y de la tropa zapatista. La armazón monumental tenía, como anexos, una sala de prensa, una biblioteca, cocinas, casas para hospedajes, estacionamientos, con dos banderas en el espacio del presídium. Coronaba el edificio una lona de tamaño mayor que pretendía cubrir a los numerosos asistentes de los rayos del Sol y de la lluvia.
Tuve en su momento la oportunidad de ver cómo se fue levantando aquel escenario majestuoso diseñado sobre el papel por las artesanas manos del Sup. Nada igual a lo que pudiera verse en cualquier otra parte del mundo, aunque no dejé de pensar en aquel momento que acaso experiencias de China o de Vietnam habían puesto algo de su parte para guiar el trazo maestro del diseño.
Los días de trabajo que me tocó observar de cerca en el proceso de la construcción del gran navío corrieron con furia de tormenta, en una fiesta de masas en la que compañeros indígenas de todo color y de todo pelo hicieron valer su disciplina, laboriosidad y celo. Trabajar tiempo completo durante 28 días, sin parar, fue lo que hizo posible el sueño extraordinario de Werner Herzog.
La prensa calculó que el día del evento estaban allí, subidos a cubierta, alrededor de 8 mil personajes de toda raza, nivel educativo, religión, creencia o fuero. Miles a mencionar, pero en este breve espacio sólo puedo hablar de los primeros que aquí me llegan a la mente: entre otros, Jorge Fernández Souza, Gonzalo Ituarte, Miguel Álvarez y Pablo Romo, pilares del núcleo que se hacía cargo de las labores de intermediación del Obispado con el EZ. Pero, ¿cómo no mencionar también a Carlos Monsiváis, Armando Bartra, Óscar Oliva, Arturo Alcalde, Juan Bañuelos, Luis Hernández Navarro, Juan Villoro, Enrique Flota, Antonio García de León. Pablo González Casanova o Rosario Ibarra? ¿Cómo no hablar de Carlos Payán, Arnoldo Martínez Verdugo, Elena Poniatowska, Sergio Zermeño, Guillermo Briseño, Carlota Botey, Rodolfo Stavenhagen, Gloria Muñoz, Herman Bellinghausen, Amado Avendaño, Raúl Ortega, David Huerta, Eraclio Zepeda o Mercedes Olivera? Efrén Capiz estaba en el escenario, como lo estaban también Emilio García Jiménez, Gabriela Sánchez, Adriana López Montjardin, Silvia Gómez Tagle, Bolívar Echeverría, y representaciones indígenas y campesinas de las 32 entidades federativas.

2

Cuando el Sup Marcos tomó el micrófono remitió a su muy moderno centro de estadística que no dijo “somos 8 mil” los asistentes. En sus propias palabras señaló: “Nadie, nadie de la Comisión Nacional Organizadora nos ha podido decir cuántos delegados, invitados, observadores, periodistas, gorrones, colados, orejas y extranjeros llegaron a esta Convención. Así que no sabemos cuántos somos.” Pero en realidad sí había un cálculo que dar a conocer, dirigido a aquellos oídos receptivos que pudieran entender que simple y llanamente los que estaban ahí –en las mismas palabras de Marcos– eran un chingo. El chingo sumaba en realidad no sólo a los presentes, sino también a los ausentes: los miles o millones de personas que a lo largo y ancho del país se habían sumado al movimiento. Incluyendo en ello a los extranjeros que de lejos o de cerca ya habían entregado su esfuerzo y corazón a la lucha zapatista.
Previo a la realización de la Convención Nacional Democrática, el 12 de junio, el EZLN había lanzado la Segunda Declaración de la Selva Lacandona, documento que se dirigía ahora a la “sociedad civil”, a la que pedía su aporte para mantener el cese al fuego “que permitiera organizarse”. A los partidos políticos los invitaba a que reconocieran la falta de derechos políticos existentes en los últimos 65 años. En el discurso de la Convención de Aguascalientes Marcos repetía estas palabras y era muy enfático en que el EZLN se habría levantado en armas no para matar sino para poder ser escuchados, así como para abrir la ruta que llevara a la formación de un gobierno de transición que, en adelante, sería prefigurado y convocado por la propia Convención Nacional Democrática reunida en su máxima posibilidad de representación en aquel navío de la Selva. El atrevimiento mayor era de hecho, en el discurso del Sup, convocar de una forma o de otra a ejercer el voto por la democracia en las elecciones que se desarrollarían el 21 de agosto, para formar el ya mencionado gobierno de transición y nombrar un Congreso Constituyente.
Con la Convención el EZLN dejaba de ser fuerza “convocante” y el movimiento indígena se consideraría sólo, en adelante, como una entre otras de las fuerzas que, viniendo “desde abajo”, transformarían de cabo a rabo a la Nación. La ruta perfilada sería entonces pacífica, en condiciones en que mantener las armas del ejército rebelde sería sólo una forma de forjar un sólido garante del proceso de cambios de fondo que el país necesitaba con urgencia.

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Después de dar su mensaje, el subcomandante Marcos se dirigió a la luchadora Rosario Ibarra de Piedra, para entregarle la bandera nacional en calidad de presidenta de la Convención.
El momento tuvo una mágica sincronía con los poderes del cielo pues después de esos instantes extáticos y espirituales de una comunidad que nacía o renacía en la esperanza empezó un viento y una lluvia –una tormenta– que nadie vio como señal de mal agüero sino como una bendición de algunos Seres superiores que venían acaso del Olimpo. Llegaba con ellos la intangible voluntad de todos los presentes de construir o de reconstruir aquellos mundos en los que cupieran muchos mundos.
La tormenta, poderosa, de pronto hizo caer la carpa enorme del navío y todos los presentes recibieron así las aguas de aquel tan mágico como inesperado bautismo. Las primeras luces del día siguiente del encuentro, ya sin lluvia, permitieron observar nítidamente el panorama: cada uno de los presentes hizo lo que tenía que hacer para dar a todos todo en su máxima posibilidad de solidaridad humana. ¿Preocupaciones? Varias. Entre otras las de la situación en la que estaban después del chapuzón algunos personajes que habían mostrado ya en el decurso del encuentro algún problema de salud o alguna dificultad para mover ligeros sus huesos y sus piernas. De ello recuerdo una que se me quedó grabada para siempre: al grito de “¡Monsi, dónde anda Monsiváis¡”, algunos nos fuimos a buscarlo y, después de unos minutos, lo vimos que venía allá a lo lejos: renqueando y con bastón, alegre como nunca, quien hizo valer entonces el genio de su lengua para contar a los presentes que se arremolinaron en torno a él para contar algunas de sus inigualables bromas y algunos de sus acostumbrados chistes.