Julio Moguel
Septiembre 12, 2025
LASCAS
Memoria y acontecimiento
Nota bene. En las dos primeras entregas de este “bloque” hice el recorrido que se inició con el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional el 1º de enero de 1994 y llevó a las conversaciones entre el gobierno federal y los insurrectos, extendiendo el relato a “la consulta de la Selva” que, en marzo, votó un NO rotundo a los puntos que la parte gubernamental había propuesto como resolutivos en la mesa de La Catedral de San Cristóbal de las Casas. Haré aquí un breve relato en torno a lo que sucedió en los días que siguieron a la ya referida consulta, tiempo crítico en el que se definieron las condiciones de alianza entre el movimiento democrático electoral encabezado por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano y el movimiento armado zapatista.
I
El NO rotundo que surgió como nuevo grito de rebeldía desde la Selva chiapaneca a los resultados del encuentro en la Catedral de San Cristóbal de las Casas entre el EZLN y La Gobernación (así le llamaban los zapatistas al gobierno federal y a su representación) marcó un nuevo nivel en el escenario “de la guerra”.
Lo importante a destacar aquí es que el proceso de diálogo y de la consulta, desarrollados entre el mes de febrero y marzo de 1994, no se llevó a cabo, como marcaba la apariencia, en un “tiempo de paz” (por el alto al fuego que se decretó el 12 de enero de aquel año), sino en “la continuación de la guerra por otros medios”. En ese impasse cada una de las fuerzas en conflicto se dedicó a afilar sus espadas y cuchillos y a modificar, en tonalidades no estridentes, el tablero geográfico y político en el que se movían.
No entraré aquí, por falta de espacio, a los detalles de estos reacomodos y a la valoración de los elementos que se implicaron en este periodo del impasse ya mencionado. Daré un par de saltos más o menos largos para hablar sobre el contexto nacional que fue estableciendo las tácticas y estrategias de las fuerzas democráticas (las resumo aquí como “el zapatismo” y “el cardenismo”), dado que Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano jugaba como candidato a la presidencia de la República para el voto nacional que se daría el 21 de agosto del “año de la guerra”, lo que obligaba al EZLN a definir sus parámetros de actuación “dentro o fuera” de un movimiento democrático pacífico que, en aquellos momentos, se pensaba, tenía buenas posibilidades de ganar con el poder del sufragio.
2
La campaña político electoral encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano en 1994, permitía ver en él a alguien capaz de tomarse la revancha frente al fraude electoral que le había quitado la silla presidencial en 1988. Cárdenas traía en una de sus manos la bandera del perredismo (y de otras fuerzas políticas aliadas), pero a pesar de haber sido su fundador y líder principal su presencia en el escenario nacional no dependía estrictamente del PRD, encuadramiento más encaminado, en sus fracciones dirigentes, hacia objetivos político-electorales de “escalamiento” y no necesariamente de verdadera transformación democrática.
Dicho de otra forma: el cardenismo era un movimiento que apostaba, igual que el zapatismo –así fuera desde diferentes perspectivas ideológicas y políticas–, por una reforma del Estado que implicara un verdadero cambio de régimen, mientras que el perredismo, en sus fracciones dominantes, tendía, como la cabra al monte, a una limitada pero “provechosa” reforma político-electoral.
No era menor el reto electoral que se jugaría el 21 de agosto de 1994, pues entraban en juego, además de las elecciones presidenciales en las que Cárdenas encabezaba las fuerzas de oposición desde la izquierda, la renovación de la Cámara Alta y de la Cámara baja, así como la elección de los representantes de la Asamblea Legislativa del Distrito Federal (hubo a la vez procesos electorales en algunas entidades federativas, como en Puebla y en Veracruz).
En dicha circunstancia, el EZLN abrió desde el primer trimestre de 1994 una posibilidad de alianza estratégica con el cardenismo –no con las cúpulas perredistas–, en un proceso de “apertura de amplio espectro” que lo llevó a convocar a la Convención Nacional Democrática (denominada también por los zapatistas como La Convención de Aguascalientes) para el día 8 de agosto del mismo año, en la comunidad de Guadalupe Tepeyac, a sólo dos semanas de las elecciones federales.
3
La coyuntura política antes referida había llevado a establecer algunos puentes de comunicación entre el EZLN y las fuerzas cardenistas; entre ellos, de manera muy especial, a través de un personaje emblemático que tenía importantes medallas en la lucha política nacional: Pablo Gómez Álvarez, quien había sido uno de los principales dirigentes del movimiento estudiantil-popular de 1968, con tan destacada actuación en tal momento histórico nacional que se convirtió en uno entre otros de los que durante varios años fueron encerrados en el viejo y tenebroso Palacio de Lecumberri (de milagro se salvó de morir el 2 de octubre en la masacre de Tlaltelolco).
El papel jugado por Pablo Gómez en la interlocución entre el EZLN y el movimiento cardenista, en lo que entiendo, fue suficientemente aceptable y meritorio durante un tiempo, pero había condiciones que, desde la exigencia del zapatismo, y también de alguna manera del cardenismo, en la etapa que se abría justo a partir de la consulta llevada a cabo en la Selva durante el mes de marzo –de cara a la coyuntura que se abría en el marco de la lucha social y la político-electoral cuyo horizonte más cercano era el de las elecciones federales de agosto de 1994– el mencionado y célebre personaje no cumplía a cabalidad. Primero, porque su perfil era “demasiado perredista”; segundo: porque la experiencia política de Gómez se había desarrollado básicamente en las asfaltadas calles de la capital (y/o de otras urbes del país), con poca o acaso nula presencia en los medios rurales.
Un buen día del mes de marzo, justo a partir de una conversación nocturna con el Sup, me enteré que, por tales motivos, la persona que entraría en sustitución de Pablo para la mencionada interlocución sería yo. Entendí de inmediato que dicho “nombramiento” tenía que ver con mis haberes de vinculación con los movimientos rurales (campesino e indígena, de manera particular), mi labor ya identificada por los años como articulista de La Jornada y director del suplemento del mismo diario La Jornada del Campo, mi temprana y muy estrecha relación con Cárdenas (había entrado en relación con él desde antes del 88, cuando había formado junto con Porfirio Muñoz Ledo la Corriente Democrática del Partido Revolucionario Institucional), así como por la pronta y decidida relación que tuve con un sector de la dirigencia del EZLN en las conversaciones de febrero realizadas en La Catedral de la ciudad coleta.
No me detendré demasiado en lo que implicaron mis tareas de interlocución, pero no puedo dejar de hablar de un momento decisivo de tales haceres: el que ayudó para que la relación entre el cardenismo y el zapatismo en aquel año del 94 se anudara en un evento en particular, a saber: la entrada de Cárdenas –y una no muy abultada comitiva– a Guadalupe Tepeyac, para concretar con la dirigencia política del EZLN lo que quedaría definido como un pacto “de palabra” que, quedaba claro, entraría a jugar a partir de ese momento en el escenario político nacional.
Concentraré la pluma de la próxima entrega en lo que fue el mencionado “encuentro en la Selva del cardenismo con el zapatismo”, incluyendo en ello la “reunión en corto” que no más de una decena de personas tuvimos “tras lomita” con la dirigencia político-militar del EZLN, ésta encabezada por el subcomandante Marcos.
Sólo adelantaré en este breve espacio que la fecha del encuentro fue el 12 de mayo del 94, con una complicada decisión tomada por Cuauhtémoc Cárdenas apenas dos días antes, después de que, estando hospedados en el Hotel Casa Vieja de la ciudad de San Cristóbal, pude “escaparme” (del acoso de algunos importantes perredistas que rechazaban tajantemente la pertinencia de “la visita” del candidato Cárdenas al corazón del territorio zapatista) a la comunidad de Guadalupe Tepeyac para trazar con Marcos y su “Estado Mayor” los términos logísticos y políticos del referido encuentro.
No es menor el hecho, a considerar, que Cárdenas tuvo que tomar tal decisión prácticamente en contra de la opinión de su equipo de campaña (donde se encontraban, por cierto, personajes que ni siquiera comulgaban con las posiciones de izquierda del perredismo, como Jorge Castañeda Gutman y Adolfo Aguilar Sínzer).
Para mí era claro en ese momento que el hijo de El General era plenamente consciente de que su liderazgo político e ideológico pesaba lo que un Continente frente a las Islas políticas que se movían a su alrededor.