EL-SUR

Sábado 04 de Julio de 2026

Guerrero, México

Opinión

HABLEMOS DE LIBROS

El caminar histórico del zapatismo. El EZLN (parte I)

Julio Moguel

Agosto 15, 2025

LASCAS

Memoria y acontecimiento

Nota bene. Con ésta y la siguiente entrega termino el “bloque” de historia “con base autobiográfica”, para entrar de lleno, en la columna que aparecerá en este mismo diario durante la primera quincena de septiembre, a temas relativos a la historia (el acontecimiento, la memoria) y la literatura, particularmente al vínculo íntimo que tales “especialidades” tienen o deben tener.
La emergencia y desarrollo de la “experiencia zapatista” cumple un papel central en la historia de México. Se sabe mucho sobre sus acciones más espectaculares y sus definiciones generales, pero poco sobre algunos de sus momentos más “íntimos”. Es ahí donde la perspectiva autobiográfica se vuelve útil, iluminando algunas facetas que, a estas alturas, creo, el lector no ha tenido oportunidad de conocer. En el entendido de que, como dijo el filósofo, “una sola gota de agua puede reflejar un mundo”. O, como dijo otro gran pensador, “Dios se encuentra en los detalles”.

1

El 1 de enero de 1994 me encontraba de vacaciones con mi familia en Puerto Vallarta, metido en la regadera a una hora relativamente temprana, cuando mi hija Mariana me dijo a gritos que en la televisión se estaba hablando de una insurrección de quién sabe quién, pero que no parecía tratarse de algún movimiento armado de otro país sino del nuestro. Incrédulo, pensando que a sus diez años de edad mi chiquilla podía simplemente confundir la leche con la manteca, terminé de bañarme sin mayores apuros y me puse a modo para ir a la playa en nuestro segundo día de seis que teníamos programados.
Las noticias que llegaban repetidamente por la caja televisiva siguieron su curso y de pronto escuché, antes de salir a la playa, la nota que sencillamente me fulminó: un ejército integrado por varios miles de indígenas se había levantado en armas en el estado de Chiapas, y tenían la pretensión de dirigirse de inmediato al centro del país para “tomar el poder”. Ni más, ni menos.
Así las cosas, mis vacaciones en Vallarta se fueron por un tubo y regresé con la familia a la Ciudad de México un día después del inicio de las acciones armadas con la idea de dirigirme lo más pronto posible al escenario del conflicto para lo que hubiera lugar.
Llegué a San Cristóbal de las Casas el 15 de enero de aquel 1994, con suficiente tiempo para acopiar información directa, hacer los contactos pertinentes y esperar alguna señal que pudiera indicarme el “qué” y el “cómo” entrar en algún determinado papel a la lid.
El 21 de febrero se iniciaron los primeros diálogos de paz, encabezados por Manuel Camacho Solís por la parte gubernamental, y el subcomandante Marcos y una docena de comandantes del Ejército Zapatista por la parte del EZLN. La sede: la Catedral de San Cristóbal, con un anfitrión que parecía venir literalmente del cielo: el obispo don Samuel Ruiz.
Es difícil mostrar en un brochazo la lógica del protocolo y el ambiente en el que “negociadores” y prensa y televisión –más colados, que ciertamente había–, vivimos entonces en aquellos momentos históricos en los que todos hablaban de cambios profundos y de transformaciones posibles en escala mayor. Pero lo que sí puedo decir aquí es que cada conferencia de prensa en la que se presentaban los resultados del diálogo y las negociaciones a las que habían llegado las partes se convertía en un momento extático de escucha y de integración especial entre los oyentes, conformando, con tejidos invisibles, una especie de flotante y muy simpática y edificante comunidad de soñadores activos.

2

Dentro del grupo de mayor presencia en los procesos de intermediación y paz relacionado con la Diócesis de San Cristóbal, el EZLN y otros actores sociales y políticos existía un grupo muy eminente en el que participaban, entre otros, Miguel Álvarez, Gonzalo Ituarte (Vicario para la Paz), Pablo Romo (director del Centro de Derechos Humanos Fray Bartolomé de las Casas) y Jorge Fernández Souza (encargado en gran parte de los procesos propiamente jurídicos de todo el asunto).
Conocía a cada uno de ellos por muy distintas vías y razones, pero mi relación de mayor amistad y de contacto era Jorge Fernández, con quien había participado activamente en una organización política de sello maoísta cuyo nombre era Organización de Izquierda Revolucionaria-Línea de Masas.
Fue precisamente Jorge Fernández quien hizo aquella llamada telefónica nocturna en la que me informaba que “aquellos” tenían algún interés en verme para platicar en torno a la temática agraria y de las luchas campesinas e indígenas en México. Mi pregunta, ya por la hora lerda y somnolienta, fue que “para cuándo se había programado la referida reunión”. La respuesta de Jorge, cantada en su particular manera yucateca de hablar, trastornó en ese momento mis sentidos y mis conocimientos primarios de lógica formal: “Ahora mismo es cuando te quieren ver, así es que vente en chinga loca a la Catedral”.
Me quedé helado con la respuesta de mi amigo. Mas resultó que en menos de veinte minutos estaba a un costado de la Catedral, hacia las 12 y media de la noche, sin saber por dónde es que Jorge me había dicho (¿me había dicho?) que tendría que entrar al santificado edificio del siglo XVI.
Pero no hubo ninguna dificultad pues un compa indígena que ni siquiera me dio su nombre se acercó a mí para llevarme prácticamente de la mano a la entrada “secreta” de aquella mole de piedra y de cantera, en un acto que entonces supuse que algún dios todopoderoso y omnisciente había sacado, como escena, de algunas líneas de Rulfo.
Mis nervios no tendrían que traicionarme. Esa era mi férrea voluntad. Pero cuando apareció de pronto el tropel de comandantes encabezado por Marcos me sentí extrañamente como en mi casa, sin una chispa de nervios y sin tener en las manos o en la nuca ni siquiera una gota de sudor.
“Bienvenido Julio Moguel a este territorio liberado”, fue lo primero que me dijo el Sub, mientras me saludaba de mano. Y yo respondí con una franca sonrisa y un “encantado de estar aquí, a sus órdenes”, mientras saludaba de mano y sin decir más a los seis comandantes que llegaron con él.
“Te hemos leído en La Jornada y en otras partes, y sabemos que algo conoces del tema campesino y agrario”, dijo Marcos mientras perfumaba el espacio con el maple y vainilla de su pipa. “Y además sabemos de algo más de tu trayectoria de vida, lo que nos dio confianza para pedirle a Jorge que te llamara”. Soltó en ese momento una dulce y fresca sonrisa que se dibujó claramente detrás del pasamontañas, para luego pedir a la comandancia que se presentaran sin más con “nuestro invitado especial”.

3

“Somos todo oídos”, dijo Marcos cuando me dio la palabra, y respiré con alguna profundidad antes de empezar. “Pues resulta que”…y todos los etcéteras que la improvisación me dio permiso expresar. No obstante, recuerdo que traté de establecer un marco general sobre la situación agraria del país, así como de la situación de Chiapas, refiriéndome además a otros movimientos que yo consideraba exitosos o importantes a considerar en el marco de aquellas realidades del “México actual”.
Pensé entonces, dado el cansancio que yo suponía prevalecía entre los comandantes y en Marcos, que en ese momento simplemente me darían las gracias y un “hasta luego” o “Ahí te ves”, pero se extendió el diálogo hasta un poco antes de que cantara el gallo con preguntas y comentarios de todo sabor y color, con la preeminente participación de Marcos, del comandante Juan y del comandante Raúl.
Marcos señaló el momento para terminar el encuentro e irse a descansar, pues en unas horas se reiniciarían las sesiones de diálogo con el Comisionado y adjuntos y aún tenían que revisar algunos de los temas a tratar. Todos se levantaron como resortes e iniciaron el retiro del lugar, pero el Sub se quedó dos o tres minutos más para agradecerme y decirme que, aunque yo no era reportero sino columnista de La Jornada, me esperaba al día siguiente para que con algún otro compañero del diario le hiciera, también en horas nocturnas, una entrevista que pudiera tocar algunos temas de los que hasta el momento nada o poco había podido decir.
Una entrevista llevó a una segunda, mismo horario mismo lugar, y de ahí siguió la invitación de Marcos a que pudiera encontrarlo en la Selva durante la consulta comunitaria que sobre los primeros diálogos de San Cristóbal el EZLN estaba en la necesidad de hacer.
La visita a la Selva en el mes de marzo terminó por ser para mí y para un pequeño grupo de “simpatizantes o aliados” un momento decisivo del proceso de integración al movimiento indígena levantisco de Chiapas. Por lo menos sabíamos ya, a ciencia cierta, que en ese lugar se estaba cocinando una parte importante o definitiva de la historia moderna de México.