Julio Moguel
Septiembre 30, 2025
LASCAS
Memoria y acontecimiento
(parte 4)
Nota bene. En las tres entregas anteriores he hecho el recorrido que inició con el levantamiento armado del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, el 1º de enero de 1994, pasó por la “consulta en la Selva” en torno a las propuestas de negociación que había presentado “la Gobernación” en la Mesa de Diálogo de San Cristóbal de las Casas durante el mes de marzo de mismo año, y aterrizó en el establecimiento de un pacto de honor para “tomar el Cielo por asalto” entre el cardenismo y el zapatismo, acuerdo que, de palabra y tras bambalinas, se dio el 12 de mayo en la comunidad de Guadalupe Tepeyac. Hoy me centraré en la reunión y en el “acuerdo secreto” mencionado.
I
La historia que he venido relatando llevó, de marzo a mayo de 1994, a un cambio de rumbo en la estrategia del EZLN, en el que, en lugar de Pablo Gómez, yo asumí las tareas de interlocución entre las dirigencias de ambas fuerzas (del cardenismo y del zapatismo), con la suficiente distancia de un perredismo que, si bien era parte indisociable del proceso que llevaba a Cárdenas a pelear por la presidencia del país en el terreno electoral, tendía, como la cabra al monte, en sus niveles directivos (no necesariamente en una buena parte de “sus bases”), hacia un posicionamiento más pragmático y “conveniente”, no necesariamente ligado a la idea de llevar a cabo una reforma del Estado que culminara en un cambio de régimen de un alcance histórico sin igual.
Relaté, en la última entrega, que el acuerdo con el EZLN para que Cuauhtémoc Cárdenas entrara a los territorios zapatistas se llevó a cabo a través de un “ida-y-vuelta” de mi parte de Guadalupe Tepeyac a San Cristóbal de las Casas y de San Cristóbal de las Casas a Guadalupe Tepeyac. Y que Cárdenas tomó la decisión de entrar a la Selva después de que se enteró por mi conducto de las condiciones que el Subcomandante Marcos y una parte de la comandancia general del EZLN ponían para recibirlo con pompa y suficiente brillo en territorio zapatista: a) Que Cárdenas no llegara a la tierra zapatista como “candidato” sino como líder de un movimiento democrático nacional en lucha por la paz y por la democracia; b) Que el núcleo a ser recibido en Guadalupe Tepeyac no fuera numeroso, y que no incluyera a persona alguna de la dirección perredista; c) Que se llevaría a cabo una reunión en corto y tras lomita entre los dirigentes de las partes, pero que no se firmaría ningún papel o documento pues la palabra empeñada era lo que realmente valdría; d) Que no se desarrollaría ningún acto público vistoso y con fuegos artificiales; e) Que el recibimiento por parte del EZLN a la comitiva designada no inhibiría lo que pudiera ser o aparecer como una “crítica”, acaso fuerte, al propio movimiento cardenista, pero sobre todo a la dirigencia perredista.
Cárdenas revisó unas horas después, el 11 de mayo en la madrugada (cuando yo pude regresar de la Selva), lo planteado por la dirección zapatista, y decidió, en contra de la opinión de la mayor parte de los perredistas que se encontraban con él, que se cambiaría el programa de la gira electoral pues iría a Guadalupe Tepeyac con una comitiva que él mismo seleccionaría. Los malos gestos de Porfirio Muñoz Ledo y de otros miembros de aquel núcleo de activos perredistas que en ese momento se concentraba en el Hotel Casa Vieja, en San Cristóbal de las Casas, más el pretendido veto expreso de asesores como Jorge Castañeda y de Adolfo Aguilar Zinzer, no modificaron ni un milímetro la decisión tomada por parte del hijo del General. Sólo Adolfo Gilly apoyó firmemente la realización del encuentro.
2
Aquel 12 de mayo de 1994 la entrada de Cárdenas y de su comitiva a Guadalupe Tepeyac fue relativamente difícil, pues el núcleo indígena de recepción, tojolabal en su mayoría, constituía uno de los segmentos más radicales y militaristas del zapatismo, y muchos de ellos no comulgaba con la idea de que se concretara una alianza política con el movimiento que el hijo del General encabezaba. Pero ya instalados en un lugar abierto, frente al podio levantado a pulso por los lugareños, el EZLN hizo un saludo inesperado: de pronto, y desde diferentes puntos del terreno, aparecieron como el viento cientos de milicianos zapatistas armados, realizando una escenificación militar que a todos nos dejó estupefactos. Bloques compactos de milicianos armados con sus conocidos pasamontañas entraron en línea al escenario, en un orden y una calidad de movimientos que cualquier Ejército entrenado hubiera podido envidiar.
Después de ello, los milicianos zapatistas se retiraron en orden, y el resto de la comitiva cardenista se quedó sobre la planicie a platicar con algunos lugareños tzeltales sobre la vida eterna o sobre la inmortalidad del cangrejo. Mientras ello sucedía, Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, Lázaro Cárdenas Batel y yo fuimos conducidos “tras lomita” para la reunión secreta que se desarrollaría con el Sup y su propia comitiva, formada en ese momento por los comandantes Tacho, Moisés y Zebedeo.
3
La plática secreta duró unas dos horas. En ella se habló sobre la circunstancia política en la que se debatía el país; sobre las elecciones federales y locales a celebrarse el 21 de agosto; sobre la nociva y la cada vez más descarada posición intervencionista de los gringos; sobre el movimiento de izquierda y revolucionario en América Latina; sobre la perspectiva de conformar una especie de Frente o Movimiento en el que, entre otras fuerzas, quedaran inscritas como piezas motrices de la lucha tanto el cardenismo como el zapatismo. La coincidencia era prácticamente total y, si ganaba Cárdenas en las elecciones, la reconstrucción de país se daría sobre nuevas bases, a saber: no partidarias, movimientistas, con democracia directa (no sólo representativa), con el establecimiento de un régimen de pluralismo jurídico dado a partir del reconocimiento pleno a los derechos de los pueblos y comunidades indígenas.
Un tema que generó cierta tensión, pero que no llegó a mayores, fue la insistencia de Marcos y de los comandantes que se encontraban presentes de que el PRD, si bien contaba y tenía que contar como fuerza activa sobre el tablero, habría de someterse a las líneas que habían quedado dibujadas en “el Pacto de palabra”, pues el zapatismo veía en la dirigencia de dicho organismo político una clara tendencia hacia el oportunismo y hacia el simple “escalamiento político posicional”.
El 19 de mayo del año mencionado escribí en La Jornada un artículo titulado “Encuentro de Cárdenas y el EZLN en la selva”. Conviene transcribir de éste algunas líneas para completar los contenidos de aquel diálogo de rebeldías: “El candidato del sol azteca fue tratado por el EZLN y el subcomandante Marcos en calidad de un futuro jefe de Estado; como una de las opciones más viables y a la mano para que [pudiera] darse la vía pacífica a un cambio de régimen (que no de gobierno), como el único candidato a la Presidencia de la República que [pudiera] adoptar sinceramente –como lo hizo verbalmente Cárdenas en el encuentro de Guadalupe Tepeyac– los 11 puntos por los que los zapatistas se fueron a la guerra en el amanecer de 1994. Los zapatistas preguntaron a Cárdenas sobre sus propuestas y su programa para el futuro gobierno, pero también dieron marco a sus propios anhelos de cambio y sus ideas [en torno a lo que venía]: fin del sistema de partido de Estado, gobierno de transición y nueva constitucionalidad, pluralidad de mandos gobernantes, construcción de una nueva socialidad. Las coincidencias fueron importantes y predominaron de cara a los puntos de divergencia, con todo y la evidencia y el reconocimiento implícito de la gran disparidad en concepciones ideológicas y en ‘métodos’. No se firmó ningún pacto político. A nadie se le ocurrió que desde allí podría influirse para zapatizar al PRD o para perredizar al zapatismo”.
Aquella reunión secreta encabezada por Cuauhtémoc Cárdenas y por el subcomandante Marcos terminó con enlaces de mano cálidos y serenos, mientras en la planicie se desarrollaba, en forma, una boyante fiesta popular que caló profundamente en la mente y en el corazón de todos de los invitados. El hermanamiento colectivo se había dado entre la música y el baile.
Pensé, entonces, que milagrosamente el mundo había cambiado finalmente su eje de rotación.