Federico Vite
Febrero 11, 2025
Tomo como arranque a Elio Vittorini, no porque sea italiano, ni mucho menos porque lo que escribió de Sicilia sea importantísimo para quienes anhelan entender el carácter meridional, sino porque considero que su trabajo es significativo. Respeto a Vittorini porque tuve la fortuna de haber encontrado un sustancial libro suyo: Sardegna come un’infanza (Cerdeña como una infancia, 1952). Es una bitácora de viaje en la que Vittorini habla de lo que veía, sentía y pensaba. Así de simple, como si fuera un reportero, pero el resultado es asombroso, porque el lector descubre una prosa intensa y entiende a cabalidad la experiencia de habitar una región tan mágica, sombría y misteriosa como Cerdeña. Habla de árboles, de playas, de la vida nocturna de los costeños, del mar en calma y los delirios que propicia. Describe los paisajes: bosques, playas, islas, varaderos, hoteles de dos estrellas, restaurantes, campiñas y una región selvática, casi virgen. El traslado en carretera sirve de contrapunto para no abrumar al lector con la vida costeña, porque de pronto pareciera que todas las playas son iguales: alcohol, mujeres, pesca y música. Pero lejos de hacer coloquial el relato, Vittorini recurre a otra modulación específica de la prosa. Un ejemplo es el siguiente: “En la parte más alta del bosque los árboles son de un follaje canoso y erizado, poseen troncos que sangran”.
Sardegna come un’infanza narra una gira por Cerdeña. Vittorini obtuvo el primer lugar de un premio al que convocó la revista L’Italia literaria. Su “diario” obtuvo el galardón gracias al beneplácito de un jurado en el que participaba la premio Nobel italiana Grazia Deledda. En 1936, el “cuaderno sardo” fue publicado por primera vez; se titulaba Viaggio in Sardegna. Vittorini no dejó de trabajar en el texto y publicó una versión definitiva de este compendio de crónicas en 1952 con el título Cerdeña como una infancia. Es decir, estuvo trabajando en un libro de su juventud durante 16 años. ¿Por qué? Ya no tenía motivos para volver a ese texto, ya había publicado sus obras mayores: Conversazione in Sicilia (1941), Uomini e no (1945), Le donne di Messina (1946). Yo sospecho que regresó al libro que hoy traigo a cuento por una razón, había que afianzar el primer ladrillo de un edificio literario. Y bueno, lo lógico es que usted se pregunte, ¿qué le puede interesar a un lector de Guerrero este tipo de ajustes literarios? La respuesta sería más ambiciosa. Hablo de un siciliano porque pone en la gran pizarra del mundo una enseñanza para todo oficiante de la literatura: la reescritura.
En este momento pareciera que la reescritura es una equivocación, un sinsentido para quien piensa en “la desquiciante carrera de escritor” como una línea vertical y fulgurante. En suma, la reescritura se percibe como un error, ahora nadie regresa a los libros fundacionales. Al contrario, habría que alejarse de ellos.
Vittorini pone sobre la mesa una línea de estudio interesante, un aspecto raro para los escritores que asumen lo literario como una serie constante de publicaciones cuya importancia es medida por los impactos publicitarios de “su obra”. La reescritura decanta otras ideas que hacen ver menos inmaduros los libros que nacieron de un autor muy joven —a veces no es necesario, pero es importante considerar la opción.
Al visitar Sardegna come un’infanza tuve la impresión de leer un libro recién publicado. La prosa es concisa, precisa e intensa. El estilo de vida de los ciudadanos que conviven, dialogan y disertan en esta bitácora de viajes sí parece de otro tiempo. Hay momentos en los que la vida semirural de Cerdeña le permite al autor hablar de cabras y de viviendas –hechas con materiales endebles (barro y leños)– como los “fermentos mitológicos que no destruye el tiempo” ni el progreso, diría yo. Y esta aseveración me lleva de la mano a un libro con características parecidas; me refiero a Acapulco (1979), de Ricardo Garibay, harto comentado en este diario y en este espacio. Pero, me temo, es un texto aún vigente.
Mientras avanzaba en la crónica de Vittorini, también pensé que un buen narrador no sólo mira sino que percibe. No basta con la recreación del habla popular, no basta con el uso quirúrgico del lenguaje, sino que la emoción que propicia una visita a un lugar determinado influye bastante en el resultado del texto. En el caso de Garibay, conocemos el resultado, Acapulco es una arbitrariedad; en el libro de Vittorini se siente el alma de Cerdeña. Ergo: debido a la voluntad poética de Vittorini, Cerdeña es entrañable; pero en el caso de Garibay, gracias a la denuncia política, Acapulco es una entelequia fuera de la ley.
Vittorini, después de publicar Sardegna come un’infanza manifiesta una actitud política bien definida en Il garofano rosso (El clavel rojo/ 1948). Esta novela fue censurada debido a una detallada descripción de las relaciones sexuales que el inmaduro protagonista mantenía con una prostituta. Gracias a ella el joven de esta historia entiende un aspecto esencial: la violencia fascista es imparable. Garibay, después de lanzar Acapulco, publicó otro tomo de crónicas: De lujo y hambre (1981), después vendrían sus memorias: Fiera infancia y otros años (1982). Hago esta odiosa comparación para preguntarme en voz alta, ¿qué coincidencia es ésta de escribir sobre una región específica del mundo y mostrarnos así una pasión personal por el lenguaje, por los ecosistemas marinos y las virtudes o errores de los gobernantes? No lo sé, pero me temo que con este breve artículo sondeo un poquito algo del no sé qué que qué sé yo de todo esto: ¿por qué uno escribe lo que escribe?
Tanto el mexicano como el italiano ponen de manifiesto un hecho: la vida en las costas posee rasgos de inocencia que de inmediato se ven opacados por la malicia intrínseca en el desarrollo urbano.
* Para la realización de este artículo se usó la edición de Sardegna come un’infanza de la editorial italiana Il Maestrale, publicada en 2022, posee 160 páginas. Como es costumbre en este espacio, la traducción de las frases entre comillas es mía.