EL-SUR

Lunes 06 de Diciembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

El ciclón de 1912

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 12, 2015

El tiempo seguirá su marcha marcada por el Reloj de Palacio. El mismo donado al puerto por empresarios italianos e inaugurado por el alcalde Nicolás Uruñuela Elliot. Ello en ocasión del Centenario de la Independen-cia, en septiembre de 1910. Los acapulqueños lo siguen mostrando con orgullo a sus visitantes y hasta presumen que con él no necesitan relojes ni de pulso y menos despertadores. Poco tiempo, sin embargo, les durará la vanidosa presunción. Digamos dos años.
Acapulco es azotado el 12 de octubre de 1912 por un ciclón cuyos vientos de 205 kilómetros por hora destruyen todo a su paso. Sucumben el dichoso Reloj de Palacio, el faro de La Roqueta, muchas casas e infinidad de árboles y palmeras. Los cronistas Tabares –Liquidano (Crónica de Acapulco) y don Rosendo Pintos Lacunza (Monografía anecdótica de Acapulco), narran la tragedia:
“A las cuatro de la tarde inició un fuerte viento con aguacero y a las cinco y media arreciaron. Dos horas más tarde era un ciclón de-sencadenado. Los vientos soplaban con aullidos diabólicos, tanto que aquello parecía el día del Juicio Final. Volaban por los aires láminas y tejas dejando sin techo a la mayor parte de las casas de la ciudad. Parecía como si en Acapulco no quedaría una sola alma viva. El crucero estadunidense Maryland parecía un juguete bajo la voluntad de los vientos. No será arrastrado por el furioso oleaje gracias a su potente maquinaria y a su doble anclaje”.
Por fin, a las 11 y media de la noche comenzaron a amainar los vientos y la lluvia. Será entonces cuando los acapulqueños empiecen a salir de sus refugios, muchos de ellos en búsqueda angustiosa de los suyos. Todos ellos con candiles de petróleo en mano por la oscuridad reinante. Las calles, por lo demás, resultaban intransitables convertidas en arroyos arrastrando montañas de basura, animales muertos; muchos árboles y palmeras derribadas. Frente a tan espesa negrura, los marinos estadunidenses lanzarán sobre la ciudad sus potentes reflectores.

Acapulco destruido

La precaria luz del nuevo día mostrará, ante el espanto y dolor de los porteños, la destrucción casi total de Acapulco. Para empezar, la torre del reloj público había sido arrancada de sus cimientos y la máquina helvética despedaza luego de volar por los aires. Destruidos, igualmente, el faro de La Roqueta, el muelle de la compañía minera American Smelting Company y las oficinas del ferrocarril. Sobre la calle del Fuerte de San Diego (Morelos) se reportará despeñada, la casa de don Crispín Rivera, lo mismo que las recién entregadas a los damnificados del ciclón de 1909.
El río Camarón desvía caprichosamente su curso hacia el Barrio Nuevo, impidiendo el libre acceso al panteón de San Francisco, incluso en el mero Día de Muertos. Solo dos de 30 casas del barrio de La Candelaria quedaron en pie y algo similar ocurrirá en otros barrios del puerto. Flotando en la bahía millares de aves marinas, lo mismo que pollos, gallinas, cerdos y perros. La plaza Álvarez, cubierta de arena y desgajados los árboles de mango que la circundaban.
¡Noche horriblemente tenebrosa en la que todos supimos y vivimos lo que era un ciclón!

Tres alcaldes tres

Será don Cecilio Cárdenas el alcalde de Acapulco que atienda la contingencia del ciclón. Lo acompañarán el síndico Gumersindo Lobato y los regidores Ignacio Fernández, Miguel R. Guillén y Francisco Galeana. Será este el tercer cabildo durante 1912 por causa de la inestabilidad política de la entidad. Derivada ésta de la ruptura entre don Francisco I. Madero y el general Emiliano Zapata. Primero porque Madero se niega a la restitución de parcelas en Morelos y aquí porque el Caudillo del Sur rechaza la designación de un gobernador maderista, el general Ambrosio Figueroa. Ello no obstante pertenecer a la familia precursora del movimiento armado en Guerrero.
Los dos cabildos anteriores, con duración de escasos meses cada uno, estuvieron encabezados el primero por Francisco Martínez García, con los ediles Juan H. Luz Nambo, Rafael Torres, Delfino Funes, Cleto Trujillo y Doroteo Lobato. En el segundo sube como alcalde el regidor H. Luz Nambo, entra como síndico Domingo González y permanecen como ediles Delfino Funes, Federico H. Luz, Cleto Trujillo y Doroteo Lobato.

J. Inocente Lugo

Gobernaba entonces la entidad el licenciado José Inocente Lugo (1911–1913) destituido y apresado por el usurpador Victoriano Huerta. Más tarde será diputado en el Constituyente de 1917, subsecretario de Gobernación con el presidente Adolfo de la Huerta, gobernador del territorio de Baja California y senador de la República por Guerrero.
La carestía

Por efectos inmediatos del ciclón y en general del movimiento armado, las subsistencias populares escasearán dramáticamente y consecuentemente subirán de precio en forma desproporcionada, alarmante:
El saco de maíz, por ejemplo, subió de $30 a $100; la harina de $3 a $25 el kilogramo; la carne de res $1.50 el cuarto; la media lata de manteca $100: el kilo de carbón 30 centavos; la lata de aceite de coco, 3 pesos. Azúcar 31 centavos el kilogramo; el frijol prieto 38 centavos kilo y el arroz a 36 centavos el kilo.
La falta de trabajo y el hambre propiciarán una migración incontrolable hacia el puerto, procedente de todos los puntos de la entidad y particularmente de las localidades del municipio. La mendicidad hará presente su rostro desgarrador y junto con ella los robos e incluso los asaltos. Acapulco vive una situación caótica sin que los alcaldes puedan brindar seguridad a los acapulqueños.

Las tiendas de raya

Las tiendas de Acapulco, propiedad de los españoles, dueños por lo demás de vidas y haciendas, hicieron aquí las veces de las tiendas de raya del Porfiriato. De “raya” porque en ellas cobraban sus salarios los peones y toda clase de trabajadores. No en dinero contante y sonante sino en especie. Hoy mismo los trabajadores se “rayan” cada quincena.
Los precios de las mercancías eran por ello mucho más caros, siempre sujetos a la voluntad del patrón. Tiendas que fueron el medio para obligar a los campesinos y a empleados a vivir siempre subyugados a una deuda irredimible. En ellas podían escasear los comestibles, pero jamás alcohol.
Alcaldes porfiristas

La serie Alcaldes de Acapulco llega a su fin con esta entrega número XXXVI dedicada a los presidentes municipales del puerto designados directamente por el presidente Porfirio Díaz o bien a través del gobernador del estado en turno.
No se trata de una despedida –¡ni por pienso!–, sino de un paréntesis de fin de año que el cronista dedicará a indagar quiénes fueron y qué hicieron los alcaldes del siglo XX. Productos estos sí del Sufragio Efectivo. El Efectivo de Los Pinos y/o de la Casa Guerrero.

A la hora señalada

Como no queremos dejar trunca la historia del Reloj de Palacio, con pasajes rocambolescos y un final misterioso, ocuparemos este final para desentrañarla.
El reloj suizo donado a Acapulco por los empresarios italianos Rómulo y Nicolás Allegretti, es rescatado entre montañas de lodo por don Benjamín H. Luz Castillo, a cuyo cuidado estuvo los dos años de su operación. Luego de reunir las piezas vitales de la maquinaria, don Benjamín pide al alcalde don Samuel Muñúzuri (1911-1912) la restauración inmediata del reloj antes de que “se pegue” y ya no sirva. En aquel mismo momento, el alcalde Muñúzuri dispondrá que la maquinaria del reloj de palacio sea trasladada a la ciudad de México, donde deberá entregarse para su compostura a la joyería La Esme-ralda, en Madero con Isabel La Católica.
Pasarán a partir de entonces nueve alcaldes de Acapulco sin que ninguno de ellos pregunte por el reloj de palacio. O si preguntaron se hicieron los sordos cuando el señor Castillo les informó su paradero y el costo de la compostura. “¡Con qué ojos, divina tuerta”!, era entonces una respuesta común. Nueve alcaldes que en 15 años no supieron del sonido de las campanas del reloj traído de Suiza.
El misterio del reloj desaparecido quedará desentrañado cuando el alcalde Manuel L. López (1927-28) ordene la construcción de una torre con estilo dórico para albergarlo. Ocupa el mismo lugar que la anterior pero más ancha y dos metros más baja. Encargado de la reinstalación, don Benjamín H. Luz dejará el campanario a cielo abierto, recibiendo muchas críticas por exponer el metal a las inclemencias del tiempo. Yo tengo mis razones, contestará él. Y es que, enclaustradas, las campanas no se hubieran escuchado en todo aquel viejo Acapulco.

Doce campanadas

“A la media noche del 31 de diciembre de 1927 –relata la crónica de los Tabares–, Liquidano (Crónica de Acapulco), se escucharon las 12 campanadas del repuesto reloj de palacio, reinaugurado por el presidente municipal Manuel L. López. Asistió al acto un numeroso público el que aplaudió complacido este beneficio”.
“La base de la torre servía de entrada al Palacio Municipal, Se subían algunas gradas (¿10?) para dar paso a una pequeña rampa; aparecían otras gradas (¿15?) y por último el piso del corredor abierto”.

Reloj no marques

Cuando en los primeros cincuentas el palacio municipal sea reubicado a un mercado de zona, el viejo inmueble azotado por los terremotos seguirá ocupado por oficinas públicas. Entre ellas el Ministerio Público, los juzgados penales, las comandancias policiacas y en su interior la cárcel municipal. Enton-ces el reloj, su cara norte, será depredado ferozmente por los reclusos hasta destruir la carátula de loza italiana, incluso sus manecillas de acero. Las campanas, sin embargo, seguían cantando las horas, como presumía don Julio Vélez, entonces encargado de la maquinaria.
Para los reos sentenciados a largas condenas resultaba una tortura insufrible escuchar el tic tac del segundero y las muchas campanas durante el día y la noche. El alcaide Guillermo Reus revelará que un criminal se le habría adelantado al compositor Roberto Cantoral. Sentenciado a 30 años de prisión, no cantaba pero si gritaba aquello de “reloj no marques las horas porque voy a enloquecer” (El Reloj).

Otra vez, perdido

Un salto hasta el 69, el año 1969. El alcalde Israel Nogueda Otero decide construir un nuevo palacio municipal, para relevar al de 1910. Ordena entonces bajar el reloj donado por los Allegretti, acción que dirige con cuidados extremos el propio señor Vélez. Se le guarda en una bodega con otros bienes municipales, siempre bajo custodia policiaca. El proyecto es instalarlo en una torre anexa al “redondel”, pero ello nunca sucederá porque el reloj del Centenario desaparecerá.
¿Dónde quedó el reloj de palacio?, preguntaron mil voces porteñas.
–De que se lo chingaron no hay duda –respondió el jefe de la policía, sin anunciar ninguna investigación exhaustiva, como se acostumbra en esos casos. Quienes se lo hayan chingado son seguramente chingones y no estos tarugos para que me chinguen.