Octavio Klimek Alcaraz
Marzo 28, 2026
El clima de la Tierra atraviesa una etapa de profunda descompensación sin precedentes desde que existen registros instrumentales. Así lo confirma el informe Estado del clima mundial en 2025, presentado por la Organización Meteorológica Mundial (OMM) con base en aportaciones científicas de servicios meteorológicos nacionales, centros regionales, organismos de Naciones Unidas y numerosos especialistas. Los datos muestran que los 11 años entre 2015 y 2025 han sido los más cálidos jamás registrados, lo que evidencia una tendencia sostenida de calentamiento global con consecuencias de largo alcance para los sistemas naturales y las sociedades humanas (https://library.wmo.int/records/item/69807-state-of-the-global-climate-2025).
Durante 2025, la temperatura media global superó en alrededor de 1.43 grados los niveles del periodo preindustrial (1850-1900), ubicando a ese año como el segundo o tercer más cálido del que se tiene constancia, dependiendo del conjunto de datos utilizado. Los fenómenos meteorológicos extremos –olas de calor, lluvias torrenciales, ciclones tropicales, sequías e inundaciones– se intensificaron y afectaron a millones de personas, provocando pérdidas económicas multimillonarias y poniendo en evidencia la vulnerabilidad de economías y sociedades cada vez más interconectadas.
Uno de los elementos centrales del informe es la incorporación, por primera vez, del desequilibrio energético de la Tierra como indicador climático fundamental. Este concepto describe la diferencia entre la energía solar que ingresa al sistema terrestre y la que se devuelve al espacio. En condiciones estables, ambas magnitudes son aproximadamente equivalentes. Sin embargo, las concentraciones crecientes de gases de efecto invernadero –dióxido de carbono, metano y óxido nitroso– han alterado de forma significativa este balance, atrapando calor adicional en la atmósfera, los océanos y las masas de hielo.
Las concentraciones actuales de estos gases han alcanzado niveles no observados en cientos de miles o incluso millones de años. El dióxido de carbono, en particular, registró en 2024 la mayor tasa de aumento anual desde que comenzaron las mediciones modernas en 1957. Este incremento responde tanto a las emisiones continuas procedentes del uso de combustibles fósiles como a la disminución de la capacidad de los océanos y los ecosistemas terrestres para absorber carbono.
El desequilibrio energético del planeta es hoy el más elevado de los últimos 65 años. Desde que comenzaron las observaciones sistemáticas en la década de 1960, se ha registrado un aumento progresivo de esta descompensación, que se ha acelerado notablemente en las dos últimas décadas y alcanzó un máximo histórico en 2025. Más del 91 por ciento del exceso de energía se acumula en los océanos, mientras que una pequeña fracción calienta la atmósfera (1 por ciento) y las superficies continentales (5 por ciento). El resto contribuye directamente a la fusión de los hielos (3 por ciento).
El océano desempeña un papel crucial como regulador del clima, ya que absorbe la mayor parte del calor adicional generado por el efecto invernadero. No obstante, esta función tiene un alto costo ambiental. En 2025, el contenido de calor oceánico –medido hasta una profundidad de 2 mil metros– alcanzó el nivel más alto desde que existen registros, superando el récord del año anterior. La velocidad de calentamiento oceánico en el periodo 2005-2025 fue más del doble que la registrada entre 1960 y 2005.
Como consecuencia, aproximadamente el 90 por ciento de la superficie marina experimentó al menos una ola de calor durante 2025. Este calentamiento afecta gravemente a la biodiversidad, deteriora los ecosistemas marinos, reduce la capacidad del océano para actuar como sumidero de carbono y favorece la intensificación de tormentas tropicales y subtropicales. Además, acelera la pérdida de hielo marino en las regiones polares.
La elevación del nivel medio del mar es otra de las señales más claras del cambio climático. En 2025, el nivel global del mar se situó cerca de los valores más altos jamás registrados, aproximadamente 11 centímetros por encima del nivel de 1993, cuando comenzaron las mediciones satelitales. Aunque el aumento interanual entre 2024 y 2025 fue ligeramente menor debido a la influencia de La Niña, la tendencia de largo plazo sigue siendo claramente ascendente. Desde 2012, la tasa de aumento del nivel del mar ha sido superior a la observada en las primeras décadas de la era satelital.
El incremento del nivel del mar provoca inundaciones costeras, erosión, salinización de acuíferos y daños significativos a ecosistemas costeros, con impactos directos sobre comunidades humanas, infraestructuras y actividades económicas. De acuerdo con las proyecciones científicas, el calentamiento oceánico y la elevación del nivel del mar continuarán durante siglos, aun si se lograra reducir de forma drástica las emisiones de gases de efecto invernadero.
La acidificación oceánica constituye otro proceso preocupante. Entre 2015 y 2024, el océano absorbió cerca del 29?por ciento del dióxido de carbono emitido por actividades humanas, lo que provocó una disminución sostenida del pH de las aguas superficiales. Los niveles actuales de acidez no se habían registrado en al menos 26?mil años. Esta alteración química daña a organismos marinos, afecta a los ecosistemas y pone en riesgo la producción de alimentos que depende de la pesca y el cultivo de mariscos.
En las regiones polares y de alta montaña, la pérdida de hielo continúa acelerándose. Los glaciares de referencia experimentaron en el año hidrológico 2024-2025 una de las cinco mayores pérdidas de masa registradas desde 1950. Desde 2016, ocho de los 10 años con mayor pérdida glaciar han ocurrido de forma consecutiva. En Islandia y en la costa del Pacífico de América del Norte se documentaron pérdidas extraordinarias de masa glaciar durante 2025.
La extensión del hielo marino también alcanzó mínimos históricos. En el Ártico, la extensión media anual fue la más baja o la segunda más baja desde que existen observaciones satelitales, iniciadas en 1979. En la Antártida, la extensión media anual fue la tercera más baja registrada, y las cuatro menores extensiones se produjeron en los cuatro años más recientes. Estos cambios alteran los sistemas climáticos regionales y globales, y refuerzan los mecanismos de retroalimentación que aceleran el calentamiento.
El informe dedica especial atención a los episodios meteorológicos extremos y a sus efectos en cadena. Estos fenómenos afectan de manera directa la producción agrícola y se han convertido en un factor determinante de la inseguridad alimentaria. A su vez, esta inseguridad impulsa procesos de migración y desplazamiento de personas, debilita la estabilidad social y facilita la propagación de plagas y enfermedades. Las comunidades más vulnerables, especialmente en regiones afectadas por conflictos, enfrentan enormes dificultades para prepararse, responder y adaptarse a la sucesión de múltiples catástrofes.
Otro capítulo clave aborda la relación entre clima y salud. El cambio climático incrementa la mortalidad, altera los ecosistemas, presiona a los sistemas sanitarios y afecta los medios de subsistencia. Se intensifican riesgos como las enfermedades transmitidas por vectores y por el agua, así como los problemas de salud mental, particularmente entre poblaciones vulnerables.
El dengue destaca como la enfermedad transmitida por mosquitos que se propaga con mayor rapidez a escala mundial. Cerca de la mitad de la población global se encuentra en riesgo, y el número de casos reportados nunca había sido tan alto. El estrés térmico, por su parte, afecta cada año a más de un tercio de la fuerza laboral mundial, especialmente en sectores como la agricultura y la construcción, reduciendo la productividad y deteriorando los medios de vida.
Pese a la magnitud del problema, aún son insuficientes los sistemas de alerta temprana y la integración de la información climática en la toma de decisiones sanitarias. Resulta urgente incorporar datos meteorológicos y climáticos en los sistemas de información en salud para pasar de respuestas reactivas a acciones preventivas que permitan salvar vidas.
La conclusión del informe es contundente: el planeta se encuentra en una emergencia climática. Todos los indicadores fundamentales han superado los umbrales de alerta. La humanidad ha vivido once años consecutivos de temperaturas récord, una señal clara de que el calentamiento global no es un fenómeno circunstancial, sino una tendencia estructural que exige acciones inmediatas y sostenidas. Cuando la historia se repite una y otra vez, deja de ser coincidencia y se convierte en una advertencia que no puede seguir siendo ignorada.