EL-SUR

Viernes 19 de Abril de 2024

Guerrero, México

Opinión

El comisario

Silvestre Pacheco León

Mayo 15, 2023

 

Cuando a Claudio lo nombraron por unanimidad comisario de su pueblo sintió cierto regocijo porque todos lo felicitaban. Le causó gran emoción el discurso que pronunció el joven que lo propuso porque recordó el momento y la circunstancia en que Emiliano Zapata fue electo representante de los comuneros de Anenecuilco en Morelos y le tocó lidiar con los hacendados por los límites de sus tierras que cada vez se reducían mientras los cañaverales se extendían sobre las que los campesinos utilizaban para el cultivo de su maíz.
Nada más que a diferencia del líder agrarista de Morelos que vivió en tiempos revolucionarios, a Claudio le tocó la representación de su pueblo el momento en que la gente vive un reflujo en la organización y la protesta, atemorizada como para buscar una salida radical que ponga en orden y paz el ambiente violento que se respira.
“El tiempo pasa rápido”, decía para sí mismo a modo de consuelo al verse tan comprometido y sin más respaldo que el ofrecido por sus vecinos y amigos al momento de recibir su nombramiento pues, por otra parte, sentía que era su obligación cumplir con el encargo como parte de su servicio a la comunidad al que nunca nadie había renunciado, aunque ahora el caso era especial porque tenía que enfrentar otra clase de situaciones nuevas que también requerían del temple del héroe morelense para darle confianza a los vecinos que se encontraban inermes frente a la disputa de los grupos contrarios que peleaban por el control de la plaza, como se llama hoy a la “ley” que se impone por la fuerza desde fuera de las instituciones del Estado.
Eso le recordó su amigo Maclovio después de que recibió el bastón de mando ya en la celebración de la fiesta.
–¡Ahora sí te tocó bailar con la más fea compadre! –le dijo cuando le daba el abrazo de felicitaciones, y agregó, nomás apóyate en el pueblo y no trates de sacar otro provecho.
Las palabras de su compadre resonaron en la mente de Claudio cuando pasada apenas una semana, ya a punto de acostarse a dormir, una noche entró la llamada desconocida a su celular y ante la insistencia no tuvo más que contestar. El de la voz no se identificó, solamente le ordenó:
–Comisario, urge que vaya a la entrada del pueblo junto al río porque hay un vehículo detenido con varias personas. Averigüe quienes son y qué quieren en el pueblo.
Claudio no tuvo tiempo de preguntar nada pero se le fue el sueño entre la duda de ir para no quedar mal con los que le llamaron, aunque pensó que eso pudiera dar pie a que lo consideraran como su empleado, cosa que le incomodaba; o incumplir la orden, que era la otra opción, aunque lo enfrentaba directamente con los autores de la llamada telefónica, pero lo dejaba firme frente al pueblo como su compadre Maclovio le había recomendado.
Optó por acostarse a sabiendas de que eso traería consecuencias, como en efecto sucedió.
Estaba a punto de conciliar el sueño cuando el teléfono volvió a sonar.
–¿Qué pasó comisario, qué noticias nos tiene, conoció o no a los del auto?
–La verdad no –respondió. Cuando llegué al lugar ya no encontré a nadie.
–Está bien comisario, duerma tranquilo que nosotros seguimos cuidando –le contestaron.
Antes de que lo nombraran autoridad Claudio se dedicaba de tiempo completo al trabajo agrícola y a los negocios del campo. Se desempeñaba como presidente del grupo de campesinos sembradores de vida al que dirigía animosamente para cumplir con los objetivos y metas del programa, por eso tenía fama de hombre honrado y de trabajo.
Sembraba toda su parcela de maíz y tenía una piara de cerdos que engordaba con los mismos productos de su cultivo. Cuando los cerdos gordos llegaban a un peso conveniente los vendía a los carniceros de la comunidad a buen precio. La demanda era creciente y el negocio en bonanza, hasta que un día mientras cortaba elotes en su parcela llegaron a visitarlo un grupo de hombres armados, lo saludaron y lo interrogaron sobre el negocio de engorda, al final le ofrecieron brindarle protección a cambio de una cantidad de dinero cuya cifra sacaron del número de kilos y el precio a que vendía sus animales.
Claudio les agradeció el ofrecimiento y les dijo que la propuesta no le convenía porque no le parecía justo compartir su ganancia a cambio de nada, pues no sentía la necesidad de gastar para que lo cuidaran. Por eso preguntó qué pasaría si rechazaba el ofrecimiento.
–No pasa nada –le respondió el cabecilla del grupo, nomás que si te niegas tienes que cerrar tu negocio porque aquí nosotros mandamos.
Por eso, no sin coraje, sabiendo que no se trataba de una broma decidió malbaratar su pie de cría a un particular mientras lidiaba para vender los cerdos gordos que de la noche a la mañana los matanceros de la comunidad se negaban a comprarle a pesar de que los ofrecía a precio de remate.
Ante la falta de compradores Claudio terminó matando él mismo sus cerdos gordos y vendiendo la carne a precio de oferta entre sus vecinos como fin de su historia de negocios para no hacerle el caldo gordo a ninguno de los grupos armados que peleaban la plaza, pues cuando andaba en el remate de sus bienes de la engorda lo entrevistaron los supuestos contrarios con la misma oferta de aquellos y se fueron con la misma respuesta.
“Por fortuna el cargo de comisario no pasa del año”, recordó consolándose.
Pero antes de que terminara el año le llegó otra orden. Ahora se trataba de avisar a los tenderos que desde el día miércoles de la semana estaba prohibido vender toda clase de bebidas alcohólicas en el pueblo amenazando con multar a quien desobedeciera.
Esa orden fue el colmo para el comisario quien ya sabía que los malandros controlaban toda clase de fiestas en el pueblo y aunque los hechos los había reportado con frecuencia al presidente municipal –quien ofrecía llevarlos a las famosas mesas de paz–, el comisario nunca miró una acción del gobierno para afianzar la seguridad en su comunidad y no creyó tampoco en lo que el presidente municipal le aseguraba, a pesar de que con detalle informaba que con habilidad asombrosa los malandros se habían convertido en los organizadores de toda clase de eventos populares, peleas de gallos, jaripeo, carreras de caballos, en los cuales su mayor negocio era la venta de cerveza que ellos controlaban. Eso era parte del negocio en el llamado control del territorio que les permitía adueñarse de la sed de los bebedores consuetudinarios quienes convertidos en abstemios obligados por varios días de la semana eran los principales clientes en los convivios donde no había límite en el consumo.
Como el comisario se hizo omiso al cumplimiento de la orden contra los tenderos, los malandros no tardaron en buscarlo. Fueron directamente a su casa una tarde para reclamarle. Lo encararon amenazantes por haber incumplido la orden hasta que en su respuesta les dijo sus razones.
–Miren señores, no se les olvide que están hablando con el representante de la autoridad que es el pueblo, fuera de lo que él me mande no reconozco ninguna autoridad sobre mí. Yo no soy empleado de ustedes para cumplir con sus órdenes, así que procedan como les convenga.
Ante esa actitud firme del comisario los visitantes no tuvieron más que decir y Claudio el comisario cumplió hasta el último día con su encargo en paz y no supimos si acabó la pausa en su engorda de cerdos.