EL-SUR

Sábado 20 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El corte

Alan Valdez

Febrero 22, 2025

Cosas que la gente olvida

 

I

El asiento de la taza cae. Son las 7:34 a.m. Un par de nalgas, que de tanto estar la piel contra el retrete, se han pegado al plástico. Después, el agua corriendo. Una secadora de cabello y el sonido de cajones abriéndose. Al final ya no distingo si mi vecino se lavó los dientes o no. De todas formas, las llaves como sonaja. Azota la puerta del piso de arriba y yo aún no me he podido levantar.
Me resisto al día, pero afuera los pasos sobre la nieve me reprochan mi tardanza. Yo, tapado por completo, fantaseo con que estos cinco minutos más me durarán toda la vida. Vuelve a timbrar la alarma. Usualmente yo le gano a la hora. Admito que no me entusiasma despertar más temprano que mi celular, y las más de las veces me levanto con el gesto de la victoria pírrica. Algo gano, pero sobre todo algo pierdo al no poder continuar acostado.
Sin embargo, hoy he pospuesto cada una de mis alarmas: la principal, seguida de por si acaso no escuchas la primera y, a continuación, se presenta, más que digna, la de ya si ninguna de las dos primeras se escuchó, pues ésta sí tiene que ser la buena y, por último, la del no retorno, la que si no me despierta, no solo quiere decir que llegaré tarde al trabajo, sino que algo, por demás extraño, está aconteciendo en la economía.
Al menos desde que comencé ese ansioso sistema, nunca he tenido que llegar hasta la última, salvo hoy. En otras ocasiones, cuando ya sé que me voy a desvelar hasta ese punto donde la madrugada ya se reconcilió con el día, me he entregado a la famosa estrategia de llegar a la chamba en vivo, lampareado, con la ropa del día de ayer y con la misma cara lacónica de explicaciones, pero llena de complicidad. Porque hay que ir a trabajar, no importa cómo, pero hay que ir. Pero ¿por qué?
La verdad no tengo ni idea, así me enseñaron. Así he visto que pasa. Y me llegan rumores de que el trabajo dignifica y que hay que tener un propósito y que el dinero esto. Y está bien, esté de acuerdo o no, yo solo voy a decir que hubo un momento en la humanidad donde, sí, la esperanza de vida llegaba hasta los 30 años, pero no existía el concepto de la renta y en medio de esa vida corta y sin aranceles, los muros de las cuevas estaban llenos de bisontes y venados. Para mí, que el tiempo haya sido reducido a una cadencia de números siempre yendo me parece algo tan triste como los pájaros que son criados para adornar jardines.
Voy a llegar tarde. Lo repito, pero ninguna de las veces me alcanza para que decida separarme de la cama. Imagino la cara de mis alumnos al ver el reloj. Faltando 3 minutos a pesar de la sospecha, aún esperan que la puerta se abra y vean al teacher entrar con prisa, pero, al fin y al cabo, bajo el acuerdo de ellos ahí y yo abriendo un PowerPoint inmundo. Imagino su cara mientras el reloj marca cinco minutos tarde. Empiezan a hablar entre ellos. Alguno revisa su celular sin siquiera darse cuenta. Otro se levanta al baño, porque siempre hay alguien que tiene que ir al baño. Imagino sus caras a los 15 minutos después de la hora. Indecisos, pero otros más seguros comienzan a levantarse. Imagino la cara de algunos pocos a los 20 minutos.
Abandono la representación de mi futura tardanza y en un hallazgo de voluntad sacada de quién sabe qué deseo, aviento la sábana, me cepillo los dientes, me barnizo en desodorante porque bañarse, a estas alturas, ya ha perdido su carácter de morning routine y pasa a ser más bien una irresponsabilidad. Aún así, aunque yo no soy devoto de andar a las prisas, uno se da cuenta de lo innecesario de ciertos pasos en la rutina porque, si bien todo lleva su tiempo, también es posible ponerse los dos calcetines a la vez y no titubear nunca en la elección entre camisa o playera. Es más, podría aseverar que solo en la prisa la vanidad es abolida.
Corro con mochila. Si fuera un niño de primaria daría, tal vez, una especie de burlona ternura, pero en mi caso adulto, mi signo es una parodia escolarizada de no haberse levantado antes.
No llego tarde. Milagro, tal vez. Todos los semáforos en verde. Qué sé yo. Y antes de abrir la puerta del salón apaciguo mi prisa y entro como si hubiera planeado cada uno de mis actos, así que todo como si nada, incluso el PowerPoint y mis buenos días.
Al salir, me reprocho las distracciones en mis clases, que adjudico a lo poco que dormí anoche, a llegar apurado, a no tomar café. Y ahí en esa última justificación es donde me detengo un buen rato. Me voy y compró un café. Americano, sin azúcar.
Sentado me quemo la lengua y lo que me despierta justo es la temperatura del líquido y no el brebaje en sí.
No diría que estoy despierto, mi estado es una itinerancia entre el desprestigio constante que vocifero en voz baja sobre la idea moderna del trabajo y lo brillante que se asoma todo gracias a lo blanco de la nieve, pero aún más porque mis ojos desvelados no alcanzan a entender la vanidad del día, que se repasa adolescente, en cada uno de los vidrios posibles de la calle.

II

No puedo dormir. Me reprocho las malas decisiones del día. Aunque ninguna por sí sola me dirige hacia el desvelo, la suma de su nomadismo sí que me lleva a estar girando de un lado hacia otro de la cama.
Reviso mi celular. Entro a YouTube. Quiero por lo menos, que la vigilia sea una vigilia escolarizada. El documental que me pongo a ver, sin muchos rodeos, presenta todas las características más importantes del género soporífero. Justo lo que andaba buscando. Aprendo sobre el papel de la agricultura, es decir, producir recursos donde antes no los había. Se inventa el sedentarismo. La población crece. Se inventa el primer sueño culinario más allá de la supervivencia. Pero mi sueño, aquí, varios milenios después, distraído, nada más no llega.
Abandono el neolítico, su cocina y sus cuchillos de sílex. Me interesa en este momento, ya rendido, otra forma de pasado y acudo a una de las prácticas más populares después de medía noche.
Profesionista recién estrenado en organización de archivo, me pongo a leer una conversación vieja que no he podido borrar. No sé las razones del cuidado hacia esos mensajes. Supongo que el amor debe ser la respuesta más inmediata, pero me resisto a donarle tan rápido esa lectura porque la siento reduccionista.
Comienzo, no en el principio, sino hasta que se cansa mi dedo de recorrer el lomo de la plática hasta una fecha muy anterior a este día. Hay una foto y a la foto la acompaña un audio. Lo escucho. La voz, clara, aunque en el fondo interrumpida por el sonido de la Ciudad de México. En el audio me das la descripción de lo que ves, mientras esperas, ahí, en el tráfico de la avenida Reforma. Terminas el audio preguntándome si nos veremos en la noche, me indicas dónde dejarás las llaves por si llego primero que tú. Con esa última frase también se oye la voz de un vendedor que ofrece aguas de a diez, de a diez.
La fotografía es de un auto vecino al tuyo. Por la ventana de atrás se asoma un perro que saca la lengua. En esa misma ventana, debajo hay una frase rotulada que dice alguito bien. Tú mensaje que acompaña la foto repite la frase, pero agregándole un ¿o te da miedo?
Mi celular se apaga, me levanto a conectarlo y después voy a orinar. Por descuido, después de bajarle, la tapa se azota y me acuerdo, después del sonido del plástico contra la porcelana, de un vecino que tuve en la Ciudad de México. Personaje puntual, aún en fin de semana, se despertaba a bañarse, haciendo todo el ruido posible. Tiraba todo, prendía todo, secadora, televisión, radio, licuadora. La inauguración de su festividad matutina iniciaba con el culo despegándose de la tapa exactamente en el momento de levantarse.
Acostado, el brillo de mi celular me avisa que se ha encendido de nuevo. Me resisto al impulso de ir a revisarlo. Sucumbo con el pretexto de checar si he activado las alarmas. Cuento cuántas horas podré dormir. El número me parece grave, pero ese número es mejor que nada, o ya ni sé. Tentado, quiero abrir la conversación de nuevo, quiero quitarle todo lo que le quede de carne al hueso, pero me resisto, de verdad, me lo digo, hasta considero borrar el chat, pero no lo hago y resuelvo un problema con otro.

III

Acostado, a veces las luces de algún carro desvelado entran por las persianas frías de mi cuarto. Sigo su geometría hasta que desaparece en la pared. Llevo contados, desde que empecé, 37 autos. Pasa otro igual. Me levanto, me acuesto, me levanto. Voy al espejo. Pienso si debería rasurarme por completo. Pienso si debería cortarme el cabello. Pienso si eso es una cana. Pienso si me parezco más a mi padre que a mi madre. Sonrío, mi reflejo exagerado hace lo mismo. Ya entregado a la idea insistente del no sueño, pienso en qué pasaría si saliera así a la calle, enseñando los dientes chuecos. A mí no me gustan mis dientes. Pienso en que una vez me enamoré de alguien que me dijo que le gustaban mis dientes chuecos. Pasa otro auto. Mi deseo se presenta nuevo. Pasa otro auto. Me pregunto cuántas horas me quedan por dormir si me duermo ahorita. Cada vez uso menos dedos para contar las horas. No sé por qué uso los dedos para contar las horas, pero cada vez que las cuento, uso los dedos para calcular. Como si entre la uña y falange el secreto y el descanso estuvieran guardados. Pienso en la tan practicada táctica de Vladimir para conciliar el sueño. Pero de masturbarme ahorita no tengo ganas, estoy demasiado ansioso y el orgasmo me parece una idea que le pertenece a otro cuerpo. Pasa otro auto, pero su luz no desaparece, se prolonga. Pienso en el día y en que tengo que trabajar en dos horas. Pienso, y la luz primeriza se guarda entre mis ojos, y mis ojos van subestimando su hendidura. Y entonces, cae algo en mí y me jala y guardo silencio para sentir su savia de fruta recién partida. Y cierro los ojos.
No sé si estoy dormido o no.
Pero en ese lugar, el negro se prolonga y me sucede.
Y como un aviso permanente de otra vida, ya no la alarma, ni el auto, ni el invierno. La tapa del baño del vecino suena como una claqueta. Corte. Marcan el final de una toma. Yo, si puedo decir algo de mi personaje, es que de él estoy muy poco enterado.