EL-SUR

Viernes 26 de Junio de 2026

Guerrero, México

Opinión

El día menos la noche

Alan Valdez

Noviembre 09, 2024

En medio del maizal hay una vaca. Se da cuenta de la visita, pero tan pronto voltea, tan pronto dirige el hocico al zacate. Tantito más allá, en otro corral, uno de mis tíos empuja a una mula. La mula carga la montura del arado como alhaja desacomodada de su brillo. Mientras la labor se abre, mi tío fuma. El humo también se da cuenta de la visita, pero tan pronto lo alcanza la luz del mediodía, tan pronto yo me distraigo hacia la travesura con los otros niños.
Mis primos, mis hermanos y yo corremos. El día es amable con nuestras sombras. Y del piso tomamos manzanas prematuras que el viento ha tirado. Se inaugura la pequeña afrenta. Nadie llora. Nadie reclama. Nadie pierde. Tan parecido a la guerra, y, sin embargo, aquí, perder apenas y dura un rato.
Las manzanas son verdes. Entre lanzamiento y lanzamiento, se le propone a la fruta una apresurada mordida. Ya nos han insistido muchas veces clausurar este juego. Que la comida no se desperdicia. Que ahorita uno de ustedes va a terminar llorando. Que chamacos cabrones sin oficio ni beneficio.
Ellos están preparando el almuerzo. Vinimos al rancho. Comeremos al aire libre. Las tías pican cebollas y repiten nombres de gentes que yo ni conozco. Los tíos parados, supongo que costumbre por demás antigua, alrededor del fuego donde acomodarán el cazo, platican del clima como si el clima no estuviera ya pasando de por sí. Cada uno, bebiendo cerveza, señala, precisión del ojo instruido, ¿ya prendió, compare?, ¿ya mero, parientito?, ¿’ta buena la lumbre, vea, compare? Y pues sí, claro que sí. A su manera, creo que son felices.
Comemos en platos blancos con tenedores blancos. La mitad del traste desechable lo ocupa una tortilla de harina doblada, en el otro cuartito del plato, una porción de carne molida con papa y jamón, y en el cachito restante, una cucharada de frijoles con queso. Mi madre me dice que le sople, que me voy a quemar la lengua. Que ya ves, te dije que te ibas a quemar la lengua y que ándale, tómale al agua a ver si así se te pasa lo quemado.
Mis tías se van con mi abuela Cirila a caminar del otro lado del río. Mis tíos escuchan una canción que habla de un árbol en una barranca y por alguna razón parecen estar muy de acuerdo. Nosotros, niños, niños todos, nos vamos al presón. Se practicará la destreza del atrapado de rana, del salto pez y de la prisa libélula.
Desde la orilla del raquítico estanque que han destinado para que vengan a saciarse los caballos y las vacas, aún escuchamos la música que sale de las bocinas de la troca. La troca, estacionada debajo de un manzano, tiene ambas puertas abiertas. El perro del rancho, nada tonto, decide que es mejor el asiento acolchonado de la Ford 79, que el suelo lleno de chinches del Ejido el Largo. El gusto le dura poco.
Nos advirtieron no ensuciarnos, pero así qué chiste. Corremos alrededor del óvalo persiguiendo animales más rápidos que nosotros. Damos tantas vueltas que la promesa del clavado hasta suena ociosa pensarla. Se cae uno de ellos. El presón no está nada profundo. A pesar de que ya tocan las lluvias, el año va reseco. Aún así, el agua es lo suficiente líquida para que la idea de la playa nos esté permitida. La ropa de todos queda colgada sobre el mediodía y el sol nos averigua las nucas con una ternura paternal pero inexperta.
En calzones, nos adivinamos la respiración debajo del agua. Uno de mis primos, Jesús, le pregunta a una de mis primas cuándo le van a salir chichis. Después de ese comentario, Ale va y se pone la playera. Nos comenzamos a aventar lodo. Tratamos de meter el perro al estanque y que se deja. Alguien grita que allá vienen las tías y nos salimos del presón, agarramos la ropa y corremos hacia la loma. El perro corre con nosotros. Una cofradía de gente pequeña semidesnuda agachada detrás de un árbol. Otra vaca nos mira y mueve su cola. Creemos que nos ofrece un saludo hasta que más bien se avista el cúmulo de moscas que no la dejan en paz entre sombra y nube.
Las madres comienzan a gritar nuestros nombres. Desde lejos respondemos que estamos jugando a las escondidas. No insisten más y, entre que secos y lodosos, comenzamos la ida por alguna loma sonajienta de tanto insecto que anda por ahí. Mis primas van agarradas de las manos. Nosotros no. A veces recogemos piedras y las cargamos por unos minutos y después las aventamos a un lugar que hasta hoy no podría decir dónde.
Llegamos al fin de la pendiente. Desde ahí, se observa la cabaña y la troca. Y las vacas que antes aparecían una por una, por fin ya se acompletan. Las carcajadas de los tíos llegan como si el aire las trajera de mandado en mandado. Encontramos un hormiguero. Lo destruimos y las hormigas salen apuradas hacia un lugar para siempre anónimo. No hay idea de principio ni fin en nosotros. Nos vamos. El día, amarillo y verde en sus bordes, los bordes de los cerros, despliega unas intenciones de lluvia. No duran mucho. Nos vuelven a llamar, por el tono de la voz no es una solicitud. Llegamos.
Ellos siguen bebiendo. Nosotros, regañados y con la obligación del estate quieto encima, apenas y decimos algo, pero los ojos, los ojos siempre han sido más que suficiente. Así que lo que empieza como un aventarse de piedritas, prosigue en el estarse empatando una botella vacía de Coca-Cola como balón hasta que definitivamente regresamos a nuestro propio mandato. Empolvados como mueble viejo, recorremos la llanura del rancho junto al perro. También es feliz, lo sé. Y saludamos a las vacas. Y nos decimos entre todos, vamos más allá, lejos, allá donde nunca nos dejan ir.
El otro lugar es la vieja cabaña. Ahora la usan como taller y está lleno de partes de tractores descompuestos. En las paredes hay anuncios de aceite multigrado Bardahl, pósters de mujeres en trajes de baño fosforescentes y dos calendarios de los Abarrotes y Carnicería Lugo.
Sobre una de las mesas hay un paquete de cigarros rojos y un rifle, sobre todo un rifle. Miramos el arma como se mira el dinero tirado en la calle. Nadie se atreve a tomarlo, pero nos preguntamos por el dueño. Vacilamos, hasta que no. Ale dice que ha visto a su papá disparar muchas veces. Se atreve a tomar el rifle. Lo equilibra entre las dos manos como si estuviera pesando un animalito y dice que chance tiene unos cinco, seis tiros. Yo nunca he tomado un arma y me acerco. Su peso, que desconozco, por alguna razón se me presenta exacto, preciso, justo para un trabajo que no sé si entiendo. Lo devuelvo a la mesa.
La tarde va cayendo y, de tanto estar en el jaloneo entre que nos llaman y llaman de regreso, por fin nos quedamos ya sentados al lado de ellos, escuchando unos rumores que tienen que ver con señores muertos quién sabe hace cuánto.

—Crasto, el hijo del herrero, pues fíjate que ya no se supo.
—El hermano Carrao, también, agarró sus chivas y se peló de aquí.
El calor de la fogata comienza a darle una justa pelea a la luz de la tarde. Las historias de gente que ya nunca regresa se siguen contando. Aburridos, y ya en mera penumbra, comenzamos a seguir luciérnagas. Los bichos y su brillo crecen. El día, por el contrario, no. Al atraparlas les reventamos lo luminiscente y nos pegamos esa sustancia brillante en la playera como marca de nuestras manos infantiles. Se asume todo ya en su hora incómoda donde la noche y el día ni se llevan bien, pero se extrañan.
Aparecen estrellas y nos preguntamos cosas como que la escuela y quién te gusta y quiénes son tus amigos y si se te hace mejor vivir más con tu mamá que con tu papá. Y si es cierto eso de que a uno le saldrán pelos en todos lados y que a poco sí le has dado besos a ella y que a poco sí es cierto que viste a tu hermana mayor haciendo eso.
Nos vuelven a llamar. Hay que irse de regreso al pueblo. La luz es incómoda para recoger basura, pero aun así nos mandan a recoger todo lo que podamos. La piel nos pica y nos rascamos unos a otros sin decir que la sal del estanque se ha incrustado en el cuero cabelludo provocándonos urticaria canina.
Apagan la fogata. Dos de mis tíos se regresan a caballo. Adentro de la troca van, quién sabe cómo, 5 personas. Afuera, en la caja, nosotros los enlodados. Un sonido de latas y el aullido de coyotes desde lo lejos nos acompaña durante varias partes del camino. Vamos encimados en la caja de la troca. Apestamos a pescado viejo. Nos quedamos dormidos a pesar de que la terracería mueve a su capricho el vehículo de un lado a otro.
La lluvia nos despierta. Nos avientan un hule y, abrazados, sentimos cómo las gotas van chocando contra el plástico que nos han dado. Nos pataleamos a veces cuando alguien entierra de más el codo en la espalda del otro. El aguacero arrecia. Luego, de la nada, se detiene. Nos preguntan si estamos bien. Continúan.
Entramos por fin al pueblo. Lo oscuro del bosque contrasta con las luces débiles de las casas. Unos primos bajan aquí al lado de esta tienda. Adiós, mañana nos vemos. Otros primos bajan aquí y decimos adiós, Ale, andas toda chirisca.
Entramos a casa de la abuela. Le echan leña a la estufa, ponen a calentar agua, se toman un café y se comen un pan dulce y una telera. A nosotros nos mandan a bañar.
Afuera, a bandejazos no nos vemos desnudos, pero estamos desnudos. Nos echamos champú y jugamos a aventarnos agua, mis hermanos y yo. Contamos lo divertido que fue este día y lo mucho que comimos. Y nos da frío, y mis hermanos y yo le gritamos a mi mamá que nos traiga la toalla. Y ella nos dice, ¿se tallaron bien?, uuy, apestan a burro viejo. ¿A ver detrás de las orejas? ¿Se talló bien la colita o lo regreso al patio? Así, todo mugroso, ni se le ocurra que se va a acostar. Úchalas, apesta, ni se talló bien, ándele. A ver, mijito, eso le pasa porque anduvo de malcriado.
Nos acostamos. Me doy cuenta de que me da miedo un retrato de Cristo que está colgado en la pared. A la izquierda hay un calendario. En el centro del calendario hay una imagen de un tráiler cruzando lustrosamente algún camino de la sierra. Encima de esa imagen está escrito Abarrotes y Carnicería Lugo les agradece su preferencia y les desea un feliz 2002.
Es julio.