EL-SUR

Jueves 26 de Mayo de 2022

Guerrero, México

Opinión

El emperador (2)

Héctor Manuel Popoca Boone

Febrero 20, 2016

El hombre se acostumbra a todo, siempre y cuando alcance el apropiado grado de sumisión. C. Jung.

El imperio etíope de Haile Selassie duró 50 años. Los militares que tomaron el poder mediante una asonada le fueron quintando gradualmente todas sus prerrogativas y poderes. A la vez, fueron expulsando del palacio imperial a todos los que componían su corte para perseguirlos, encarcelarlos o ejecutarlos.
El periodista Kapuscinzky, con gran sigilo, por las noches y atravesando calles estrechas y oscuras de la capital del país, entrevistaba a varios de los altos funcionarios escondidos que colaboraron con “Su Suprema Majestad”. Entre ellos, platicó con el ex primer ministro que, entre otras cosas le mencionó que en las alturas del poder imperial nunca hacía calor, allí soplaban vientos gélidos y todos permanecían encogidos y vigilantes, unos de los otros, para que el vecino no los empujara al precipicio. Cuidaban de no hacerle sombra a la luminosidad del “Insigne Señor” aun cuando fuera brillante el funcionario porque más temprano que tarde prescindiría de él. El emperador prefería tener malos colaboradores, le gustaba que el contraste lo hiciera sobresalir a la par que su corte palaciega demostrara una incondicionalidad a toda prueba.
La vileza y la mezquindad eran condición para el ascenso; eran éstos y no por otros rasgos de carácter que el monarca escogía a sus favoritos, para concederles honores y privilegios. La condición para permanecer cerca del emperador era rendir culto a su persona y el que permitía que decayese su entusiasmo y no se mostraba tan solícito a la hora de practicar dicho culto, perdía su lugar, quedaba apartado, desaparecía. No tener cargos o responsabilidades dentro de palacio era equivalente a no ser nadie. Dejaba uno de existir, convertirse en un zombi o un muerto en vida. Ser hombre del palacio era ser importante, destacado, mencionado, decisivo, influyente, respetado y escuchado.
Lo repugnante en las ceremonias públicas donde iba a estar “Su Venerable Majestad” era la lucha interna y soterrada de su séquito. Todos querían estar cerca del emperador en el presídium en los diferentes eventos públicos y entre más cerca estuvieran de él mejor. El funcionario más importante era aquel que accedía con más frecuencia a la oreja del “Augusto Señor” y no tenía que ser necesariamente integrante de su primer círculo de colaboradores.
Por la oportunidad de hacerse ricos, la mayoría de los colaboradores, empresarios y amigos del “Elegido de Dios”, no les nacía otra cosa más que cultivar la lisonja, el servilismo y la esperanza de conseguir más contratos, oportunidades, favores, a cambio de servirle con mayor sumisión. Lamentablemente algunos funcionarios que, por ambición y voracidad desmedida, o por el afán de quedar bien con el emperador, en lugar de ir aumentando los impuestos al pueblo dosificadamente, en pequeñas cantidades, pusieron todo en un enorme y nuevo costal sobre las espaldas populares de manera burda y ruda, provocando el inicio de revueltas sociales. Lo subversivo fue que llegó un momento en que había miles de personas muriendo de hambre en medio de mercados y tiendas repletas de comida.
El alto ex jerarca imperial dio por terminada la conversación con estas palabras: Todo mundo lo sabía en palacio, pero a la vez todos lo trataban de ignorar, que afuera no había más que ignorancia, barbarie, humillación, vejaciones, despotismo, satrapía, explotación y desesperanza.
PD1. Recomendable es que antes de inaugurar el faraónico edificio público sustentable, de la avenida Costera de Acapulco, se rindan cuentas públicas sobre las múltiples irregularidades detectadas en la construcción del inmueble.
PD2. El PRD perdió toda autoridad moral al reiterar en diversas ocasiones durante la pasada campaña electoral que no tenían que pedir perdón de nada ante la barbarie acaecida en Iguala.
PD3. No se vale hacer adquisiciones gubernamentales millonarias a una empresa que proporciona domicilio apócrifo.
PD4. Hago votos para que todos enaltezcamos el ejercicio de la política. La ética y el pueblo lo exigen y merecen.