EL-SUR

Lunes 17 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

El Estado moderno y Trump

Arturo Martínez Núñez

Agosto 22, 2017

La semana anterior, Donald Trump alcanzó un nuevo límite inferior en su larga lista de estropicios verbales. Aunque son ya varias semanas en que parece que finalmente llegamos al límite, el presidente de Estados Unidos se las arregla para cometer un nuevo y mas profundo gazapo. Trump no deja de sorprender por la tremenda capacidad que tiene para meterse –y meter a la humanidad– en problemas. Pareciera que necesita del conflicto para poder vivir.
Ante la crítica generalizada por su tardía condena a los grupos extremistas y racistas, que se manifestaron violentamente en Charlottesville, Trump decidió dar una conferencia de prensa en el dorado vestíbulo de su torre en Manhatan, señalando que del otro lado “también había violentos” y que del lado de los extremistas “había gente buena”. Sus declaraciones no sólo no calmaron el problema sino que lo atizaron provocando la indignación y denuncia por parte de amplios sectores sociales en Estados Unidos. Varios miembros del Consejo de Empresarios renunciaron y ante el temor de una desbandada, Trump, fiel a su estilo, prefirió disolver los consejos consultivos con un golpe de Twitter.
El jueves 17 la violencia terrorista del Estado Islámico perpetró un cobarde atentado en el corazón de Barcelona. A diferencia de la mayoría de los lideres del mundo, que condenaron tajantemente los hechos, Trump recomendó, además, “estudiar” las tácticas del general John J. Pershing de contraterrorismo. Dice la leyenda –porque nunca se ha podido comprobar fehacientemente–, que durante la Primera Guerra Mundial el general Pershing habría capturado en Filipinas a 50 terroristas musulmantes habiendo ejecutado a 49 con balas bañadas en sangre de cerdo y liberando al último para que difundiera los hechos. “¡No hubo más terrorismo islamista en 35 años!”, escribió en su Twitter el llamado Líder del Mundo Libre. Al día siguiente, Steve Bannon, guía intelectual de Trump y líder de la llamada Derecha Alternativa, dejaba su puesto como Estratega en Jefe de la Casa Blanca, sumándose a las salidas de los más altos cargos del entorno presidencial.
Los poco más de seis meses de Trump al frente de la Casa Blanca, serían un anécdota simpática de no ser porque se trata del hombre más poderoso del mundo. Trump deambula entre sus campos de golf, la Casa Blanca y los mítines con sus seguidores, sin agenda, sin rumbo y sin objetivos. Despierta cada mañana a consumir compulsivamente medios de comunicación y a reaccionar virulentamente frente a un ciclo noticioso que él mismo alimenta de fuego.
Lo que está en juego no es la Presidencia de Trump sino la autoridad moral del país más poderoso del mundo. Lo que está en juego es el referente del mundo occidental justo en el momento en que la amenaza totalitaria golpea al corazón de la democracia liberal. Lo que está en juego es el sistema de controles y balances de la democracia estadunidense que hasta ahora ha conseguido que sus medidas más altisonantes como el plan migratorio, el muro con México y la reforma al sistema de salud sean sólo letra muerta y consignas de campaña. Pero todo tiene un límite. Al presidente de una nación le corresponde ser el factor de unidad y no el de discordia. Debe de ser quien una y no quien divida. Debe de ser quien sane y no quien lastime.
En el caso de México, esta semana iniciaron las mesas para la llamada renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte. La delegación mexicana debe de ser firme, resuelta y patriótica. México tiene la sartén por el mango y debe de aprovechar incluso para sacar mayores ventajas comerciales. A un engreído como Trump se le debe de hacer frente con elegancia y con firmeza. Bien le haría a los negociadores mexicanos leer la vida y la obra de Benito Jua?rez para aprender cómo se mantiene la dignidad y el patriotismo sin necesidad de despliegues histriónicos ni mediáticos.
Donald Trump es mucho más que un presidente fallido. Trump representa una falla estructural en las democracias liberales. Trump es el resultado de una sociedad que tiene acceso a muchos medios y sin embargo está desinformada; una sociedad que es capaz de los mayores avances científicos y al mismo tiempo está atada a los más antiguos y peores atavismos; una sociedad que se formó pensando en ideales y que hoy es gobernada por un mal actor sin ideas.
El Estado moderno no está leyendo ni comprendiendo las demandas del grueso de la población mundial. Por ello el surgimiento a lo largo del globo de movimientos y dirigentes antisistema. El miedo es la respuesta primigenia cuando no se comprende lo que está pasando: miedo a lo desconocido; miedo a lo extraño y extranjero; miedo a lo diferente; miedo al futuro.
Paradójicamente la única solución ante el desafío de un mundo con problemas comunes es mayor apertura y no mayor cerrazón. A los totalitarismos se les combate con libertad y democracia y no con autoritarismo y soberbia. A las religiones del odio y del extremo se les combate con amor y con con esperanza no con cruzadas exterminadoras. Al capitalismo salvaje se le combate con mayor transparencia y rendición de cuentas no con monopolios estatales. Al terror se le combate con inclusión y con integración no con deportaciones ni muros en el desierto.

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