EL-SUR

Martes 30 de Noviembre de 2021

Guerrero, México

Opinión

El fascismo recorre América

Humberto Musacchio

Noviembre 01, 2018

Con el triunfo de Jair Bolsonaro en Brasil, el fascismo ha entrado en auge en Sudamérica, pues no se trata solamente de un gobernante derechista más, sino de un político que no ha tenido empacho en manifestarse públicamente como misógino, racista, homofóbico, antiecologista, admirador de las dictaduras y defensor de la tortura.
El periodista Eric Nepomuceno, quien durante varios años estuvo asilado en México en los aciagos tiempos de la dictadura militar brasileña, nos recuerda que Bolsonaro le dijo a una diputada opositora que no la violaba “porque no lo mereces”. En otra ocasión, el ahora presidente electo de Brasil, un país donde la mitad de la población tiene raíces africanas, declaró que ningún hijo suyo se casaría con una negra porque todos habían sido “muy bien criados” (La Jornada, 29/Oct./2018).
Por supuesto, un candidato de derecha o de ultraderecha, como es el caso, no tiene que simpatizar con las ideas de izquierda, pero de ahí a sostener que la ONU es un “nido de comunistas” media un profundo océano de ignorancia y mala fe. Por eso mismo, no sorprende su dicho de que gobernará con la Constitución, a lo que está obligado, y con la Biblia, declaración que desdeña el laicismo de los Estados modernos e implica una falta de respeto a quienes no profesan alguna creencia cristiana.
Al respecto, cabe destacar que, desde hace varias décadas, los grupos evangélicos de matriz estadunidense han venido ganando terreno en la disputa por las conciencias. Se trata de un fenómeno mundial que en Latinoamérica ha tenido grandes éxitos, sobre todo en Brasil –en México también, pero en menor medida–. Esos grupos apoyaron con todos sus recursos materiales y su influencia espiritual la candidatura de Bolsonaro.
También son conocidos los ataques de ese político a la prensa crítica, como Folha de Sao Paulo, y, por contraste, sus elogios al militarismo –él es capitán retirado–, sus referencias a los años de dictadura como un pasado idílico del que viene su compañero de fórmula, un general de aquellos años negros que para el pueblo brasileño fueron de abusos de toda índole, tortura y muerte.
No casualmente, la noche misma de la elección, numerosos militares armados salieron a la calles a celebrar el triunfo de su colega. Lo hicieron en forma ostentosa, a bordo de vehículos blindados y artillados, como un anuncio de lo que puede esperar el pueblo brasileño.
Pero la sombra del fascismo no se cierne únicamente sobre Brasil. En Argentina, el derechista Mauricio Macri ha desplegado una política abiertamente antiobrera y proclive al interés estadunidense. Algo parecido puede decirse de Chile, donde el gobierno de Sebastián Piñera se ha negado a pagar a un laboratorio canadiense y a otro danés estudios forenses que podrían demostrar, contra la versión difundida por la dictadura de Pinochet, que Pablo Neruda no murió de cáncer, sino que fue asesinado.
En Perú las cosas no marchan mejor. Pedro Pablo Kuczynski liberó a Alberto Fujimori, quien purgaba una pena de cárcel por crímenes contra los derechos humanos. En marzo de este año Kuczynski fue defenestrado, pero nada augura que Martín Vizcarra, el sucesor, enderece el rumbo. En Colombia la derecha parece inconmovible y las disputas por la presidencia del país suelen dirimirse entre partidos siameses.
Desde luego, el auge de la ultraderecha no se limita a las naciones latinoamericanas. La presidencia de Donald Trump ha reactivado el nunca ausente racismo y la xenofobia de los sectores más atrasados de la sociedad estadunidense, lo que tiene como música de fondo la verborrea belicista del mandatario de pelambre rubia. A esa actitud pueden atribuirse los recientes atentados con bombas enviadas por correo a varios personajes antitrumpistas y la criminal agresión contra una sinagoga, entre otros hechos punibles, todos nacidos del clima de intolerancia que fomenta el actual huésped de la casa blanca.
En Europa las cosas no marchan mejor con la intolerancia religiosa del gobierno polaco o las abiertas tendencias ultraderechistas que se observan en varios países que estuvieron en la órbita soviética. Dentro de este marco, el futuro de México no parece estar a salvo de esta oleada retardataria. Cuando era jefe de gobierno del Distrito Federal, Andrés Manuel López Obrador sufrió un intento de destitución a manos de la alianza PRI-PAN. Hoy, cuando la derecha puede perder mucho más, no es posible creer en la buena fe de los golpistas.