EL-SUR

Sábado 22 de Enero de 2022

Guerrero, México

Opinión

¿El fracaso de la política?

Jesús Mendoza Zaragoza

Septiembre 03, 2006

El escenario nacional sigue, y muy probablemente seguirá, siendo sombrío por las secuelas derivadas del proceso electoral que está por terminar con la resolución del tribunal electoral que califique las elecciones. El país ha estado transitando por una vía poco conocida, sobre todo en la etapa postelectoral, donde predomina la incertidumbre. Creíamos que las leyes y las instituciones por sí mismas nos proporcionarían certezas y decisiones transparentes, cosa que está puesta en duda. Solamente nos queda un clima de confusión ante las posiciones que están en conflicto y no sabemos a ciencia cierta a quien creerle. Cada fuerza política grita sus verdades que se estrellan contra las verdades de los adversarios y resulta un panorama en el que los ciudadanos contamos con escasos referentes para poder analizar los hechos, discernir la verdad y tomar una posición justa basada en convicciones.
Después de todo, tenemos que asumir esta situación de crisis política con entereza y esperanza. La conflictividad que ha resultado del proceso electoral es una manifestación de situaciones históricas que necesitan ser comprendidas. Convergen diversos elementos como factores del conflicto mismo, como una cultura política carente de valores humanos ligada a un sistema político que muestra signos de decadencia. Inciden, también, los gravísimos contrastes sociales que se advierten en la escandalosa miseria de muchísimos mexicanos y con el peso inmenso de la corrupción que se resiste a ser erradicada.
Nuestra poca experiencia democrática nos da poco margen para la autocrítica entre los ciudadanos y entre las instituciones. Numerosas voces críticas que no son más que hojarasca, se escuchan en todas partes. Un elemento muy común en estas críticas suele ser el mirar y señalar la paja en el ojo ajeno sin ningún recato y sin escrúpulos. Responsabilizamos de todos los males que sufre el país a los otros, a los adversarios, a quienes no piensan como nosotros, a los que están en el otro lado de nuestras trincheras. Y suele ser una crítica de escaso valor para construir verdaderas soluciones a los problemas nacionales y a los sufrimientos de la gente. Y con estos insumos, la política se está desarrollando en medio de un clima formado de aversiones, de fobias, de frustraciones e, incluso, de odio. Es claro que esta versión de la política no sirve para construir puentes, para debatir razones y para incluir constructivamente a los adversarios aceptando la legítima pluralidad.
Urge incluir la autocrítica en el corazón de la cultura política con el fin de no ir arrastrando hacia las contiendas la ceguera causada por la viga que solemos llevar en los ojos. La autocrítica nos hace más concientes de nuestros límites y de nuestros errores y nos da mayor capacidad para ser propositivos y para dar lo mejor de nosotros mismos. La autocrítica nos da mayor sentido de la realidad y una mayor capacidad de análisis y de discernimiento, y como consecuencia, podemos construir mejores soluciones. La autocrítica nos previene ante desgastes estériles y disminuye las dificultades para los acuerdos.
Estamos ante la oportunidad de generar una cultura política cualitativamente diversa. No va a haber cambios de fondo –ni desde la izquierda ni desde la derecha– mientras continuemos con la misma manera de entender y ejercitar la política, arrinconada por el instinto de poder y con resultados tan escasos y deprimentes como los que hemos tenido en los últimos años. No podemos seguir con una inercia compuesta de acusaciones, de injurias, de infundios, de descalificaciones, de desacuerdos, de mentiras, en fin, de basura en el escenario público. Hay que reconocer que en el ámbito de la política se manifiestan las diferencias y los conflictos que laten en la sociedad, pero también hay que saber que la política es el arte de procesar dichas diferencias y conflictos para articular soluciones basadas en la justicia y en la equidad.
Lo que ha pasado es que la política no ha tenido la capacidad de construir soluciones y sólo ha sido caja de resonancia de las situaciones de conflicto. Si la política no sirve para imaginar y construir soluciones justas ante los conflictos, entonces ¿para qué sirve? Esa es la política que se ha vuelto despreciable a los ojos de la gente y parece que el saldo que está por venir después de este proceso electoral va a ser un mayor descrédito de la política, pues está manifestando su fracaso. Parece que no sirve más que para polarizar a la gente y para crispar los ánimos de unos contra los otros.
Tenemos una responsabilidad en este momento de crisis: darle otro rostro a la política; un rostro, digamos, bondadoso en el sentido de que es algo bueno porque beneficia a la gente, a todos. Y no creo estar hablando de una concepción ingenua, idealista y romántica de la política, muy alejada de la realidad concreta en los espacios ciudadanos, partidistas y gubernamentales. Si la política no es vehículo de bondad, no es humana y por tanto no sirve para forjar una sociedad más humana; y entonces se vuelve algo asqueroso que poco a poco va minando la opción por construir un mundo más justo y fraterno. Y entonces no quedarán más opciones que la resignación enfermiza y la violencia.