EL-SUR

Martes 16 de Agosto de 2022

Guerrero, México

Opinión

El futuro visto como un regreso al origen

Federico Vite

Junio 21, 2022

 

T he memoirs of a survivor *, de Doris Lessing, fue publicado en 1974 y pone en perspectiva la reorganización de la sociedad después de una catástrofe que necesariamente pasa por la destrucción del Estado y sus instituciones. Ese crack limita todo; hace que la existencia se convierta, de nueva cuenta, en un conglomerado de gente enojada y violenta, cuya única solución está fundamentada en la sobrevivencia. Todos quedan a merced de bandas criminales que saquean para subsistir. El desastre nunca termina, pero eso permite a la autora sondear un enigma: ¿cómo reorganizarnos ante estos hechos? Se conoce en la novela, narrada en primera persona por una mujer madura, el caos y a partir de ese hecho se crea un contexto finisecular. La narradora centra su mirada en las personas que poco a poco retoman costumbres del pasado debido a la falta de servicios básicos, a la escasez de alimentos, de agua, de energía eléctrica y, por supuesto, de combustible. Hace frío, llueve; el calor de la primavera y el verano es un aliciente que no llega. El invierno es casi la muerte. Renace entonces la organización tribal y las pandillas, en las que cada integrante (jóvenes siempre) deben acatar las reglas establecidas si quieren la protección del grupo. Al apartamento de la narradora llega un hombre que trae a Emily, una niña que está iniciando la adolescencia; lleva una mascota, Hugo, un gato que parece perro. Emily le otorga a la narradora un propósito de vida: cuidar de la chica es lo único importante. La historia enfoca la relación entre Emily y la mujer que le dio refugio. Eventualmente la jovencita se enamora de Gerald, el líder de una tribu de jóvenes que intenta hacerse de todo el poder de la región. Todo el paisaje está completamente vandalizado.
Lessing enrarece el relato distópico mediante un hecho de aparente simpleza, un truco nacido del oficio. Tras una de las paredes de su departamento, la narradora avanza por “el espacio real” hasta llegar a un “espacio imaginario” en el que la voz de esa mujer madura descubre nuevas habitaciones de tamaños diversos. Entra y sale del “espacio real al imaginario”, pero justo ahí, en el “imaginario”, “vislumbra” aspectos de la infancia de Emily, herida por la indiferencia y la violencia de los padres”. Ingresa a ese sitio para conocer la vida de Emily, para lanzar la historia al pasado y al futuro, para reflexionar sobre los problemas de la “modernidad” que dan cauce al continuum catastrófico de la novela. El truco de oficio se utiliza de la siguiente manera: “Avanzando a través de los cuartos después de que todas las habitaciones estuvieran abiertas al cielo, con un piso repleto de saludables hierbas y flores del viejo mundo, vi como se extendía este lugar sin límites, sin un final que yo pudiera encontrar. Pero caminé de regreso nuevamente hacia la frontera de la otra región, en cuyo lugar estaba mi ‘vida real’ después de haber visto a Emily cuando era niña”. O un ejemplo más: “El mundo, representando en sí mismo en miles de pequeños flashes, era una mezcla de pequeñas escenas, facetas de otra pintura; todo efímero, fue desdoblándose, como si nosotros camináramos dentro, fue dividiéndose a sí mismo, desvaneciéndose, decreciente y desapareciendo todo ello, árboles y corrientes de agua, hierbas, cuartos y gente”. Es decir, literalmente usa una descripción cinematográfica para potenciar las habilidades de la narradora, a quien no le basta con dar cuenta de la muchacha sino que describe lo terrible del mundo. Emily es una niña ordenada, lista, siempre a la defensiva. Ama a su mascota, Hugo, una mutación cariñosa que habita un mundo amenazante, donde la escasez e inmoralidad y cinismo gubernamental son una constante. Si lo nota bien, parece la cotidianidad de Guerrero. Pero sirva ese aspecto para sembrar aún más la profundidad psicológica de este libro en el que más que una ficción fantástica, se nota un realismo ligeramente pesimista, afectado por el caos como constante.
Emily, sexualmente precoz y sabia, no es otra cosa que un producto de su tiempo. Una mujer nacida del caos y la supervivencia. Ella quiere estar en la calle con otros niños. Quiere ser líder de una tribu, una tribu femenina, por supuesto. La narradora extraña a Emily cuando ella literalmente se va a vivir con Gerald. La chica se enamora y esa vieja catástrofe, dice Lessing, cambia las cosas, modifica toda la historia. Ella regresa con la narradora. Asienta una vida como adulta siendo muy joven. El joven Gerald es líder de una pandilla que se hace cargo de una casa abandonada y ahí entrena y cuida a los niños sin hogar; los recluta y da así, en tribu, un motivo para la existencia gozosa de los rencorosos: roban y saquean para subsistir. Establece con Emily una relación de igualdad, pero ella sale desdibujada cuando se imagina en un futuro cercano como pareja, porque él quiere estar con los niños, ayudarlos, cuidarlos. En suma: no puede soltarlos. Gerald es víctima de los niños salvajes que cuida. Es decir, creó una civilidad que terminó destruyéndolo todo. Renacen los pleitos entre bandas juveniles. Mientras todo eso pasa, la voz narrativa acompasa, con magistral tempo, todos los ciclos de la relación que mantiene con Emily, Gerald y Hugo.
Lessing nos recuerda que todo esto que mueve la trama, la vida y la escritura es justamente el amor. Se ama con la responsabilidad de preservar lo que queda. Ya sea desilusionados o derrotados, pero amando siempre los despojos como si fueran semillas. Cuesta trabajo no ensuciar con lágrimas esa emoción en la novela, cuando se registran los desplazamientos por violencia, por sequía, por frío, por el mundo amenazante (hechos que entendemos muy bien en Guerrero). Pero el otro aspecto, el más atractivo, es que al interiorizar nuestros pensamientos más sagrados (el espacio imaginario) conducimos nuestra psique a un nuevo orden del mundo. Obviamente eso no es fácil. Para la narradora implica un motor de escritura, un ejercicio que palpita como un sueño. Porque The memoirs of a survivor se lee como un sueño sostenido por actos de inmisericorde amor. Yo intuyo que mucho de lo puesto en este libro es algo real, algo que Lessing vivió en la infancia. Recordemos que Lessing habla de este proyecto como si fuera “un intento de autobiografía”. Por supuesto, estamos ante un texto autorreferencial, pero no de la manera ortodoxa. Doris analiza el devenir e intuye entonces que el futuro será una vuelta a los orígenes.
La narradora se convierte en la biógrafa de Emily, de Hugo, de Gerald y de los niños salvajes. Cree que la salvación es posible. No dice formalmente amor, sino que se refiere a eso (it) que mueve las cosas, eso que nos impulsa y nos permite respirar de una manera mejor. Y obviamente la lectura se torna sensible cuando se percibe el largo y complejo camino emprendido por esos seres que creen en el amor como la única fuerza que mueve al mundo. ¿Cómo no querer a la literatura si nos devuelve el reflejo de nosotros, un puñado de optimistas que siguen vivos por obra y gracia del amor en un sitio que se cae a pedazos? Dígame, ¿cómo no querer a la literatura? Únicamente un miserable puede desdeñarla.

* Utilicé para escribir este artículo la edición estadunidense de First Vintage Editions, publicada en abril de 1988.