Anituy Rebolledo Ayerdi
Marzo 20, 2025
Manila-Acapulco
La llamada Ruta de las Sedas y las Especias, entre Manila y Acapulco y viceversa, fue la ruta interoceánica más importante entre los siglos XVI y XIX, durante el Virreinato, sólo comparable con las llamadas Ruta del Ámbar, el Camino del Estaño o la bautizada por Marco Polo como Ruta del Té o de las Especias. Fue esta un circuito anual casi perfecto gracias a las corrientes marinas y a los vientos favorables.
El galeón de Manila, Filipinas, salía rumbo a Acapulco en la primera semana del mes de julio, con el monzón de invierno. La impresionante nave de 50 metros de largo con mástil de 30 metros , hacía su entrada espectacular al puerto a mediados del mes de diciembre, y una vez descargada se iniciaba la Feria de Acapulco, evento comercial que se prolongaba hasta el mes marzo, mismo que fue calificado por el barón de Humboldt como “La feria más famosa del mundo”. El retorno del galeón se producía en abril, con el monzón de verano,
La descarga de la también conocida como Nao de la China atraía poderosamente a los porteños, congregados en torno al muelle de desembarco o en los cerros cercanos para celebrar con gritos de admiración cada uno de los objetos expuestos. Entre estos, los tejidos de seda, abanicos, porcelana china, especias como la canela, biombos, joyas de oro, arte religioso y entre estos las tallas de marfil de la virgen del Pilar y un espectacular cristo que se conserva hoy en la catedral Metropolitana. De regreso llevaba plata acuñada y en barras, vino español y de Parras, Coahuila, mantas de Saltillo, grana de Oaxaca, cacao de Chiapas y frailes, muchos frailes.
No obstante que buena parte del cargamento del galeón ya tenía un destino particular o estaba acaparado por los grandes mayoristas, muchos artículos estaban al alcance de los asistentes a la feria. Entre estos:
* Vajilla de porcelana azul, de 32 piezas, 56 pesos.
* Enaguas confeccionadas en Manila, tres reales.
* Abanicos de sándalo, un real.
* Una arroba de cera, un peso con 7 reales.
* Colchas bordadas de raso, 13 pesos; 25 cuando el bordado era de oro o plata.
* Alfombras de Persia, 35 pesos .
No faltarán en callejuelas cercanas pasajeros comerciando artículos bajados de contrabando, más baratos, por supuesto. A propósito, los funcionarios aduanales señalaban a los frailes católicos como los más proclives al contrabando de artículos ligeros, ello porque sus amplios vestidos permitían esconderlos mejor, además de que, por respeto a la investidura, no se les “esculcaba”.
San Felipe de Jesús
El primer palacio municipal de Acapulco se levantó en 1910 sobre las ruinas de un convento franciscano, sus propios constructores. La capilla del mismo será una copia de la parroquia de Nuestra Señora de la Guía de Manila, claustro en el que se preparaba a los religiosos que más tarde propagarían el Evangelio en el Oriente.
El destino jugará una mala pasada a uno de ellos. Forjado para el servicio de Dios en el convento de Santa María de los Ángeles, en Manila, el joven mexicano Felipe de las Casas se embarca en Cavite, Manila, rumbo a México. Viene a complacer a sus padres, oficiando ante ellos su primera misa, pero no llega a las playas de Acapulco. La nave cae en poder de piratas japoneses, quienes sacrifican a sus prisioneros, entre ellos Felipe de las Casas, quien muy pronto será declarado San Felipe de Jesús, el primer santo mexicano. Hoy, en Colima, es el santo protector antre fenómenos naturales como temblores y lluvias torrenciales.
El Santo Niño Cebú
Se considera la reliquia más antigua de las islas Filipinas y fue un regalo de Fernando de Magallanes a la reina indígena Juana, el día que con su bautizo se convirtió a la religión católica. Con una alabanza tumultuaria y fervorosa nace la tradición anual del sinulong (“¡Viva Pit Señor, Santo Niño de Cebú!”), lo han exaltado los isleños durante siglos. En México, la ceremonia se replica en un paraje de la Costa Chica, llamado Boca del Río, ante una figura muy parecida a la de Cebú.
También de Cebú procedió el toro con el que se intentó diversificar la ganadería mexicana. Se hizo mediante el obsequio de sementales en todo el país.
Acapulco, censo de 1777
Se califica de acertada la decisión del alcalde Juan Josef Solórzano de levantar un censo de población de Acapulco, luego de un terremoto que casi acaba con la ciudad, destruyendo el ala sur del Fuerte de San Diego. Los españoles, como se sabe, excepto soldados, curas y burócratas de medio pelo, no soportaban vivir en el puerto a causa del calor, los mosquitos y las miasmas. Lo hacían en poblaciones cercanas como Xaltianguis y tan lejanas como Chilapa. Así, el número de ellos reportados por el censo llegará a escasos 32 individuos.
Los indígenas no constituían la mayoría de la población, como pudiera pensarse, pues sumaban apenas 611, hombres, mujeres y niños residentes en el puerto. Los mulatos sumarán sumando mil 250, la mayoría, y por lo que hace a los filipinos sumaban 121 en total: 63 hombres, 56 mujeres, 35 casados y 26 casadas; 4 viudos, 10 viudas, 11 solteros, 22 solteras, 11 niños, 16 niñas .
Las palmeras del jardín Álvarez
Uno entrañable entre los muchos regalos del archipiélago a este puerto fueron las palmeras de Acapulco. Particularmente, una localizada frente a la parroquia de La Soledad, misma que adquirió la fama de ser de cemento, por su solidez.
Las peleas de gallos
Se dice que las primeras peleas de gallos se dieron en Acapulco entre ejemplares mexicanos y filipinos, siendo adoptadas inmediatamente por Antonio López de Santa Anna, para convertirse en entretenimiento nacional. El dictador se hizo apasionado a ellas, llegando a poseer muchos gallos filipinos, con los que visitaba muchas ferias del país. Una de ellas en La Sabana.
El relleno
El relleno de cuche forma parte de muchos años atrás de la gastronomía de la Costa Grande, particularmente de Acapulco. Se trata de un lechón longano (ni muy gordo ni muy flaco) relleno con papas, plátano y más. Según versión del cronista Rubén H Luz, lo trajo de Tecpan de Galeana su tía abuela doña Francisca Silva H. Luz, del Pozo de la Nación. De ahí que se le tenga como un platillo nacido en ese barrio o como el más rico del puerto.
Guinatán
El guinatán es una delicioso manjar filipino a base de pescado (cuatete o sierra) cocinado en leche de coco con chile guajillo, orégano y sal. Dice la conseja popular que el guiso se “corta” si es elaborado por mujer embarazada o cualquier persona que tenga “el ojo caliente”.
Macán
Agua fresca a base de arroz y piña. El arroz se deja en remojo la noche anterior a su elaboración. Muy apreciada en la Costa Chica.
La tuba
La tuba no es otra delicia que la savia de la palmera y cuya obtención implica un ritual más complicado que una cirugía plástica. Dice la conseja costeña que el tubero no deberá tener relaciones sexuales por lo menos 24 horas antes de la operación. ¿Por qué? Porque si no, la palmera, mujer al fin y celosa, le negará una sola gota de su savia.
Linonga
La linonga o morisqueta sigue siendo el platillo base en Acapulco y las regiones de la Costa Grande y Costa Chica. Pueblos en los que los niños todavía juegan con zarangolas; las señoras prefieren la masa del maíz cueite y rechazan la pallanque, que es grano apenas quebrado. Todavía se le llama travieso al chamaco inquieto y zaragate al perezoso. Los trastos viejos son estrufiancos. Herencias.
Las palmeras
Las palmeras de Acapulco fueron traídas de Filipinas a instancias del gobernador Juan Álvarez, meras de Filipinas y la dedicación de Francisco Cadena, llamado el mensajero de la fertilidad por haber traído desde aquellas islas los frutos de los que hoy nos enorgullecemos: el mango, el tamarindo, el cilantro y el caimito, este con saborcito a coco de cuchara
Las descendencias
Filipinos naufragados frente a la Barra de Coyuca se integran desde luego a la comunidad para fortalecer la estructura social de la región. Entre muchos los Guinto, Balanzar y Zúñiga, sumados a los acapulqueños Bermúdez, Diego, Lobato, Funes, Liquidano, De la O, Paco, Batani (procedentes de Batán) y los Tellechea.
Poco importa , finalmente, de dónde procedan el arroz, el coco y los mangos. Están aquí y son nuestros. Son ellos y nosotros, somos todos. Por eso el Galeón de Manila ya no viene de allá, se quedó atracado para siempre en La Roqueta.
* Palabras de bienvenida del autor para el Excelentísimo Embajador de Manila, don Justo Orroz, su distinguida esposa y comitiva, durante su visita al puerto el 19 de junio de 2004 y durante la cual designó al Dr. Mario de la O Almazán como cónsul honorario de Acapulco.