Silvestre Pacheco León
Noviembre 03, 2025
Es el día lunes, el último de octubre, cuando realizo mi acostumbrado paseo matutino rumbo al mar y en el trayecto voy contando los árboles muertos en el parque lineal y también la cantidad de palmeras de diferente tipo que crecen, con su melena alborotada, entre las más de 50 caobas adultas de tallos oscuros y rugosos que formadas parecen una procesión precisamente a la altura de la iglesia del Ángelus.
Termina el mes de octubre y estamos en la fase de la luna jibosa creciente, con el agua del mar todavía tibia y las lluvias despidiéndose y dejando tras de sí la tupida nube blanca de los árboles de bocote que adornan los cerros.
Paso por la glorieta de la plaza Kioto donde se observan los arreglos para la fiesta de los fieles difuntos. En ese lugar me llama la atención el perro dálmata de fina estampa que viene trotando en medio del andador y de pronto se detiene, para las orejas y voltea husmeando por todos lados, como buscando algo, y es ahí donde me encuentro a Magdaleno el artista decorador de las pangas miniatura que han dado vuelta al mundo como souvenir que los turistas compran en la Casa Marina como recuerdo de aquella lejana proeza marítima de los españoles de la conquista que vieron en el Pacífico un medio para seguir descubriendo el mundo, y utilizaron la bahía para botar desde la playa de la Madera tres carabelas comandadas por el capitán Álvaro Saavedra y Cerón a quien Hernán Cortes mandó a Filipinas en cumplimiento de las órdenes de Carlos V, en ese que fue el primer viaje ultramarino desde la Nueva España en 1527, hace ya 498 años, con el objetivo de buscar lo que había quedado de la nave Trinidad, perdida años antes en la expedición de Fernando de Magallanes.
Mi amigo Magdaleno que mira también al dálmata, me comenta que desde hace varios días a ese perro lo ha visto en diferentes partes, y también cree que está perdido, aunque no se nota que alguien lo busque, y tampoco que este perro sufra de comida porque se mira sano y fuerte, aunque revolcado y sin bañar.
Mientras vemos que el dálmata continúa su camino, nosotros hacemos lo mismo, cuando llego a la playa la Madera es cuando caigo en la cuenta de que somos más de uno los que en Zihuatanejo nos interesamos en la vida de ese dálmata al verlo, sin correa ni dueño, deambulando por el parque, y me sorprendo por el hecho inusitado viniendo de una cultura en la que los animales, y más los perros, están condenados a vivir una vida de “perros” sin que eso causara el menor remordimiento, incluso, de sus dueños. Y es que ese cambio en la sociedad zihuatanejense tiene escasos 50 años de haberse fundado y con las características propias de los polos de desarrollo donde los inmigrantes pronto nos convertimos en la mayoría de la población, lo cual la hace más compleja por la pluralidad de culturas que cada quien porta.
Pero el hecho que señalo es relevante e indicador de que esta sociedad se ha alejado demasiado pronto de sus condiciones de animalidad o de salvajismo que son propios del subdesarrollo. No creo que lo que aquí señalo se repita con frecuencia en otras ciudades, pero puedo asegurar que en nuestro puerto la cultura del cuidado y respeto a los animales es ya una de sus características.
En eso reflexiono mientras miro que el mar se encuentra retirado y que la playa ha crecido dejando desnudas las piedras. Todo eso pasa en este puerto que está lleno de historias. Y es que el paraíso en el que vivimos ya no es solo para los turistas y lugareños, sino también para las mascotas, y el parque lineal es el lugar ideal para sacarlos a pasear.
En ese desarrollo cultural tan notorio en el cuidado de las mascotas, mucho ha tenido que ver la Sociedad Protectora de Animales de Zihuatanejo, fundada por la finada doña Helene Krebs Posse, una mujer estadunidense que llegó a la costa en los albores de la ciudad.
Con seis hijos a cuestas doña Helene encontró tiempo para cuidar perros y gatos abandonados, inculcando en su familia el amor por los animales, al grado que su hijo mayor se convirtió en médico veterinario, dedicando toda su vida a ejecutar la estrategia de esterilizar a perros y gatos con el objetivo de alcanzar algún día el equilibrio con la población humana, evitando que su proliferación se convierta en problema de salud pública. Los animales sufren, se hacen vulnerables y cuando eso pasa son el reflejo de que la sociedad está también enferma.
Por eso desde hace ya 30 años la atención veterinaria para la esterilización de las mascotas es la tarea principal de la Sociedad Protectora de los Animales de Zihuatanejo.
Cuando doña Helene se jubiló de tanto trabajar dejó a sus hijos la tarea de legalizar la asociación civil, y aún antes de que en nuestro estado se aprobara la ley de protección a los animales, ella y sus hijos fueron pioneros en esa nueva manera de que la sociedad se relacione con los animales.
Entre Natalia, Enrique y Cristina Rodríguez Krebs, con la ayuda de su nieta Krisna, la SPAZ tiene a su cargo un programa de radio para exaltar el cuidado de los animales que refuerza con la visita a las escuelas para fomentar en las niñas y niños el amor a los animales, llevando consigo algunas mascotas con las que los niños juegan y se convierten en fieles aliados porque están pendientes de las campañas de vacunas y esterilización, recordando a sus papás las recomendaciones de la SPAZ.
Las esterilizaciones de mascotas son permanentes como el rescate de animales y la promoción de su adopción, y de esa práctica que la relaciona con la población local y los turistas, ha nacido una red de voluntarios que se suman a esa noble labor como donatarios y apoyando las campañas de esterilización o llevando a pasear a los perros que han rescatado en las calles mientras hay entre la población personas que quieran adoptarlos.
La SPAZ cada año organiza una campaña de esterilización en el mes de octubre, a la que acuden brigadas de organizaciones nacionales y extranjeras que se están los dos días que dura la campaña.
En la última, del fin de semana pasado, siete médicos operaron 180 mascotas, 70 gatos y 110 perros.
La comunidad está agradecida de Rocío, Andrea, Enrique, Parral, Gina, América y Alejandro, los veterinarios invitados, así como del equipo de voluntarios formado por
Cristina, Natalia, Bricia, Araceli, Irma, Magdaleno, Elvira, Gloria, Nanci, Alisa, Pavs, Nati, Abigail, Patricia, Sharen, Susan Trace, Maritza, Mary, Eliana, Carmen, Luz, Catalina, Diana, Mario, Karla y Krisna.
La anécdota: entre los gatos operados el primer día, había uno que llamaba la atención por su tamaño descomunal, era un animal viejo y cabezón, acostado en el piso, noqueado por la anestesia, de rayas amarillas, imposible de pasar desapercibido, por eso después de identificar a su dueña Enrique, el veterinario de la SPAZ le preguntó:
–Señora, si su gato no tiene nombre, le voy a sugerir uno.
–Ya tiene –respondió su dueña– se llama Donald Trump.
Y la verdad que ante esa respuesta no podía haber una sugerencia de mejor nombre.