EL-SUR

Miércoles 12 de Junio de 2024

Guerrero, México

Opinión

El Grito

Anituy Rebolledo Ayerdi

Septiembre 14, 2023

El primero

Cuando han transcurrido dos años de la convocatoria independentista de 1810, el general y licenciado Ignacio López Rayón rememora aquél momento en el poblado de Huichiapan (hoy Hidalgo). Quien había sido secretario particular del cura Miguel Hidalgo y Costilla lee en tal ocasión una proclama redactada por Andrés Quintana Roo, con posterior repique de campanas y cierre con una descarga de artillería. Será esta la primera conmemoración de la noche del Grito de Dolores, continuada sin interrupción hasta nuestros días.
Poco más tarde, el 14 de septiembre del 1813, el generalísimo José María Morelos y Pavón propone en los Sentimientos de la Nación: “que se solemnice todos los años el 16 de septiembre, como el aniversario en que se levantó la voz de la independencia y comenzó nuestra santa libertad. Día en que se abrieron los labios de la Nación para reclamar sus derechos y empuñó la espada para ser oída, recordando siempre el mérito de don Miguel Hidalgo y de su compañero Ignacio Allende”. Tal propuesta será adoptada por el Congreso Constituyente en 1822 y confirmada en 1824.
El primer presidente de la República, Guadalupe Victoria, dará en 1825 cabal cumplimiento a tal decreto instalando una Junta Patriótica encargada de recordar la efeméride. La misma sugerirá a los capitalinos colgar de sus balcones “cortinas, flámulas y gallardetes” y por la noche organizará una verbena en la Alameda con “iluminaciones y fuegos artificiales alegóricos”.
Tal como lo hiciera Rayón en Huichapan, el Grito será antecedido por un discurso patriótico para ensalzar la gesta y a sus héroes. Seguirá el repique de campanas, el estruendo de salvas, los fuegos de artificio y finalmente la fiesta popular con todos sus ingredientes nacionales. Será este, a partir de entonces, un patrón para las celebraciones en todo México, interrumpidas sólo por razones muy poderosas. Tal fue el caso ocurrido 1833 con motivo de una epidemia de cólera, transfiriéndose los festejos al 4 de octubre.
Otra interrupción similar se dio el 16 de septiembre de 1847 por la ocupación de la Ciudad de México por el ejército estadunidense, con la bandera de las barras y las estrellas ondeando en Palacio Nacional. Los capitalinos, sin embargo, saldrán a las calles retando el toque de queda para lanzar temerariamente buscapiés, palomas y chinampinas contra los soldados invasores. Replegado en Querétaro, el gobierno de la República no dejará pasar inadvertida la celebración

Juárez

Maximiliano de Habsburgo entra a la Ciudad de México en junio de 1864 y una de sus primeras salidas de la capital será al pueblo de Dolores, Guanajuato, en septiembre de ese mismo año. Ahí, pide sorpresivamente una visita nocturna a la casa que fuera casa del cura y desde un balcón lanza un sentido panegírico del libertador. Termina con una arenga llamando a los mexicanos a la unión y a la concordia. La actitud de los pocos oyentes será glacial .
A cientos de kilómetros de Dolores, en una localidad llamada Noria de Pedriceña, en la inhóspita región de Durango, limítrofe con Chihuahua, un carruaje negro hace un alto luego de un largo peregrinaje. Sus empolvados ocupantes lo abandonan para buscar un lugar donde pasar la noche. Ellos son Benito Juárez, Guillermo Prieto, Sebastián Lerdo de Tejada y José María Iglesias Este último escribirá lo ocurrido entonces:
“Los aniversarios comunes de las fiestas de independencia tienen necesariamente algo de rutina. A semejanza de lo ocurrido en el pueblo de Dolores la noche del 15 de septiembre de 1810, el 16 de septiembre de 1864 vio congregados a unos cuantos patriotas celebrando una fiesta de familia, enternecidos con la heroica abnegación del padre de la independencia mexicana, y haciendo en lo íntimo de sus conciencias el solemne juramento de no cejar en la presente lucha nacional, continuándola hasta vencer o sucumbir”.
La noche había caído y sólo se escuchaba el crujir de la madera que se consumía entre las llamas de las fogatas. Propuesto por alguien para pronunciar algunas palabras en torno a la efeméride, don Guillermo Prieto elevará una oración para evocar la gloriosa jornada de 1810:
“La patria es sentirnos dueños de nuestro cielo y de nuestros campos, de nuestras montañas y nuestros lagos, es nuestra asimilación con el aire y con los luceros, ya nuestros; es que la tierra nos duele como carne y que el sol nos alumbra como si trajera en sus rayos nuestros nombres y el de nuestros padres; decir patria es decir amor y sentir el beso de nuestros hijos. Y esa madre sufre y nos llama para que la libertemos de la infamia y de los ultrajes de extranjeros y traidores”.
Ha sido esa sin duda una de las celebraciones patrióticas más sencillas y emotivas de todos los tiempos.

Altamirano en Acapulco

Comisionado por el gobernador Diego Álvarez, en cuya hacienda de La Providencia reside con su familia, el maestro Ignacio Manuel Altamirano baja a Acapulco el 15 de septiembre de 1865 dispuesto a encabezar la ceremonia del Grito de Independencia.
No podrá hacerlo porque los festejos patrios se han suspendido a causa de la presencia de naves francesas en la bahía. Será invitado entonces a cumplir su encargo en el poblado de La Sabana, en cuyo río caudaloso de agua zarca le encantaba bañarse. Una de las más altas inteligencias oriundas del sur, pronuncia en aquella comunidad una maciza pieza oratoria llamando a los acapulqueños “idólatras del deber”. Les dice:
“Yo os saludo con toda admiración que inspira vuestra conducta y deseo que descienda sobre vuestras cabezas las bendiciones de aquél gran padre de la Patria que nos contempla desde el cielo”.
“Íbamos a celebrar las fiestas de septiembre en la bahía de Acapulco, a orillas de esa dulce y hermosa bahía que se abre a nuestras costas como una concha de plata; iban sus mansas olas de esmeralda a acariciar los altares de Hidalgo; iba su fresca brisa a agitar sus libres pabellones; iban los penachos de sus palmas próceres a dar sombra al pueblo regocijado; iba el lejano mugido del tumbo a mezclarse en el concierto universal; iba Acapulco como tantas veces a aderezarse con su guirnalda de flores, cuando repentinamente, extranjeras naves, las naves del amo de aquél que se llama soberano de México, han venido a deponer en nuestras playas una falange de traidores”.

Porfirio Díaz

Porfirio Díaz acepta de buen grado la propuesta de festejar en grande la Independencia nacional el 15 de septiembre, a sabiendas de que en realidad estará celebrando su cumpleaños. El dictador ha traído de Dolores la campana San José que hizo tañer el cura Hidalgo en 1810 para llamar a la rebelión. La ha instalado sobre el balcón central de Palacio Nacional para tocarla durante la rememoración del Grito
En 1910, al cumplirse 100 años del inicio de la Independencia, el anciano sátrapa afina la garganta con coñac francés para gritar: “Mexicanos: ¡Viva la República!, ¡viva la libertad!, ¡viva la independencia!, ¡vivan los héroes de la patria y viva el pueblo mexicano!”… Y entonces jala el cordel que tiene a la mano para hacer tañer la histórica campana pero nada, no suena. Jala una y otra vez la cuerda sin producirse ningún sonido. Irritado, musita mentadas de madre negándose a dar por terminado el acto sin escuchar el bronce de Hidalgo. No tardará el personal de Palacio solucionar el problema y entonces Díaz se dará vuelo tocando la histórica campana. Se sabrá más tarde que partidarios de Francisco I. Madero, preso entonces por alborotador, habían ahogado el sonido de la San José cubriendo con trapos el badajo.

Gritos presidenciales

Los gritos tradicionales han sido: ¡Mexicanos! Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad. Viva Hidalgo, viva Morelos, viva Josefa Ortiz de Domínguez, viva Allende, viva Aldama! Respetadas todas por los presidentes de la República aunque no faltarán los que añadan vítores a otros héroes e incluso a hechos ajenos a la conmemoración. Por ejemplo:
El presidente Lázaro Cárdenas incluyó un: “viva la revolución social”; López Mateos: “Viva la Revolución Mexicana”; Luis Echeverría: “Vivan los países del tercer mundo”; López Portillo: “Viva nuestra soberanía, viva nuestra autodeterminación, vivan nuestras libertades, México ha vivido, México vive, México vivirá”. Carlos Salinas: “Vivan los Niños Héroes, viva Juárez, viva Emiliano Zapata”. Ernesto Zedillo: “Vivan nuestra libertad y nuestra democracia”. Peña Nieto: “Viva Galeana, viva Matamoros, viva Guerrero, viva la Independencia nacional”. “Viva México, viva México, viva México”, será el remate en todos los casos.

Gritos de acá

El alcalde de Acapulco Ismael Valverde, cuñado del gobernador Alejandro Gómez Maganda (1951-1954), se alista para encabezar la ceremonia del Grito de Independencia desde el balcón del Palacio Municipal (hoy CAPAMA). Poco antes de las 11 de la noche del 15 de septiembre, el alcalde hace gárgaras para que su voz salga clara y potente pese a su condición de gangoso (hablar con un eco en la nariz).
Llegada la hora y ante un público animado y expectante, el alcalde Valverde sale al balcón del palacio para rememorar el Grito de Hidalgo en Dolores. Lo acompaña únicamente su esposa, Rosa. El potente sonido ha logrado que la concurrencia escuche sin problemas las arengas patrióticas, coreándolas con entusiasmo. El presidente ondea el lábaro patrio al ritmo del Himno Nacional y una vez terminado el canto patrio, voltea a ver a su esposa para lazar un amoroso “¡que viva Rosa”! Casi un susurro que se escuchará tan potente como el propio Grito. El sonidero la pagará caro por desobedecer la orden presidencial de apagar el micrófono una vez terminada la arenga

El joven Abuelo

El alcalde de Coyuca de Benítez acuerda con el secretario del Ayuntamiento que, para solventar cualquier olvido, se coloque a sus espaldas para darle los nombres de los personajes de la arenga:
¡Viva la Independencia!
¡Vivan los héroes que nos dieron patria y libertad!
¡Viva Hidalgo!…. ¡Viva Morelos… ¡Viva Guerrero!… (aquí el hombre cabestrea mientras el secretario le urge imperioso –¡ el joven abuelo!… ¡el joven abuelo!–, y sin pensarlo dos veces lanza a los aires un sonoro.
¡Viva el presidente Ruiz Cortines!

El Grito de Sotelo

(Nicolás Chautenco era un excelente media cuchara muy popular en Atoyac de Álvarez. Usaba un paliacate rojo atado en torno a la cabeza para cubrir el oído derecho, cuya oreja había perdido en un asalto. Se le llamaba simplemente Chautenco, su apellido).
El alcalde de Atoyac de Álvarez, Ladislao Sotelo, se sopla medio vaso de mezcal sin mover un músculo de la cara y aconseja: “esto es lo mejor para abrir la garganta”. La necesita despejada para lanzar vibrante su primer Grito como primera autoridad del municipio cafetalero.
Nervioso como venado lampareado, el señor presidente se muerde un uñero mientras lee una tarjeta bond que contiene la proclama dispuesta por la ortodoxia republicana. No obstante su fe ciega en la ilustración del secretario del Ayuntamiento, encuentra incompleta aquella nómina de los “héroes que nos dieron patria y libertad”. Aquí falta uno, se dice muy preocupado cuando llega el momento:
–¡Yo sabía que aquí faltaba alguien!, –exclama el primer edil cuando camina con largos trancos rumbo al balcón desde donde dará el Grito. Tiene en la punta de la lengua el nombre del ilustre ausente, pero las necias neuronas no lo sueltan. Entonces detiene la marcha para urgir a quienes lo rodean:
–¡Rápido, rápido!: ¿Cómo se llama el hombre del paño amarrado en la cabeza?
–¡Chautenco, señor presidente!, ¡Chautenco!, responde un coro monumental.
–¡Bola de pendejos!, –estalla el alcalde y corre a dar el Grito.
Cuando vitoree al generalísimo José María Morelos y Pavón, a quien ha invocado angustiosamente, Ladislao Sotelo lo hará con genuina emoción.