EL-SUR

Martes 11 de Mayo de 2021

Guerrero, México

Opinión

Alcaldes de Acapulco (XXXIV)

El Grito y la luz

Anituy Rebolledo Ayerdi

Noviembre 05, 2015

El alcalde Nicolás Uruñuela Elliot se dispone a dar el tradicional Grito de Independencia desde las alturas de la Casa Municipal (hoy Redondel). Así le llaman muchos rejegos y no palacio porque ¡“palacio el de Versalles y no casonas de adobe y teja”. Las 11 de la noche ha sido la hora impuesta para la patriótica ceremonia desde los tiempos de Santa Anna, negándose éste a madrugar como lo había hecho el padrecito Hidalgo. Extrañamente, la ceremonia acapulqueña se celebra entre penumbras, si bien no totales pues no pasará inadvertida una señal discreta de don Nicolás.
Al hacerla, todo aquello se ilumina hasta convertirse en un ascua que provoca la algarabía de los presentes. La iluminación a base de acetileno había llegado finalmente al puerto, circunscrita a la Casa Municipal y al primer cuadro de la ciudad. Los ¡aaahs! de admiración seguidos por los aplausos y vítores atruenan en aquel espacio. Ya no más humeantes quinqués de petróleo o lámparas sordas para transitar por las calles céntricas de la ciudad. “Y es que don Porfirio es un chingón”, coincide un grupo de ancianos reunidos en “la banca del Zócalo”, así llamada una suerte de ágora pueblerina con sobrevivencia de casi ocho décadas.
La arenga del presidente municipal no se salta ni una sola coma del texto diseñado por los científicos del porfiriato. “Viva la libertad, viva la independencia, vivan los héroes de la patria, viva la República, viva el pueblo de México”. Es recomendación de los autores para obtener respuestas entusiastas, pronunciar las frases casi silábicamente además de darles énfasis y contundencia. ¡Con güevos!, recomendaba el propio señor presidente.
A ningún gobernador o alcalde se les ocurrirá añadidos caprichosos a la proclama de Dolores, tal como sucederá más tarde durante los gobiernos de la Revolución, El Limbo y la Contrarrevolución. Cuando cada mandatario vitoree, además de los héroes de la independencia, a quien o a quienes se le hincharan en aquel momento. El presidente Luis Echeverría se llevará las palmas vitoreando incluso a entidades cósmicas con naturales reacciones cómicas.

La Corregidora

O como el alcalde aquel –dicen que porteño, no lo sabemos–, que lanzó en su Grito un viva a “la corregidora”. La reacción del auditorio femenino es entusiasta por creerla una respuesta a sus afanes de género y contra el machismo de la historia. Pero no había tal. Alguien del círculo íntimo del alcalde negará que haya dedicado ese viva a doña Josefa Ortiz de Domínguez. Fue a su esposa –revelará–, a la que así llama, “corregidora”, porque la “vieja cabrona” (alcalde dixit) se empeña en corregirle todos sus actos, acciones y hasta el modito de andar.
Un caso parecido, esta vez accidental, le sucederá al alcalde Ismael Valverde (1951-1951), el primero en dar el Grito en el nuevo palacio municipal. En realidad se trataba de un inmueble construido para mercado de zona, habilitado como casa municipal (hoy CAPAMA) a raíz de la destrucción del histórico por un terremoto. Ya concluida la arenga y los honores a la bandera, el alcalde recibe el saludo de la multitud bajo el balcón de la tianguista presidencia municipal. Emocionado hasta los pucheros, don Ismael toma la mano de su señora esposa, a su lado, la aprieta y musita un juguetón
–Viva Rosa (sin admiraciones).
Un viva Rosa que, no obstante susurrado, saldrá amplificado hasta llenar aquel breve espacio público. Y es que el micrófono no había sido apagado como era la costumbre y que don Ismael creyó cumplida.
–¡Vivaaaa! –responderá un sector del público que conocía bien a doña Rosa, hermana del gobernador Alejandro Gómez Maganda. Hijos ambos del general arenaleño Tomás Gómez y doña Plutarca Maganda. Ella conocida por todo mundo como doña Taca, matrona muy querida en el barrio de Los Tepetates, donde ejercía un amoroso liderazgo matriarcal.
El operador de sonido, no obstante, será perdonado a pedido de la primera dama.

El Cabildo

El alcalde Uruñuela está acompañado en la tradicional ceremonia por los integrantes de su cabildo. Son ellos el síndico don Andrés Saucedo y los regidores Gregorio Balboa, Aristeo Lobato, Alberto Jiménez y Domingo González. Todos ellos ciudadanos muy respetados y que, por si fuera poco, hacen su trabajo sin paga alguna. “Deoquis”, pues, como se decía entonces. Las cosas cambiarán cuando la Revolución se haga gobierno.

Las fiestas

Las fiestas del jubileo en Acapulco incluyeron competencias de canoas en la bahía y carreras parejeras de caballos practicadas aquí a partir de la Feria de Acapulco, a la llegada de las Naos de Manila. No faltaron las corridas de toros y los jaripeos en un corral localizado en la explanada del fuerte de San Diego. Imprescin-dibles, las tapadas de gallos con la supremacía de los plumíferos traídos de Filipinas, el juego de la Lotería cantada con ingenio singular (“La cobija de los pobres”… ¡El Sol!. “El que le cantó a San Pedro”… ¡El Gallo!). Particular-mente atractivo será el tradicional “palo encebado”.
Por estar éste último tendido hacia el mar, casi ningún participante escapará al chapuzón. Ofrecía a quienes alcanzaban la punta obsequios consistentes en vales canjeables por enseres domésticos, ropa, zapatos y, por la ocasión, cinco “caballitos”. Así bautizados los pesos de plata de una emisión conmemorativa del Centenario, por llevar impresa en una de sus caras una alegoría ecuestre de la Libertad. Su contenido argentífero era de 27 gramos y se cambiaban dos por un dólar. Apenas una década atrás el canje era parejo, uno por uno.
El “paseo”, “convite”, parada o desfile del Centenario contó la mañana del 16 de septiembre con la participación de las dos únicas escuelas de Acapulco. La Ignacio M. Altamirano, abierta cuatro años atrás como institución exclusiva para niñas y la “Real” Miguel Hidalgo para varones . Lo de “Real” era una reminiscencia colonial cuando el rey de España era el hacedor de todas las cosas, una vigencia incomprensible, ciertamente. Tam-bién desfila la guarnición militar acantonada en el fuerte de San Diego.
La descubierta de la parada estaba integrada por el alcalde Uruñuela, empuñando el estandarte nacional; el Cabildo en pleno, el “prefecto político” J.J. Nieto (ojos , oídos y manotas del dictador en cada entidad); el administrador del Timbre, don Pantaleón Camacho y los empleados de gobierno. Cerrando la columna un ejército de muchachillos “chirundos” (desnudos) y “chandos” (sucios), imitando alegremente a sus mayores. La niñez acapulqueña, a propósito, anduvo “chirunda” durante las cuatro primeras décadas del siglo XX. Sólo la pubertad obligará el uso de cortos o “chores” , aunque no faltarán los desafectos.
El contingente del desfile recorrerá, a partir del Palacio Municipal, las calles de San Diego (Jesús Carranza) , Comercio (Escudero), y un tramo del Barrio Nuevo (Cuauhtémoc), para retornar al punto de partida. Allí ya esperaban los hermanos Allegretti Crusiani, donadores del que será a partir de entonces “El reloj de palacio”.

El reloj de palacio

Terminado el desfile sigue la inauguración del primer reloj público de Acapulco y así lo hace el Cabildo encabezado por el alcalde Nicolás Uruñuela.
Está acordado que el reloj quedará inaugurado al tocar las 11 campanadas de la mañana del 16. Las cuentan en coro los estudiantes allí reunidos quienes elevan la voz al sonar la última: ¡las 11! Entonces, el presidente municipal tomará la palabra para agradecer al “señor presidente de la república general Porfirio Díaz” no el obsequio del reloj, como ya ha quedado aclarado, sino la autorización para darle un albergue apropiado. Un torreón de madera tan alto que pudiera observarse desde cualquier punto de la ciudad.
La obra de 1910 es descrita hoy por el arquitecto Ramón Fares del Río, paisano sanjeronimeño, en un artículo de la revista Visión Tecnológica, del Instituto Tecnológico de Acapulco, institución de la que es catedrático desde hace más de 30 años, así: “Torre en paralelepipedo con tabique de 28 centímetros de espesor, de una altura de 12 metros con estilo neoclásico. Columnas pareadas, alquitrane y frontón griego, rematando en paralelepipedo un cubo con cubierta de madera a cuatro aguas. La carátula del reloj de 1.50 metros de diámetro por los cuatro costados. Fue un hito urbano”.
Cada una de las carátulas del reloj, se dijo entonces, es de una belleza extraordinaria, de porcelana con los números romanos de metal pintados de negro. Un doble y brillante “tin-tan” equivalía al paso de 15 minutos, siendo el cuarto introductorio de la hora exacta. Esta era anunciada por una campana de sonido grave, escuchada hasta la última casa del pueblo. Sonidos convertidos en rectores de la cotidianidad de los acapulqueños, tanto que cuando se dejen de escuchar, bien por descompostura o falta de mantenimiento, se incrementarán los retrasos escolares y laborales. Fatal en el caso de los horarios medicinales.

Los Alegretti Cruciani

El primer reloj público de Acapulco fue obsequiado a la ciudad por los ciudadanos italianos Rómulo y Nicolás Allegretti Cruciani. Agradecidos por la generosa hospitalidad acapulqueña y también por la diligencia de las autoridades federales para otorgarles sus cartas de naturalización. Los hermanos Allegretti Cruciani se dedicaban aquí al cultivo e industrialización del limón y ambos forjarán familias acapulqueñas. Don Nicolás con doña Enriqueta Billings Diego. A propósito:

Acapulco y el limón

“Hoy, Acapulco es uno de los municipios más importantes a nivel nacional en la producción de limón mexicano y el más importante en el plano estatal (34 mil 400 toneladas al año). Sin embargo, es muy baja la productividad y competividad en los mercados porque se trabaja únicamente en los temporales de lluvias. Así, la oferta no es constante a lo largo de todo el año, no obstante las mejores condiciones climáticas y suelo para mejorar y ampliar las plantaciones.
“Guerrero cuenta con 12 mil productores de limón, la mayor parte en Acapulco, Cuajinicuilapa, San Marcos y Cruz Grande. El llamado limón agrio, corriente o criollo se ha bautizado modernamente como limón mexicano. Ello por ser México su principal productor en el mundo. Otros tipos de limón son el “persa” o sin semilla, cuya coloración es verde oscura y el “italiano”, o limón real de color amarillo. (El limón en Acapulco, Guerrero: un recurso potencial de riqueza, por Sara Mejía Castañeda, Jesús Castillo Aguirre y Justiniano González González, Revista Mexicana de Ciencias Agrícolas).

Fin de fiesta

Por la noche del día 16, habrá gran baile de gala en el Casino de Acapulco y un derroche de juegos pirotécnicos: castillos, palomas, carcasas, bombas y toritos. Gasto este último que no podrá cubrirse totalmente porque la tesorería ha quedado sin “tlaco” alguno. Esto provocará el comprensible enojo del maestro cohetero, quien lanzará al partir una amenazante advertencia:
–¡Han de querer que les trabaje para el próximo centenario, mancha de cabrones tracaleros!

La renuncia de Uruñuela

El alcalde Uruñuela Elliot preferirá hacer mutis antes que enfrentar el sitio que han impuesto sobre Acapulco las fuerzas del coronel atoyaquense Silvestre Mariscal. La defensa del puerto, a cargo el coronel del ejército federal Emilio Gallardo, sucumbirá muy pronto. El prefecto político del Distrito J. de Jesús Nieto se hace cargo provisionalmente de la presidencia municipal, en tanto que el gobernador Damián Flores es derrocado por el empuje del movimiento armado. Lo sustituye el licenciado Teófilo Escudero.
Será una junta de notables la que designe al nuevo alcalde de Acapulco. El nombramiento recae en don Cecilio Cárdenas, quien lleva como síndico a Francisco Galeana y regidores a Ignacio R. Fernández, Manuel Guillén y Simón Funes.